La muerte de cerca

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El romántico poeta inglés John Keats, a principios del siglo XIX, el 14 de febrero de 1819 dirigía una carta a George y Georgina Keats. En dicha misiva empezaba expresándoles: “Nunca nada se torna real hasta que se experimenta”, cita que en el lenguaje coloquial pudiéramos traducir como: “Nada es real hasta que es local”.
El médico y la enfermera confrontan a menudo situaciones emocionalmente conflictivas cuando el deber les obliga a ser testigos del último suspiro de un paciente con quien han establecido una estrecha relación de mucho tiempo. Sin embargo, el drama toma ribetes profundos cuando el enfermo suele ser un familiar cercano o un amigo muy querido.
En mi larga práctica como profesional de la medicina he vivido momentos especiales que deseo compartir. Siendo las ocho de la noche del jueves 3 de mayo de 1984 me notifican presentarme, en lo inmediato, provisto con una ambulancia al municipio de Monte Plata, a fin de trasladar a Santo Domingo a un hermano quien supuestamente se encontraba en grave estado de salud.
Solicito más datos sobre el caso; el informante se torna más sincero y confiesa que mi pariente murió ahogado. Una hora más tarde verifiqué el estado del cadáver, el cual reposaba sobre una camilla en el centro de salud del poblado. El occiso no tenía los signos clásicos del ahogamiento, sin embargo, mostraba una quemadura eléctrica sobre uno de sus hombros.
Indagando acerca del levantamiento del fallecido y de las circunstancias que rodearon el hecho se pudo comprobar que se había producido una descarga eléctrica mientras la víctima trataba de reparar una bomba eléctrica instalada en su finca ubicada en las cercanías del río Ozama. Fue profundamente doloroso y triste tener que comunicar esta cruel tragedia, a una madre que probaba por vez primera, el trago amargo del fallecimiento de uno de sus diez hijos. Mi padre sólo aceptó el fatal suceso cuando se lo confirmé.
En la madrugada siguiente logré quedarme dormido. En el sueño veía y conversaba con el extinto, pero al despertar retorné a la insoportable realidad.
Hube también de levantar el cáliz con la hiel de la desdicha el domingo 26 de mayo de 1996, cuando no bien terminado el almuerzo timbró el teléfono, trayendo la nefasta noticia del fallecimiento de nuestro progenitor. Dolió en el alma contemplar aquel recio roble derribado por la cruenta sierra de una corta y mortal enfermedad. Luego de 14 años de tregua funeral, el jueves primero de abril del 2010, siendo las 7 de la mañana, respondo al reclamo de mi madre quien yace en lecho de muerte y solicita la presencia de su hijo mayor. A la media hora estoy a su lado, me reconoce, se alegra y ordena me sirvan un vaso de jugo.
Sostengo su suave mano, en tanto ella cierra los ojos y cesa de respirar.
Son reveses que nos da la vida misma, el don más preciado que todos poseemos, y que un día habremos de devolver. Mientras tanto compartamos ese hermoso tesoro entre todos por igual.