La pérdida de la objetividad

La pérdida de la objetividad

José Miguel Gómez

De forma integrada una persona funciona en la vida gracias a la objetividad, que es una forma consciente, discriminativa, madura, racional, justa y equilibrada de tomar decisiones, siendo capaz de un ser objetivo. La objetividad también plantea la capacidad del buen manejo de los estresores psicosociales. Es decir, tener la prudencia y valorar los riesgos y la consecuencia antes de actuar. La persona objetiva mantiene la coherencia entre el pensamiento, el lenguaje y la conducta, para establecer la armonía y la congruencia entre lo que dice, lo que hace, y cuando lo hace. En esa objetividad descansa parte de las funciones ejecutivas del cerebro que se encuentra en la parte pre-frontal.
Allí, en esta región se encuentran una especie de superautopista neuronal con la amígdala, que es el banco de la memoria emocional del cerebro, lugar donde se almacenan todas las experiencias de fracaso, frustraciones, éxitos, miedo, temor, etc. Sin embargo, el estado de ánimo es el que influye poderosamente sobre el pensamiento, la memoria, la percepción, y la conducta. Para mantener la objetividad por largo periodo intacto hay que tener un buen estado emocional que funcione de forma adaptativa y en armonía. Cuando de forma progresiva y recurrente se va perdiéndola la objetividad, se va entrando de forma perturbadora a un túnel sin luz. En la familia, el trabajo, los amigos, en cada espacio donde se socializa por años, se dan cuenta del deterioro. Las causas de las pérdidas son múltiples: causa orgánicas por enfermedades degenerativas que van anunciando su aparición, pero también tumores, lecciones frontales, déficit cognitivo leve, accidentes isquémicos etc. Sin embargos, existen causas como el síndrome fatiga crónica, estrés crónico, los trastornos disociativos, la despersonalización, la depresión, alcoholismo, dependencia a la cocaína, heroína, y por supuesto, algunos trastorno de la personalidad. La trampa, es que el paciente no suele darse cuenta de la pérdida de la objetividad, más bien, se hace torpe, no es agudo ni critico como lo solía hacer, no pondera las circunstancias ni los riesgos, no discrimina, ni sabe cuándo ser prudente, sensato, o hacer silencio. Cada momento aparece una incoherencia, una torpeza, o ligeras imprudencias, o la falta de sentido común.
El funcionamiento del día a día, es quien más habla de nuestra conducta, de las emociones y de la armonía y el equilibrio en los diferentes espacios. Cuando hay perdida de la objetividad, hay desesperanza, hay desosiego y angustia que va mermando la percepción y el tacto de como establecimos las relaciones o de cómos funcionamos. Todos conocemos a personas inteligentes, aplicadas, talentosas, en sus áreas de desempeño que por muchos años fueron productivos, estratégicos, o bien aplicado en lo que se proponían. Pero hace algunos años, empiezan con cierta pérdida de sus funciones ejecutivas, adaptivas y éticas, frente al discurso y el accionar socio laboral. Ese desenfoque en el discurso, en el pensamiento, en la forma de accionar en lo social, lo interpersonal y lo familiar, hablan de la perdida de la objetividad. Pero en el mundo actual: del sistema financiero, del relativismo ético, de la notoriedad, de las celebridades, del narcisismo y de la vanidad; también las personas pierden la objetividad en las redes sociales. Otros pierden su objetividad por alquilar la palabra, empeñar el discurso, relativizar los valores y entrar en el pragmatismo social y la despersonalización social. El tener que jugar al teatro, asumir el drama, auto-engañarse y engañar o entretener al colectivo social es una pérdida de la objetividad producto de la perdida de la identidad del hombre de la nueva circunstancia social. En el mundo global, también se consume la perturbación y la pérdida de la objetividad, ¡¡Qué pena!!

Publicaciones Relacionadas

Más leídas