La marcha y la contramarcha

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“En este mundo traidor nada es verdad ni mentira todo es según el color del cristal con que se mire.” (Calderón).
El verso de Calderón de la Barca sirve de introito a propósito de dos marchas contrapuestas, sin nada que les asemeje: la del 22 de enero y la del 9 de febrero 1917, rompecabezas, en mayor y menor grado, para un gobierno en franco declive (Gallup-Hoy) que requiere hacer “lo que nunca se ha hecho” algo trascendente que recupere la fe perdida.
Y viene al caso, con la debida licencia, “Los amos del pensar” (Glucksman)) citado por Andrés L. Mateo que revela la verdad que padecemos: “Hay prácticas de dominio social que han originado no que el pueblo se apropie del poder, sino que el poder se apodere del pueblo, de las masas”. Y llega el momento de tomar partido, para que cosas así no sucedan y permanezcan. Asumir postura firme, irreversible.
La marcha del 22 de enero fue una clarinada. Vino marcada con un sello genuinamente cívico y patriótico: ponerle fin al régimen de corrupción e impunidad imperante, práctica sistémica que malea la sociedad y descalifica moralmente al gobierno que lo prolija y ampara. Responde a una angustia colectiva y solidaria; al llamado atrevido, espontáneo de un grupo de jóvenes igualmente preocupado y decidido. Nada banal o egoísta les anima. Su causa es la del pueblo. Con esta marcha se pretende empoderar a la sociedad, concientizarla de que debe librar su batalla contra un mal que le acogota y le condena a la desesperanza. La necesidad de romper cadenas y reorientar al país y a sus gobernantes hacia el bien general de la nación.
La otra marcha, la adornan matices macilentos. Al igual que el reclamo de los transportistas mercaderes que aspiran una millonada para sustituir chatarras por vehículos nuevos con igual destino y enriquecerse en el cambalache. Esta otra marcha o paro de maestros (ADP) favorecidos con el 4% y de profesores de la Universidad estatal (FAPROUASD) por exigencias salariales y mayores incentivos, contraproducente e inoportuna a nombre de la “dignidad magisterial” olvida su misión y penaliza la docencia, hija de los males que la crearon: el populismo, la mediocridad y la demagogia encuentra fácil eco en llamados a conciliación, donde la Ministra de Educación Superior, Ciencia y Tecnología, haciendo magia se rasgara la vestimenta para hallarle una salida complaciente. No permitir que la criada malcriada desborde el río de la tolerancia. Los dirigentes y aun ex Rectores están de acuerdo.
Lo difícil es negociar con la otra marcha, la del 22 enero, que no se detiene en Odebrecht. Y debe seguir su ruta “in crecendo”, sin un paso atrás. Porque lo perseguido sí es vital para la convivencia social, el fortalecimiento institucional y el bienestar de nuestro pueblo.