La parte buena de las cosas malas

Recientemente apareció en la prensa la información de que algunas iglesias habían cambiado su horario de actividades debido al auge de la delincuencia y la noticia me recordó la época de mi adolescencia, a finales de los años 60, cuando ser joven era casi sinónimo de ser revolucionario o “comunista” y se formaron bandas terroristas auspiciadas por los gobiernos de esa época, en especial los del balaguerato, que sembraban el terror en casi todo el país, sumadas a las redadas represivas de patrullas policíaco-militares procurando detener el avance de los grupos de izquierda.

Antes por la represión y ahora por el auge de hechos delictivos, madres como la mía Q.E.P.D. intentaban e intentan proteger a sus hijos tratando de que no permanezcan en las calles durante avanzadas horas de la noche, lo cual, según parece, ahora practican las comunidades religiosas como forma de proteger a sus feligreses del azote delincuencial.

Es indiscutible que en el seno de la familia y en sus hogares los ciudadanos están más seguros que en las calles durante las horas en que el crimen está en vigilia y parecería un efecto paradójicamente beneficioso de la delincuencia, que las familias estén más unidas mientras los maleantes se atracan unos a otros o abandonan su modo de vida.

Recuerdo la sapiencia de mi madre convenciéndome de que no había necesidad de arriesgarse en la oscuridad de las noches para disfrutar de la vida, porque todo lo que hace feliz al ser humano puede hacerse tanto de noche como de día y muy especialmente, conjugar el verbo amar en todas sus formas.