La mecedora de Pepín

Ubi Rivas.

José Luis Corripio Estrada, Pepín, entrañable afecto y protector por 40 años del suscrito como colaborador de dos de sus tres diarios, además de ser un connotado empresario, capitán del emprendedurismo más alto, es persona proclive a la lectura y, en consecuencia, a ratos, vierte experiencias en sus dos vertientes, ricas en aleccionamientos, a bisoños y veteranos.
Sus experiencias en la luenga singladura de más de medio siglo empresarial que inició su padre, don Manuel, desde cero, son lecciones para suculento provecho de diletantes, como veteranos, no solo empresarios, sino de intelectuales que escribimos y publicamos libros.
En su más reciente alocución a emprendedores, el l6 de este mes, en el segundo conversatorio de Gestión y Sostenibilidad Mipymes 20l9, mi caro afecto Pepín desgranó varias experiencias, fundidas en mensajes y advertencia a emprendedores, como él, precisando:
“Más vale un analfabeto trabajando que un intelectual meciéndose en una mecedora”. Añado, dependiendo qué uso le asigna a una mecedora un intelectual.
Por más de medio siglo, desde mi adolescencia en Santiago de los Caballeros, leo en una mecedora, que es mi mueble preferido, desde donde he sostenido centenares de libros, catapulta para publicar millares de artículos y escribir dos libros.
Desde una mecedora en la Oficina Oval, el magnificado presidente JFK despachaba con gobernantes, nuestro Juan Bosch uno de ellos, mecedora obsequiada por nuestro canciller José Antonio Bonilla Atiles, donde el presidente imperial acomodaba su espalda, afectada por un trauma ocasionado por el disparo de un destructor japonés cuando comandaba una lancha PT-l09 en la II Guerra Mundial, que partió por mitad.
El rítmico balanceo de una mecedora ha generado grandes riquezas culturales a la humanidad, que no solo de pan vive el hombre, conforme sostuvo Vladimir Dudintsev en su libro del mismo nombre.