LA NARRATIVA INTERIORISTA

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Como representación es una literatura plena de sentido que presenta al hombre y la mujer en los extremos de la vida, mostrando sus derrotas y victorias; las pasiones y los deseos más destructivos; la decadencia de épocas terribles donde el tiempo se esfumó en un vivir sin sentido; la angustia del ser atado a una existencia dolorosa cargada de sufrimiento; la miseria material y la podredumbre del hombre sin valores; las frustraciones y el horror más desgastante; y por otro lado, el desapego liberador, la felicidad, la paz de la realización y el goce de la plenitud. La narrativa interiorista busca en las profundidades del ser y devela todos aquellos secretos ocultos en su interior. Es el resultado de la manifestación plena del escritor en estado creativo, su conciencia y su fragilidad frente a la realidad que le tocó vivir. El quehacer de la narrativa interiorista no es exponer la condición humana, sino trascenderla. En el pasado existieron escritores que abordaron este tipo de literatura, representantes del más puro interiorismo aun antes de existir esta estética literaria que creara Bruno Rosario Candelier, el forjador del Movimiento Interiorista. Es Bruno Rosario Candelier quien le da forma y cauce a la literatura interior; la describe, define y promueve como una literatura transcendente.

Para el escritor interiorista la obra que escribe está animada por una intención que resulta de una fuerte experiencia íntima que se canaliza como una necesidad imperiosa. Su pluma se manifiesta en el objeto creado guiada por un sentimiento colmado de energía: receptáculo de la abarcadora y misteriosa fuerza que es la belleza. El narrador percibe los objetos que captan su atención, atesora su valor e impacto inicial, es decir, la emoción y sensación inmediata que le provocan y luego los convierte en forma; en el colorido de las descripciones; en el sonido del ritmo del logos; en ese yo distinto de su yo; el objeto convertido en sujeto en foco de sentimientos y de imágenes con los cuales acoge el llamado de concebirse y concebir el universo. La función estética inducida por fuerzas ignotas es sin duda la acción fundamental del escritor; ella mora en el acto de la creación. El lector sensible es izado hacia las alturas de lo puro y lo bello por el conocimiento que allí encuentra; entonces queda impactado y no vuelve a ser el mismo. Y es que la conciencia del artista tiende a la integración, a una toma de posesión de la realidad y su enriquecimiento: a una afirmación de lo humano. Y cuando las condiciones en que se realizó una obra de arte han pasado y se han perdido con los siglos, la obra perdurará como un testimonio siempre válido a los ojos de los lectores a través del tiempo.

El Interiorismo nació en 1990 en Moca, bajo la inspiración y guía del pensamiento estético de Bruno Rosario Candelier. El autor interiorista cree firmemente que el hombre tiene un propósito superior que guía su existencia y, que la verdad, los secretos y los misterios están ahí para ser develados. Tiene la certidumbre de que la verdad lo libera. Intuye y sabe, a través de experiencias personales profundas, que esa verdad está oculta dentro de nosotros mismos.

Los interioristas abrigan una vocación de acceder a niveles superiores de conciencia. Tienen la convicción de que estamos compuestos de la misma sustancia de las piedras, de las plantas y de los animales. Y es que la sustancia universal: una chispa de luz, de energía diminuta y eterna lo forma todo. Somos todo y estamos en todo. Somos UNO.

Revisemos además un fragmento de la novela Un árbol para esconder mariposas del laureado escritor interiorista Manuel Salvador Gautier. En la escena del recibimiento de Tian, dice: “Yo soy el hijo del cielo, el hijo de la tierra, el hijo del agua. Yo soy la transparencia del aire, la espesura del monte, el fragor de la cascada. Yo soy la clemencia de los espíritus, el portador del ruego. Yo vengo del fin del mundo a postrarme a tus pies”.

Las novelas, cuentos y dramas interioristas tienen la influencia de tres ejes primordiales: la visión del autor sobre una época que busca imponerse en su obra; la visión individual del creador; y la visión interiorista que lo seduce y conforta. La literatura interiorista está creada por artistas de la palabra que sienten la necesidad de encontrar la esencia de las cosas; de conocerse a sí mismos, unirse al Todo y esto dota su obra de un sello especial que permite al lector ponerse en contacto con la verdad oculta en el alma humana y lo hace a través de las voces y las obras de escritores que usan como materia prima el logos. Si bien Bruno Rosario Candelier propugna porque todo escritor del Movimiento Interiorista conozca y domine las técnicas del buen escribir, afirma que son muchos los buenos escritores que realizan la técnica a través de la intuición.

En el Interiorismo se utiliza el recurso de mostrar de la realidad lo que nos envuelve y nos sublimiza; y del hombre, todo aquello que lo mueve desde adentro: su dolor, su angustia, su frustración, su ansia de cambio y trascendencia. Aurora, personaje de la novela El sueño era Cipango, de Bruno Rosario Candelier, afirma: “Habéis entendido mal el sentido de lo humano. Además de las biológicas, tenemos inclinaciones intelectuales, morales, estéticas y espirituales. No podemos fragmentarnos como están los hombres: unos con el signo del dinero en la frente; otros, con el signo de las armas, y los menos con el del amor que está en la Cruz”. Rosario Candelier, autor que posee el poder de la motivación en todo lo que escribe, en su novela utiliza una premisa como esta: la lucha por lo material no da sentido a la vida, solo lo espiritual satisface al alma. Denota el interés del autor por mostrar lo que considera grandes verdades. El fin del personaje principal surge de sus propias acciones.

Veamos el lenguaje de El inapelable designio de Dios, de Emilia Pereyra: “Un destello mágico nos tocó unos segundos, a pesar de los embates del dolor y la melancolía. Casi persuadida, a punto de tomar el teléfono, marcar y dejar que mi voz fuera escuchada por Rafael, no iría esa noche ni nunca más, porque algo inexplicable, tal vez una impetuosa y demencial tristeza, sacudía mis cimientos”.

Leamos una muestra de la novela El Sol Secreto, de quien suscribe. El padre de la protagonista, Felipe, le escribe a su madre desde el manicomio y le dice entre otras frases duras: “Para que tengas una idea de lo que es mi vida, te cuento: mi día, día igual a cada otro, día de días. Días sin principio ni fin, días sin sol ni luna, día tras día, iguales días, días sin tiempo, tiempo sin días, ausencia de días. Mis días en este cuarto blanco como la espuma del mar, como las nubes, como la nieve, como el espacio entre letras, como los canvas sin obra, blanco como todo lo que miro, blanco como las páginas del libro por escribir. En este espacio blanco, en este vacío de vida; pudiera SER, pero la mano inquisidora de “la norma” me tiene controlado”.