La pasión de un músico

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POR ALEXIS MÉNDEZ
Estuve buscándolo toda la mañana del viernes, pero no pude encontrarlo. Alguien imaginó que debía estar ensayando con la orquesta que nos pondría a bailar, y de la cual él sería el director. Nos volcábamos entre coloquios y meriendas, y Crispín no se asomaba.

Eran las 3:45 de la tarde cuando pude verlo. Comenzaba la primera sección del primer Congreso Música, Identidad y Cultura en el Caribe, dedicado al merengue. Él tenía a su cargo la ponencia titulada “El saxofón en el Merengue”, la cual estuvo rica en datos históricos, como la llegada del instrumento a la República Dominicana, 20 años después de su creación, y anécdotas personales, como cuando tuvo que enfrentar la aceleración del tema “La agarradera”.

Al final de aquella conferencia, nos deleitó con el tema “Los Saxofones”-“Porque hasta un merengue tiene este hermoso instrumento”-gritó lleno de júbilo. Con la humildad que le caracteriza, externó reverencias para aquellos saxofonistas que con su fraseo han adornado nuestro ritmo, muy en especial al gran Tavito Vásquez. Aquel homenaje se sintió en su ejecución. Esta vez no hizo falta la complicidad del acordeón, ni el acompañamiento de la güira y la tambora, para que nos diéramos cuenta que estaba merengueando.

La algarabía explotó. Entre aplausos iba fotografiando los rostros presentes. Así notó mi presencia. Levanté mi puño en señal de victoria. De la misma forma y con su sonrisa infantil, respondió mi saludo. Me le acerqué, lo abracé. Le pregunté dónde había estado toda la mañana. Me confirmó que estaba ensayando con los 18 músicos que le iba a tocar dirigir.

En la noche nos encontramos en la explanada del Gran Teatro del Cibao, al final del espectáculo preparado por La Secretaría de Estado de Cultura. Juntos nos dirigíamos al bar del teatro donde estaba la muchedumbre. De repente desapareció de mi vista. Imaginé que compartía con las demás personas, como lo hice yo. Veinte minutos después lo vi involucrado con un güirero, un tamborero y un acordeonista que daban la bienvenida a los invitados. Buscó su saxofón, y con estos tres formó un “perico ripiao” que convirtió aquella recepción en un baile de campiña. No comió, no bebió. Solo tocó y tocó.

El sábado no lo vi en todo el día. En la noche subió a tarima vestido de negro. La orquesta estaba completa y a él le tocaba dirigirla. Al parecer no se sentía cómodo en la dirección, y de vez en cuando agarraba su saxo y tocaba como un músico más. Y yo me preguntaba, ¿De qué madera estará hecho este hombre, que no se cansa? ¿Qué tan grande es la pasión que siente cuando toca el saxofón?

Ese es Crispín Fernández, el mismo que me distingue con su amistad. A quien Huchi Lora presentó como un músico sinfónico, que en vez de nacer en Viena, le tocó ser oriundo de Villa Vázquez, y por eso ama el merengue típico. Y es que Crispín se siente orgulloso de sus orígenes, y por eso se balancea entre la sinfonía y el “jaleo liniero”.

Todo lo observado me llevó a recordar las cosas que me había contado, y que dan fe de su amor por el instrumento. Pasó buen tiempo en Nueva York donde gracias a Mario Rivera pudo colar sus notas en las bandas de Tito Puente y Machito. En el país acompañó a los mejores, y con su grupo “Licuado” se ha constituido en Quijote de la experimentación.

Ese es mi amigo el músico. Es el mismo que al final del congreso insinuó que yo estoy exagerando al expresarle tantos halagos. Es un amante de la calidad, con una bondad capaz de tolerar los disparates, porque su papel en este mundo es conciliar, enseñar sin reprimir mediocres. Porque su rol es impulsar el buen arte.

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