La libertad humana

FRANCISCO CRUZ PASCUAL
Una de las tareas de la ética es analizar las relaciones entre el individuo y la sociedad. Al analizar este tipo de relaciones descubrimos que individuo y sociedad no son dos términos aislados, sino dos realidades en interacción permanente. En esa relación aparecen distintas variables entre la que se encuentra la libertad.

Es un término simple, pero muy complejo su significado y asunción individual. La libertad humana es una pieza difícil de encajar en cualquier engranaje mecánico, y por eso el dinamismo es de naturaleza moral; en él no solo está en juego el valor que una sociedad concede a la libertad de los individuos, sino el valor que los individuos conceden a la organización social de esa misma libertad.

Cuando analizamos nuestras vidas descubrimos un doble dinamismo en el que participamos, el dinamismo social y el dinamismo personal o individual. Vivimos en conciliación y resistencia constante entre estos dos procesos dinámicos: el de la sociedad y el nuestro como particularidad.

Sociedad y ente social en conflicto trae como producto la vida social en evolución permanente. Esta evolución debe ser cualitativa, sin olvidar lo humano, que es lo esencial. Este doble dinamismo puede ser descrito en términos sociológicos o psicológicos, como si la interacción fuera un problema de integración del individuo a la sociedad (socialización) o un problema de separación del individuo de la sociedad (individualización). Pero este doble dinamismo no es de naturaleza mecánica cuya piezas tuvieran que encajar unas con otras. Un asunto clave en este sentido es trabajar la sociedad con un todo hacia un dinamismo moral coherente y en cohesión. El individuo necesita de su libertad, pero debe poseer valores que frenen los desenfrenos propios del ser humano y además con una sociedad que le vigile en equidad y con un desarrollo institucional capaz de mantener la paz, la convivencia entre derechos y deberes bien definidos y asumidos de forma individual.

Uno de los primeros filósofos que analizó las relaciones entre el individuo y la sociedad fue Aristóteles. Desde él cuando la ética describe esta relación siempre aparecen, al menos tres niveles de análisis: dioses, animales y seres humanos, los que hemos analizado en un artículo anterior. Los seres humanos nos encontramos en el nivel intermedio, entre dioses y animales. Para Aristóteles el hombre y la mujer se encuentran en medio del camino, entre animales y dioses. Añadimos a este criterio, que se encuentran en lucha constante para perfeccionarse.

Este nivel intermedio está presidido por la palabra (logos). Con este término, Aristóteles no solo se está refiriendo a la palabra como un instrumento que utilizamos para transmitir información: se esta refiriendo a la capacidad humana de comunicación, de valoración, de apreciación y de creación. Desde entonces, la reflexión sobre el lugar de la palabra en la vida humana se ha convertido en el eje central para el estudio de las relaciones entre el individuo y la sociedad.

La libertad humana está limitada ante el derecho de los demás, derecho que tiene que garantizar la sociedad como sistema organizado. Hemos escuchado muchas veces decir que individuo humano es dueño de lo que calla y esclavo de lo que dice. Dentro de los limites de su libertad, esta afirmación es valida par su reflexión.

El valor de la palabra se ha entendido siempre como capacidad que tiene el ser humano para ejercitar el pensamiento (animal rationale, decían los clásicos). De hecho esta reflexión sobre la palabra es la que ha permitido plantear el problema del conocimiento, del razonamiento y de la argumentación. En la filosofía contemporánea, este valor de la palabra no solo es la puerta con la que entramos al mundo de acción. Ya no se trata únicamente de la palabra como clave del pensamiento o la expresión, sino de la palabra como clave de la acción y de la creación.