La Pasión de Cristo: perdido el mensaje de amor

NUEVA YORK. La controvertida película de Mel Gibson, La Pasión de Cristo, llegará pronto a los cines dominicanos, luego de ser estrenada en una gala de la iglesia católica. Yo vi la película en Nueva York este sábado pasado y tengo algunas cosas que decir sobre mi experiencia.

Traté de despojarme de cualquier prejuicio cuando entré a la sala de cine a ver La Pasión. Es cierto que estudié toda mi vida en un colegio católico, aunque no me considero religiosa. Tiendo a cuestionarlo todo, aunque respeto mucho a la gente de fe. También es cierto que, estando en Nueva York, he experimentado la enorme campaña de bombardeo en contra de esta película, acusándola de antisemita.

Hasta llegar a Nueva York yo no había conocido nunca a un judío, así que me ha tomado largas horas de discusiones y de leer muchos artículos sobre la película para entender el miedo que sienten judíos y judías de que ésta sirva para impulsar un resurgimiento del odio religioso contra ellos por considerárseles, como pueblo, los “asesinos de Jesús”.

Fui a ver La Pasión de Cristo por curiosidad, además de porque me fascina la historia de un hombre revolucionario como Jesús: una historia basada en un amor tan profundo y en un deseo de felicidad y paz para la humanidad.

Nada de eso lo encontré en esta película, que lejos de promover un mensaje de esperanza, despierta, sentí yo, un gran deseo de venganza. Lo que sí hubo, y de sobra, fue un despliegue voyerista y obsceno de violencia. Violencia, por demás, gratuita e innecesaria. La Pasión de Cristo no es una película de amor, ni de redención, es una oda a la sangre y a la carne martirizada, al horror de la tortura y a la maldad.

A mi alrededor, la gente se tapaba los ojos algunos lloraban- mientras los soldados romanos (que hablaban en latín en una época en la que era más probable que los romanos hablaran griego) azotaban el ya frágil cuerpo de Jesús. La tensión se sentía crecer. Yo estaba asqueada. Por más que trataba de darle el beneficio de la duda a la película, cada escena superaba a la anterior en sadismo y exhibicionismo. Tras haber leído que este filme había sido una inspiración para renovar la fe para tantos y darme cuenta de que en venta de taquilla llevaba US$225 millones recolectados a la fecha en que la vi, algunas preguntas comenzaban a formarse en mi interior.

¿Qué busca la gente cuando viene a ver esta historia? ¿Es por pura curiosidad, para evitar que les cuenten? ¿Vienen, como yo, para poder formarse una opinión propia sobre la calidad de la película? ¿Vienen porque su iglesia compró una sala y regaló las taquillas (yo entré gratis con una de las siete boletas que una amiga recibió de su congregación)? ¿Qué sentirá esta gente ahora?

El mensaje de amor de la palabra de Cristo que es hermoso independientemente de que se sea cristiano o no poco tiene que ver con esta película que bien podría haber salido de la macabra mente de Stephen King. La Pasión de Cristo me dejó con una terrible sensación de rabia, una sensación de haber sido privada de una visión más amplia de la historia.

Hay que conceder a favor de Mel Gibson que el antisemitismo del que tanto se ha hablado en Nueva York y todo Estados Unidos que pudiera percibirse en la película no es más ni menos que el que puede encontrarse en la Biblia. Por esto mismo es cierto que, a pesar de que los torturadores son romanos, Poncio Pilatos queda como el buen tipo que no quería hacer daño a Jesús y los sacerdotes judíos como los malvados que casi le ordenaron crucificarlo.

Un análisis de la película publicado por U.S. News and World Report el pasado 8 de marzo resalta que Pilatos, según el historiador del siglo primero Josephus, era un prefecto “notorio por su crueldad, pronto para crucificar hasta a rebeldes políticos potenciales” y explica que la crucifixión no era la condena asignada a los blasfemos.

No pretendo hacer un análisis de los potenciales errores históricos del filme, ni de la imposibilidad de que un cuerpo humano pudiera aguantar semejantes castigos. Lo que más me preocupa es pensar que al abrazar La Pasión de Cristo como una herramienta de evangelización la iglesia esté esperando enrolar nuevos adeptos y recuperar a las ovejas descarriadas a través de la rabia, el odio y la culpa.

Es como si el propósito de Mel Gibson, quien, por cierto, no acepta las reformas del concilio Vaticano II, fuera generar terribles sentimientos de culpa en la audiencia. Hacerles sentir ingratos por “fallar” como cristianos luego de que Jesús sufriera un sacrificio tan cruento para salvarlos. Ni siquiera la resurrección deja sentimiento alguno de alivio. La brevísima escena en la que Jesús reaparece sin las múltiples heridas ni los chorros de sangre le muestra sereno, con una gravedad en el rostro que no denota signo alguno de felicidad. En su mano derecha que es la única que se ve, pues está de lado se ve el agujero causado por el clavo. Un final terrible para una película cuyo mensaje poco tiene que ver con lo que tanto me gusta de la historia de Jesús.