La mitología romana y el PLD

ROBERTO VICTORIA B.
Cuando Maquiavelo y sus contemporáneos allá por el siglo XVI discernían sobre los efectos mundanos que producía la diosa de La Fortuna o sea la deidad pagana que con los ojos vendados distribuía los bienes y los males, siempre recurrían a los historiadores y filósofos romanos que descollaron en los tiempos del imperio para analizar a fondo su carácter y sobre todo para ambientar a su época el desempeño de los príncipes que manejaban con pericia el arte de gobernar.

Cierto es que los gobernantes de la antigüedad le atribuían un inmenso poder a la caprichosa diosa y todos buscaban de su gracia para así conocer de la gloria y el poder. Tito Livio, historiador romano del siglo I antes de J. C., nos relata en el libro XXX de su Historia de Roma, mejor conocida como Décadas, del discurso de capitulación que pronunció el aguerrido general cartaginés Aníbal ante el joven general romano Escisión el Africano, resaltando con admiración de cómo fue derrotado por un gran estratega que nunca había sido vencido y de su grave error en enfrentar a quien había sido bendecido por la diosa Fortuna.

Hay gente dentro del Partido de la Liberación Dominicana que se resiste a entender que hay líderes como Leonel Fernández que, por circunstancias personales y coyunturales, se ha convertido en un fenómeno que va a gravitar en espacio y tiempo mucho más de lo que ellos desearían, independiente de que por su récord invicto esté empapado o no con las limpias aguas de la buena fortuna.

Para entender porqué Leonel es un fenómeno político hay que regresar al 1996 cuando los dos colosos de la política criolla lo llevaron de la mano a la Presidencia de la República. Que Juan Bosch lo apoyara no fue sorpresa para nadie, pues años antes cuando era un total desconocido lo eligió como su compañero de boleta. Que Joaquín Balaguer, el visionario que no comía cuentos con su cargo le respaldara, fue un gesto único y sin precedentes en la vida de un líder a quien le dio un pito la suerte de los dirigentes de su propia parcela.

Cuando tomo el 1996 como referente lo hago porque en política el tiempo no es lineal sino circular y los procesos vuelven y vuelven, y el hombre es el mismo de siempre con sus virtudes y defectos de siempre. No en balde Jano, dios de la mitología romana, era representado por una cabeza con dos caras opuestas: una que miraba al pasado y otra al futuro, y de cómo estudiando el hecho ya ocurrido avizoraba el porvenir.

Con un escenario político ahíto de tanta mediocridad, si se diera el sueño de la reencarnación se pudiera apostar a que en el 2008 los dos líderes históricos no variarían en nada su selección de llamar a votar por “la mina de oro”, al igual que lo hicieron en el 1996. A quienes a lo interno enfrentan al líder y presidente del partido y de la República, ojalá les diera por verse en el espejo del genial Aníbal.