La maternidad en la pintura de Fernando Peña Defilló

Tema eterno en el arte universal, la maternidad ha inspirado a numerosos artistas dominicanos, que dedicaron obras a madres e hijos, alternando vivencias personales, visiones colectivas, iconografía mariana y retratos. Esa representación conjuga aspectos físicos, sicológicos, sociales, y cada autor revela sus propios sentimientos por la madre, imagen a menudo “bendecida” y acompañada del “fruto de sus entrañas”.

Entre los maestros de la plástica que han tratado esa temática con mayor relevancia, está Fernando Peña Defilló, figura emblemática de la pintura nacional.

Si queremos sintetizar la personalidad de este magnífico artista, lo calificaremos a la vez como apologista de la vida criolla y creador totalizante, conocedor –si no practicante– de todas corrientes y escuelas – históricas y modernas– que él pone al servicio de una identidad definida. Observamos que ha desarrollado su obra entre los misterios cristianos y la espiritualidad en general, sin descartar hasta el legado animista africano y el pensamiento filosófico oriental, privilegiando una manifestación personal impactante del sincretismo antillano y su peculiar mestizaje.

Su pintura culmina en un llamado a la meditación y los valores perennes: la naturaleza, la vida. la muerte.

Con esmero y refinamiento muy propio, suele retrotraer su lenguaje figurativo a la cultura popular, la dominicanidad y la impronta caribeña, plasmando temas varios: escenas, vivencias y personajes vernáculos, flora y paisajes tropicales, mundo profano e imaginería religiosa. Demostrando una gran responsabilidad frente a su sociedad y sus orígenes, él no ilustra un movimiento plástico en particular, sino al sello inconfundible de Fernando Peña Defilló… La presencia testimonial sobresale en sus enfoques de la maternidad, comprometidos siempre.

Madre, reo, familia. Podríamos decir que, si nos queremos referir a los distintos períodos de Fernando Peña Defilló, prácticamente todos equivalen en su contundencia estética, desde las energías abstractas de la juventud hasta la sublimación místico-maravillosa de la madurez. No obstante, lo que se ha llamado la nueva figuración, que Peña Defilló liderea incuestionablemente, es una fase primordial de nuestra modernidad, y a ese periodo pertenecen dos íconos de la maternidad.

“La madre y el reo” forma parte de esos cuadros inolvidables, cuyo recuerdo visual siempre reaparece cuando pensamos en una obra maestra. Tiene en primer lugar un carácter histórico: era la época de todas las ilusiones, de todas las (post)revoluciones, de todas las persecuciones. Luego, la vemos como una imagen hagiográfica, de pintura a la vez profana y sacra, que sugiere el cuadro dentro del cuadro y/o marco, su composición cerrada hacia dentro, su connotación mística de madre sufriente.

Por su gesto manifiesta su amor al hijo, fichado numéricamente y probablemente preso político, dueño de una mirada y expresión valiente, si no retadora. Conforman un bloque, cromáticamente irradiante, de solidaridad y amor materno, ciertamente inmejorable en sus gamas y tonos mediatizados, en su textura arenosa como la tierra… Y hay algo más, muy poco perceptible en una reproducción, que es la aureola en torno al joven… Esta maternidad se convierte en alegoría y canonización pictórica.

En fin, una de las grandes obras del arte dominicano. En ese mismo periodo se inscribe “Familia dominicana”, tela muy representativa de la idiosincrasia criolla, su negritud y mestizaje, su pobreza jamás erradicada, su cotidianidad elemental de alimentos y frutos de la tierra. ¿No se tratará nuevamente –el halo de luz lo insinúa– de una Santa Familia? Aparte de la calidad estupenda del dibujo, el color, la textura, la composición –neo-geométrica–, la expresión de los protagonistas –con su mirada cuestionante–, simultáneamente resignada y fuerte, golpea la sensibilidad y provoca la admiración. Y obviamente la madre, centro de la composición, domina, la mano sobre la torta de casabe, ¿una suerte de eucaristía?

Escribió Danilo de los Santos: “Ella nos pone de frente a un tratado plástico en el cual la madre es el eje, respondiendo a la declaración popular del macho isleño: “Yo no tengo hijos, son de mi mujer”. ¡Ello prescinde de comentarios! De nuevo, la desgracia social y la cohesión familiar “parieron” una obra maestra.

Otras maternidades. Fernando Peña Defilló ha plasmado la maternidad como hecho y símbolo del amor, sus vínculos entrañables e indestructibles, amparo contra el infortunio individual y colectivo. Ya en sus cuadros primigenios del 1954 y otro estilo –entonces neo-cubista y primitivista–, en “Círculos atávicos”, desde la gestación, el amamantamiento y la herencia racial africana, él ha transmutado el heroismo y la cualidad única de la madre antillana. Y esa permanencia, expresada directa o indirectamente, la encontramos hasta hoy en aquella transfiguración mítica de la Madre Tierra, llorosa porque la destrucción del medio ambiente podrá provocar el aborto de sus retoños. Por cierto, cada pintura de Fernando Peña Defilló se presta para una lectura abierta…

Aparte de que una connotación sacra impera aun en la representación del mundo profano, el pintor ha tratado sujetos religiosos, particularmente en obras recientes, así su iconografía de la Virgen y de encantadoras madonas, obviamente mulatas en su mayoría, ¡un divertimiento pictórico de virtuoso! Tampoco dejaremos de mencionar la secuencia-tríptico del “Triunfo de la luz”, escena redentora en la que el primer panel es homenaje a la maternidad angelical, dejando a los niños multirraciales para nuestra interpretación discrecional.