La madre: la gran obra de la creación

FABIO R. HERRERA-MINIÑO
El Sumo Creador, en su sabiduría infinita, ha dispuesto todo en la Naturaleza en un orden lógico y organizado, de forma que los seres vivientes se desarrollen bajo una pauta normativa que permita la continuidad de las especies. Por eso, la función más hermosa de la vida, que es el engendrar y procrear una criatura, conlleva a que la mujer la cumpla en sus años de juventud y de mayor fortaleza física, permitiéndole llevar a cabo la enorme tarea de conformar una mente, una conducta y una conciencia.

Lo anterior lo alcanzamos a ver con una mayor comprensión con el paso de los años y superando la etapa de la juventud, para entonces disfrutar el ver a los hijos en la faena de la crianza y las hijas dándole nueva vida a criaturas indefensas, que para los abuelos se convierten en lo más apreciado.

Eso nos produce la nostalgia de darnos cuenta que cuando fuimos padres o madres jóvenes, a veces por el empeño de estar produciendo, descuidamos la atención a nuestros hijos, cosa que en la actualidad es la base del fracaso de tantas familias y el deterioro por consecuencia de la sociedad.

Ser madre conlleva grandes responsabilidades, pero también grandes satisfacciones. Tan solo el contacto íntimo de la madre con su hijo en momentos como el de la lactancia, es cuando se produce el brote de amor por la función más hermosa de la Creación, ya que es el canal que Dios dispuso para ser la vía más idónea de traer una vida al mundo.

Recordamos los sacrificios de nuestras madres, para añorar y agradecer con el corazón en las manos los desvelos de mujeres, que al momento de concebir, muchas no tenían muy claro el rol como rectoras de las criaturas que llevaban en sus vientres.

El amor de madre, tan exaltado por todos los seres humanos, reviste características muy especiales. Cada uno de nosotros tenemos recuerdos llenos de emoción cuando ese amor se manifestó plenamente en nosotros. En muchos casos sirvió para salvar vidas, o enderezar conductas o para fortalecer el espíritu en momentos que los avatares normales de la vida nos apabullaban ante un porvenir que lucía incierto.

La mujer-madre adquiere una dimensión muy sólida cuando la maternidad la arropa y deja de ser el objeto de la satisfacción sexual, que las llevó a convertirse en portadoras de criaturas, pero también cumple funciones como entes reproductivos, lo que es normal en esta época. La función de madre, en el inicio del siglo XXI, adquiere ribetes epopéyicos, cuando el ritmo y exigencias de la vida moderna, reclama que la mujer salga a trabajar de tú a tú como el hombre. Y es ahí en donde se engrandece la mujer como madre, cuando, cumpliendo obligaciones laborales, puede atender a la criatura que se quedó en el hogar bajo el cuidado de personas, muchas veces no muy capacitadas, y en el mejor de los casos, bajo la vigilancia de los abuelos.

La pareja, al estar obligada a trabajar para poder acumular los ingresos necesarios para hacerle frente al alto costo de la vida, así como los reclamos sociales de una sociedad consumista, descuida la educación de los hijos, y es la causa principal del deterioro social de ellos, que al llegar a la adultez, se convierten en problemas sociales. Indudablemente el auge de la delincuencia se debe a que faltaron mujeres responsables para sostener el ente familiar, en donde los hombres irresponsables, dejaron en manos de ellas, el desarrollo conductual de los hijos y la función de madre no se cumplió a cabalidad.

La sociedad actual es muy exigente con la madre. El ritmo de vida impide que existan aquellas madres de vientres generosos, con numerosos hijos y disponían de tiempo y pocos recursos para educarlos correctamente.

Ahora, en el hogar, solo se puede disponer de tres niños como máximo, debido a los enormes recursos que se requieren para formar adecuadamente a esas criaturas proporcionándole la educación y orientación debida.

En la víspera del día consagrado a recordar con amor al ser querido que nos dio la vida, pese a que siempre la llevamos en nuestros pensamientos, nuestras ofrendas de reconocimiento deben ser de un mayor significado, si estamos lejos de ellas, fuera del hogar que nos vio nacer y al cobijo del cual recibimos las primeras orientaciones morales y cívicas. Por eso, a la madre que irradia su luz desde aquí en la Tierra, les llevamos a su regazo una ofrenda de amor, y a la que lo hace desde los moradas celestiales, elevarle una plegaria a Dios para que esa alma, que está con El, tenga el merecido premio y descanso por haber cumplido en la Tierra su rol en la crianza de las criaturas que salieron de sus vientres.