La marca indeleble

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“Un apellido es una marca indeleble, y queramos o no, a él vamos unidos y por él somos presente de lo que fue pasado”
Pedro González Blanco

“Hola chicos, aquí les envío unas fotos de una escritora que me encontré perdida en la montaña, en la Reserva Científica Ébano Verde… la rescaté para que no se la comieran los bichos feroces que andaban merodeando.
Besitos, Liza Tejeda Parra.
Correo electrónico para Mauro y Juan Miguel Bisso Azcárate. Viernes, 18 de mayo de 2012, Jarabacoa

En uno de los periódicos digitales esotéricos uno de los pronósticos dice así: (…) El pasado como especie y nuestro futuro como almas, está siendo diagnosticado a través del uso que le damos a nuestra memoria hereditaria.”
Ese “El uso que le damos a nuestra memoria hereditaria” me ha resonado y se encadenan sueños y premoniciones que aparecen en mis notas. Hace unas cuantas semanas en los cuadernos se reitera esta pregunta: ¿Por qué aparece María Eugenia Chacón de De La Sota y papá diciéndome que vuelva a la isla que ahí está la clave?
¿Será el asunto de la memoria hereditaria? Estoy como una vieja apache mandando señales de humo, escribiendo cartitas cibernéticas, agitando el pañuelo de náufraga o no, o mejor dicho de emprendedora de una nueva vida. Y nadie me responde, ni acusa recibo de las cartas, de los mensajes cifrados ni del humo que envío como el poeta y músico dominicano
¿Serán sueños con mi bisabuela argentina María Eugenia Chacón de De La Sota, intercalada mi ancestra, entre las notas que me envían Ulises y Pascual?
Bendito sea ese buen hombre que escribió: “Después de permitirme el atrevimiento de preguntar quién es quién en la foto en donde aparecen dos adorables damas, diré lo siguiente…”
Una es sin duda Liza, que salvó a la escritora perdida entre las montañas, en la otra no me reconozco.
Si supiera Pascual, que esa no soy yo. La otra, esa corpulenta y canosa señora mayor es mi abuela navarra-asturiana. La madre de mi padre. Es Pía Maura García Artamendi de Azcárate. Es la abuela que no conocí, la que se murió en 1952, a la que convoqué hace veinte años en una historia titulada “Roncesvalles” y a la que sin saber evoqué en la Reserva Forestal Ébano Verde, de la mano de su esposo y delante de sus hijos por los caminos de la montaña asturiana en busca de Dios.
Extraña foto esa que tomó Liza para mis hijos y que de pronto me lo dijo todo.
Ese “Ir a la emigración es ir a la guerra” en boca de un español, en Cuba, en 1890 resonó como una epifanía. Como si aquello que escribí el 5 de junio del 2004 me trajera, de la mano de Liza, como esa Venus que regresa después de ocho años, para constelarse dos veces cada cien años en el cielo diciéndonos cosas, augurándole a esa escritora perdida en la montaña del Caribe que al final de un largo periplo había podido reunir a sus mayores.
Perdida en las montañas he logrado reunir a mi padre con los suyos, los he reunido en las montañas de una isla cualquiera, esa que mi padre me señalaba en sueños, porque tal vez el secreto estaba en que la nieta los condujera por los mil un meandros de la memoria colectiva, porque los evoqué en todas sus penas y alegrías, en sus desasosiegos y encuentros…
En el mes de marzo (2012) en una mesa a mitad de precio me atrapó la portada de un libro: “Españoles hacia América. La emigración en masa, 1880 1930”. Compilación de Nicolás Sánchez Albornoz.
Lo compiló un español con el mismo apellido que mi profesor de Historia Medieval y de Historia de España. Era don Claudio Sánchez Albornoz, exiliado político de la guerra civil española, profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, maestro de largas generaciones de historiadores argentinos.
A los veinte años, cuando hice esa carrera, nada caía en su lugar, en el rompecabezas de mi vida, nada cuadraba, no podía sumar, no entendía que esos españoles que me dictaban cátedra de historia universal eran los mismos de mi casa.
Pensé en España, con pena en mi padre, y en todos los que como él, fueron carne de cañón, fueron “un españolito más, que llegó al mundo de Juan de Dios”, que los mandaron al destierro, para salvarlos del servicio militar en los ejércitos coloniales, pero los mandaron inermes, desprotegidos y llenos de las ideas del vencedor siendo sus vencidos.
Nunca concilié el cariño que le tenía con esas contradicciones en las que viví. Ese fascismo cotidiano del “come y calla”.
Lo quería, pero me amordazaba, me cargaba con las deudas de su pasado asturiano, me lastró con sus prejuicios y sus miedos, y cuando se murió a destiempo, aterrada me pregunté por qué se había muerto tan pronto, justo cuando yo empezaba a ser grande y a conocerlo. El padre que se murió a mis diecisiete años era un desconocido. He tardado una vida en pelar las capas de la cebolla de sus sesenta años cuando se murió. Callado, inseguro, temeroso, anhelante, expulsado de su familia española, de su mundo de niño cuando embarcó en Gijón, de sus cuarenta años de soltero empedernido, en una ciudad ajena, de su mudez, de su soledad, de sus paseos incesantes por la casa, de sus fantasmas, de su alcoholismo.
El que se murió en 1967, era un desconocido, un hombre al que quería con ternura filial pero un extraño al fin. Ha debido pasar toda una vida para que se aparezca en toda su majestad y en toda su miseria aquel asturiano solitario, que no hizo la América, que nunca regresó a España a enseñar ningún logro y que tampoco escribió a los suyos porque no tenía buenas noticias que dar.
He podido explicarme que era un niño cuando partió, y que sus padres no pudieron o no supieron protegerlo porque ellos mismos eran ese ejército de vencidos que durante siglos fue la España de “charanga y pandereta”. La de la Inquisición, la de Franco, la de la tortura, la de la miseria, la de la diáspora, la inclemente, la vengadora, la atrasada, la autoritaria.
El 5 de junio del 2004 escribí en Areito “Las heridas del desamor” con una frase de un emigrante español en Cuba. “Ir a la emigración es ir a la guerra”.
El 20 de mayo de 2012, como una sincronía, Liza tomó una foto que es el retrato de mi abuela española.
Al llegar a casa del viaje a Jarabacoa, por correo electrónico enviaron desde España, de la Fundación Sierra- Pambley, los festejos para celebrar la vida de Pablo de Azcárate y la foto de una biblioteca en León, legada por su tío Gumersindo de Azcárate.

Sentí que si el apellido es una marca indeleble, una tribu se había derramado por el mundo, algunos se habían dado cita en las estribaciones de la Cordillera Central, una robusta abuela asturiana había reencontrado a su hijo perdido en las guerras coloniales del otro siglo, una nieta escritora los reunía, escribía, se atrevía a convocarlos a la sombra de la tribu, de los libros escritos a lo largo de muchas vidas vividas de manera clara, transparente , humilde, modesta … que era eso mismo que dijo Goethe que es muy lindo situarse al final de la fila de unos hermosos ancestros.