La palabra

TIBERIO CASTELLANOS
Desde hace algún tiempo vengo observando un cierto respeto por las palabras. Principalmente por las palabras que yo pronuncio. Este respeto no me ha impedido decir, con alguna frecuencia, algunas boberías. Porque, según parece, no siempre está uno en completo control de sus palabras.

Este respeto tiene su origen en el versículo 11 del capítulo 55 del libro del gran profeta Isaías (porque hasta en los profetas los hay mayores y menores): “La palabra que sale de mi boca no volverá a mí vacía…”

Bueno, Isaías se refiere a la palabra del Señor. En Unity (Escuela Unity de Cristianismo Práctico) me enseñaron que esas palabras (valga la redundancia) se referían también a mí. Que funcionaban también para mí. Me refiero a Unity en los tiempos de esa vegana excepcional que se llamó Elvira Gil Cáceres.

Pues enseñaban en Unity, que como Dios me hizo a “su imagen y semejanza”, necesariamente, yo comparto con El, al menos algunos de sus poderes, aunque sea a un nivel infinitamente más bajo. Así, mi palabra, como la palabra de Dios, también tiene poder.

Recuerden que Unity es una creación norteamericana. Aquí muchos pensadores y tratadistas coinciden en esa misma idea. Tomen, si quieren, a Dale Carnegie, en su libro “Cómo ganar amigos e influir sobre otras personas”, considerado por algunos el más influyente libro de negocios del siglo XX. Asimismo otros asesores en ventas y administración de negocios suelen manejar este mismo principio. Y maestros, psicólogos y educadores en general recomiendan a los padres y a quien trabaje con niños usar siempre con ellos palabras de contenido positivo. Nunca decir a un niño: malo, o feo, o bruto, porque esas palabras pueden dañar al niño (porque las palabras tienen poder). Decirle siempre al niño palabras estimulantes.

A mis hijas yo las llamaba princesas. Y a una de ellas que se orinaba en la cama, yo le decía, medio en broma y con muchísima ternura: mi princesa del agua.

Y este poder de mi palabras, de las tuyas, funciona también para los que ya no son niños. Prueba y verás.

Trato de aplicar este principio al hablar y al escribir, escogiendo, siempre que puedo, la palabra mejor. ¿Son todas las palabras iguales? Pienso que no.

Hay palabras anunciadoras de cosas bellas y bellas de por sí: lluvia, amanecer, primavera. Y hay también palabras feas. Esas no las pondré yo aquí.

Pero sí quiero poner aquí, finalmente, palabras que configuran y definen la calidad del hombre que siempre he tratado de ser. Palabras que bien podemos invocar, en algún momento del día, para llenarnos de su significado: fe, disciplina, coraje, compasión, perseverancia.