La novela inconclusa de la filosofía

FABIO RAFAEL FIALLO
Cuando nos sumergimos en la lectura de una novela policíaca, nos resulta difícil, o más bien imposible, leerla sin involucrarnos en la trama. Aspiramos inconscientemente a tomar parte en la investigación y el desenlace de la misma. Tratamos de ocupar el lugar del detective que dirige la pesquisa. Vamos hilvanando los detalles, testimonios e indicios que la obra pone a nuestra disposición, acariciando la esperanza de descubrir por nuestra propia cuenta, antes de que el libro lo revele, el o los responsables del crimen relatado. Novelas de ese género lanzan un desafío tanto a nuestra inteligencia como a nuestra imaginación, desafío que placenteramente solemos asumir.

Algo parecido ocurre con el estudio de la filosofía. Sólo que aquí los problemas quedan sin ser resueltos, pues un problema filosófico es insoluble por definición; de lo contrario dejaría de pertenecer al campo de la filosofía. Otra diferencia: aquí lo que se intenta descubrir no son culpables de crímenes, sino errores de razonamiento que han desviado el pensamiento humano de la solución de tal o cual cuestión esencial. Y más que nada, en filosofía cada quien tiene la posibilidad, e incluso el deber, de plantear sus propias preguntas, de llevar a cabo su propia pesquisa, de llegar a su propia conclusión.

De ahí surge el encanto que ejerce la filosofía. Quien se interesa en problemas de esa índole se convierte en copartícipe de una aventura interminable, aventura que nos ha precedido en esta tierra y que sin duda nos sobrevivirá, a saber: la búsqueda de la verdad por encima de la apariencia, la búsqueda del sentido de la vida por encima de lo efímero, la búsqueda, ciertamente infructuosa y sin embargo insoslayable, de la clave del enigma filosófico por excelencia: ¿por qué existe el mundo en vez de nada? (Paradójicamente, quien más cerca ha andado de una respuesta convincente a este respecto no es un filósofo sino un escritor: el italiano Alberto Moravia, quien comienza su novela “El tedio” afirmando que Dios creó el mundo simplemente por aburrimiento, porque se aburría de estar solo; y el hecho de que Moravia haya sido el autor de esa ocurrente afirmación es una muestra de que novela y filosofía no son sino dos formas diferentes de abordar problemas trascendentes).

Cada filósofo se propone, pues, detectar el error de razonamiento que, cual un pecado original, ha desviado a la humanidad del camino de la verdad. Ese enfoque de la filosofía basado en la búsqueda de un error inicial aparece de manera manifiesta en la obra de los dos filósofos de la segunda mitad del siglo XIX que más han marcado nuestro tiempo.

Me refiero a Marx y Nietzsche. Marx, por haber ofrecido el sustrato teórico a los movimientos de revuelta social y al llamado socialismo real, que constituyó uno de los dos bloques hegemónicos del siglo XX. Nietzsche, por haber sacudido los cimientos de la moral burguesa, que él califica de moral de débiles y apocados por su énfasis en el confort y la humildad, denunciándola como un obstáculo a la realización existencial del individuo, sentando así las bases filosóficas para el psicoanálisis freudiano y el cuestionamiento de valores subsiguiente. Y es por ello, porque estos dos filósofos han impactado nuestro tiempo de manera decisiva, por lo que vale la pena estudiar dónde se encontraba según ellos el supuesto error original de la filosofía.

Una conocida frase de Marx define en qué consistía para él dicho error: “Los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo; ahora se tratará de transformarlo”. Es decir, la hora había llegado de hacer de la filosofía un arma de acción política, revolucionaria, en vez de una simple actividad especulativa. Nietzsche, por su parte, hace recaer el error original en Sócrates, por haber éste colocado en un pedestal a la razón, a expensas de la tragedia griega, que según Nietzsche había enaltecido los instintos y la pasión. Nietzsche se propone liberar el pensamiento de las cadenas de la razón y se pronuncia por la desmedida, por la espontaneidad, y en última instancia, por lo que él llama voluntad de dominación.

Cada uno de estos pensadores denunció además un supuesto error cometido por el filósofo cuya teoría estaba más cercana a la suya. A este respecto, Marx compartía con Hegel la misma creencia en que la historia se mueve por medio de la dialéctica (lucha de contrarios). Pero mientras Hegel pensaba que esa lucha de contrarios tiene lugar en la esfera de las ideas, del espíritu, para Marx la dialéctica se despliega en el mundo material y en las relaciones sociales (lucha de clases). De ahí que Marx afirmara que con Hegel la dialéctica marchaba de cabeza y que había que ponerla a andar de pie.

Nietzsche procede a una inversión similar, pero esta vez no de la filosofía de Hegel, sino de la de Schopenhauer, quien había afirmado que al mundo lo mueve, no la razón, sino una voluntad ciega que nos impulsa a actuar sin cesar, a perseguir cada vez nuevas metas en una carrera absurda e interminable, valiéndose para ello de los instintos y del tedio, del aburrimiento que ella nos hace sentir cuando permanecemos inactivos (lo que lleva un siglo y medio después a Alberto Moravia a ver en dicho aburrimiento el motivo por el cual Dios se decidió a crear el mundo). Ahora bien, mientras Schopenhauer afirma que el ser humano debe rehusar someterse a esa voluntad irracional y propone en cambio practicar la indiferencia frente a ella, Nietzsche afirma, al contrario, que sólo alcanza la plenitud existencial aquel que acata el imperio de esa voluntad y da rienda sueltas a su egoísmo y apetencia de poder.

El siglo XX terminó por mostrar los límites y lagunas de ambas filosofías. En el caso de Marx, los estragos se cuentan en términos tanto de fiasco económico como de opresión política. Fue en nombre del marxismo que Lenin abogó por su dictadura del proletariado y que surgieron los campos de trabajo en la Unión Soviética de Stalin, la China de Mao y la Camboya de Pol Pot. En cuanto a Nietzsche, el siglo XX fue testigo de que una moral basada en la pasión y la voluntad de dominación puede llevar a comportamientos intolerables. Tampoco se debe olvidar que la obra de Nietzsche, con su alegato a favor de la fuerza y de la voluntad de dominación, fue manipulada fácilmente por el nazismo para tratar de dar una justificación ideológica a sus designios espantosos.

Se puede argüir que el fiasco del socialismo real y los horrores del nazismo fueron la consecuencia de la usurpación de las ideas de Marx y Nietzsche, que estos dos filósofos no son responsables de la distorsión de sus teorías. Tal vez. Pero que dichos resultados estuviesen desde un inicio en germen en esos sistemas filosóficos, o fuesen al contrario fruto de una mala aplicación o interpretación de los mismos, el problema básico no cambia en lo más mínimo, a saber: nuestro siglo XXI está obligado a cuestionar ambas teorías, a indagar en sus meandros, no para denigrar o negar sus aportes indiscutibles, sino para saber cómo y por qué las mismas dieron pie a los resultados consabidos. No es posible filosofar hoy como si Auschwitz y el gulag hubiesen sido simples accidentes de la historia.

De ahí que sea necesario continuar la novela de la filosofía, salir de nuevo en busca del error, esta vez del error que hizo que las dos teorías antes aludidas, emancipadoras en principio, no hayan estado a la altura de sus expectativas. Y son los contornos de ese error ignoto lo que en un artículo futuro trataré de bosquejar.