La legitimación por consenso

Aflora a veces la disparidad de criterios sobre el curso a seguir en la cruzada contra la covid-19 en sus vertientes de duración, manejo asistencial de casos y efectos sociales sin permitir que en momento alguno la particularidad de intereses del tipo que sea, incluyendo lo partidario, vaya un paso adelante al bien común. No debería el Poder, por la altura de sus responsabilidades y disponibilidad de recursos, tomar decisiones que sobrepasen límites de la prudencia y del inevitable respeto a la pluralidad de sectores sociales y profesionales, en estos tiempos en que las disidencias, cuando están asistidas por razones de peso, alcanzan respetable visibilidad en un mundo súper conectado.

Abrir o no abrir el país a algunas actividades, y el momento exacto de hacerlo con la gradualidad que corresponda, tendría que seguir muy receptivo, como en ocasiones ha parecido, a directrices de organismos especializados que traspasan fronteras y tienen bien estudiado el comportamiento del nuevo virus en diferentes lugares y climas. Como tema crucial compete a los liderazgos partidarios exponer puntos de vista e, incluso, escrutar la forma de actuar y gastar del Gobierno, tan enfocado en el coronavirus y sus repercusiones sociales y económicas. La libertad de críticas ha arrojado frutos, pero debe ceñirse objetivamente a los hechos, positivos y negativos, sin exageraciones conceptuales que delaten intenciones políticas coyunturales.

Sacrificios que deben dar frutos

Desconcierta el que a pesar de la cuarentena sea visible el transitar considerable de vehículos por varias vías y que de barrios de gente que apenas cabe en sus casuchas salgan moradores a buscar aire libre en pleno toque de queda. En materia de roce social, el país está irreconocible con menos seres vivos en las calles. Bajo el más prolongado cese de labor educativa. Con cientos de miles de trabajadores de brazos cruzados y sin un pie fuera desde el atardecer y a expensas de auxilios que no les garantizan consumos esenciales.

Para muchos miles de pobladores urbanos no aparece un autobús ni un vagón de metro para viajar en el tete a tete que hace que el virus maligno sea un pasajero más; las telarañas se adueñan de los sitios de diversión. Los salones de belleza, enorme fuente laboral, ya no dan pie a cercanías corporales.