LA MÁQUINA DEL TIEMPO

LA MÁQUINA DEL TIEMPO

Comprometí mi palabra con mi compadre y cumpliré, pase lo que pase, porque donde él está yo puedo jurar que confía en mí y quiero mirarlo a los ojos cuando él vuelva.

Él trabajó muy duro para construir su máquina; cada tarde después de la comida íbamos al escondite para organizar el montón de leña, hierros viejos, pedazos de loza, drizas y tela. Merecía utilizarla primero y cuando él quisiera.

Tenía un dilema: o viajar al futuro para ver cómo le quedará su uniforme de bombero o al pasado para conocer a su abuelo.

No debo seguir pensando en esto, lo sé, pues es peligroso para él.

Madrina se afana formando dos filas de niños, los varones a la derecha y las hembras a la izquierda; cada uno con dos banderillas de papel crepé con agujeritos simétricos, de colores variados, que debemos agitar cuando mande ella.

 Me puso delante, pero yo sé que ese privilegio e incluso la ropa blanca nuevecita que me compraron es parte de su trampa para sacarme una confesión.

Esos cantos me apenan, pesan mucho en el aire, como si el cielo de plomo descendiera sobre el caserío, como si lloviera pena.

Mucha gente se asoma al camino; hombres, mujeres y niños azorados nos miran, para mí que todos están buscando a mi compare también.

     Supieron quizás de nuestro invento y por eso lo buscan.

No saben que nuestro escondite está debajo de la casa de madera, entre los pilotillos, donde machacamos vidrios para convertirlo en dinero y comprar las figuritas de barro que desenterramos en el Fundo y que mamá dice que eran los santitos de los indios, que si uno los coge, regresan solos a su aldea.

En el escondite, repartimos el bosque, las aves, los ríos, las ciguapas y las minas fabulosas que formamos con piedritas envueltas en papelitos dorados y plateados de las mentas, y en la camioneta de madera que nos fabricó papá cargamos a la muchachada por la barranca.

No importa que descubran el escondrijo, porque mi compadre no está ahí.

Un niño, que no juega con nosotros, ha dicho que a mi compadre se lo llevaron los galipotes por sabidillo y lo encaramaron en el cogollito de una guama, para vendérselo a los zánganos que caminan de agua a agua. Él dice que lo vio cuando se lo tenían atado en la casa abandonada, de paredes con lama verdusca donde tenemos nuestro cuartel general.

Finjo que no sé nada, aguantándome la risa, porque yo soy el único que sé dónde está mi compadre.

Él andará ahora con su abuelo, nadando en los charcos azules de Partido, gabeado en las palmas para tumbar los palmitos, cazando una gallina para asarla después en un fogón improvisado con dos piedras, en el que pondrán también las mazorcas de maíz tierno y comerán hasta que se les estire la barriga. Cabalgan, seguro, por tierras remotas, donde las aves judías se asientan en los árboles secos, y el abuelo le contará sobre las andanzas de Juan Bobo y Pedro Animal.

El abuelo le enseñará a meterse entre el café seco para calentarse y lo llevará después al secadero para escuchar la lotería de los caramelos o la radionovela de Celedonio; le mostrará desde allí las lucecitas que resaltan en el valle y ayudará a identificar cada pueblito, donde le prometerá llevarlo para conocer las máquinas que transitan por las calles, los esquimales, la escuela pública y la corriente eléctrica.

Sé que él está muy feliz con su abuelo y que pronto regresará.

Padrino ha contado una historia rara sobre mi compadre, dizque que le pidió maní tostado antes de que se lo llevarán para el pueblo en las ancas de la mulita prieta, porque estaba enfermo.

Me da tanta pena oírlo desvariando, apenas me aguanto las ganas de decirle la verdad, para que se tranquilice, pero empeñé mi palabra.

El cortejo, con las dos filitas de niños delante, se traga todo el camino real, hasta llegar a la colina y luego descender a la meseta donde termina; allí agrupan a toda la muchachada en torno a una cajita pequeña y un rezador dice unas palabras tristes, comienza entonces a llover y el frío pone a los adultos más tristes, a mí se me empapa mi traje blanco, mientras las banderitas se desbaratan en el agua.

Me abrazo de la pierna de papá, que también está mojado y frío y me tiemblan los huesos, el pelo, los labios. Me siento tentado a contarle a todos dónde está mi compadre, para que vuelvan al caserío y retomen la calma.

Padrino lamenta que al niño lo no le gusta comer y que, en balde, una curandera le haló el pellejo varias veces para quitarle el ahíto, y que le frieron un pájaro bobo y le dieron muchísimos purgantes. De repente, se tira al suelo mojado, golpeando la tierra con su sombrero, luego levanta los brazos al cielo. Pobrecito, pienso, si supiera lo bien que ha de estar mi compadre en su travesía.

De regreso, no hay filas de niños con banderitas de papel crepé, sólo un grupo de personas mojadas y embarradas camina sin prisa.

Pasamos otra vez por la casa abandonada, luego por la pulpería, donde acostumbran a parar las recuas; subimos la cuesta, recorremos la pequeña meseta, bajamos otra vez la pendiente y llegamos después a la casa.

Me mortifica amasar toda esta pena que me tienta a olvidar mi promesa y contarle a todos donde está mi compadre, para que no crean que lo dejaron metido en esa cajita de pino en el agujero en la tierra.

Lloran, porque piensan que allí le falta el oxígeno, comida y la compañía de sus amigos y que le será difícil salir para ir a la escuela.

Padrino me dice con la voz quebrada que cuidado si me pongo a comer tierra, que el doctor le dijo que el niño lo hacía y que por eso se enfermó de un mal sin cura.

Río, mientras él me mira sin entender mi actitud.

Decido invitarlos a todos al escondite debajo del almacén de madera y mostrarle la máquina del tiempo, donde en cualquier momento aparecerá mi compadre sentado en el soporte de madera, agarrado del timón, con la risa de oreja a oreja. Entonces, conocerán de su genial aventura y se disputarán por utilizar el invento para ir al encuentro de sus nostalgias y sueños, claro después que la use yo, claro, porque fui el asistente de mi compadre en su fabricación.

Prefiero, sin embargo, contenerme, porque yo sé que él está a punto de volver y porque uno no encompadra por capricho, sino porque uno se quiere de verdad, y cuando un compadre confía en uno eso se respeta.

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