La Muerte de AlcibÍades

 PASTOR VÁSQUEZ
“Vosotros, quiénes sois, de faz llorosa, que lleva el sello del dolor impreso, y qué pena os irrita y os acosa”…. (Dante Alighieri)
Más allá del puente Rojo, donde se cruzan dos caminos de barro, se levanta un algarrobo centenario que aspira a llegar al cielo y en ese árbol hay una cruz.

La cruz de caucho está clavada en el árbol y uno de sus brazos apunta hacia San José y el otro hacia San Francisco. Los otros extremos señalan la ruta de Alcibíades desde aquella noche fatal en que tomó el sendero de la eternidad.

Era Alcibíades un hombre gigante, de pelo lacio y mirada triste. Venía de noche a casa y contaba a mi padre esa historia de la guerra. Decía de un general llamado Aníbal el Cartaginés, hijo de otro general nombrado Amilcar Barca, que luchó valientemente para defender su patria de los romanos. Una noche Alcibíades contó que el general Aníbal estaba tomando aire fuera de su castillo cuando llegó un comando romano y lo tomó desprevenido.

Aníbal y sus generales debieron correr a protegerse en su guarida. Pero el general olvidó que en el jardín había quedado su hija Medina, por lo que debió volver, sable en mano. Se enfrentó a los gladiadores y rescató a su pequeña.

Esa noche, después que Alcibíades se había marchado, mi madre le preguntó al viejo si él no creía que el teniente Alcibíades exageraba la historia de ese tal Aníbal. Pero mi padre no contestó.

Bigote de charro mexicano y voz argentina, Alcibíades vestía un chamaco verde olivo, del mismo color de su jeep Willy, del Ejército Nacional. Hombre de finos modales y verbo de poeta, el sub-oficial Alcibíades Terrero tenía un librito de un escritor lejano llamado James Joyce.

“Los muertos” se titulaba y una noche clareada por la Luna, lo vi en el balcón leyéndole un párrafo a mi hermana y tenía los ojos humedecidos. Desde entonces me di cuenta que el sub-oficial era un hombre triste.

Me gustaban las botas del teniente porque eran vidriosas y en ellas se reflejaba mi carita de chiquillo preguntón con la luz de la “humiadora”. Díjome una noche mientras me contaba historias de tierras lejanas, que si me portaba bien me pondría el Día de los Reyes un traje de soldado.

Mi mamá decía que Alcibíades era un soñador, porque proclamaba que llegaría a general y entonces no se olvidaría de nosotros. Mi hermana recordó que él era un romántico. Todavía casi treinta años después de la tragedia, yo recuerdo su voz sonando con el viento nocturno.

“Margarita, hay neblina en esta noche, hay neblina, Margarita, y yo quiero cantar”…

“Treinta y tres años nada más son media vida, treinta y tres años que se van con tanta prisa”. Y el día de su muerte, Alcibíades cumpliría la edad de Cristo.

La medianoche del 6 de octubre de 1976, el sub-oficial Alcibíades Terrero inició una carrera contra el destino, contra sus aspiraciones de llegar a general, contra mi trajecito de soldado, contra el amor a la poesía… dejaría en el aire una canción en esa noche plateada:

“Vengo a decirle adiós a los muchachos, porque pronto me voy para la guerra/ sólo me duele el alma y me acongoja que dejo tan sola y triste a mi mamá/ quién pondrá una flor en su sepultura/ quién se condolerá de mi amargura si yo vuelvo y no encuentro a mi mamá”…

El viento de otoño desvestía las carolinas cuando pasó la grúa, con el jeep de Alcibíades. Años después fui con mi madre a encender una vela en el tronco del algarrobo.

Y creí escuchar la voz de Alcibíades que resonaba desde la montaña nublada:

“No me he olvidado de tu traje de soldado, pequeño general…”