La Plena: un territorio y una sociedad en mutación

A solo media hora de la capital,  diez minutos de San Cristóbal, La Plena es un microcosmo en transición, quizás modelo de un proceso que debe preocupar por las secuelas infinitas que deja en algunos seres humanos desechados en ese trance y las profundas e irreversibles transformaciones que se producen en ese paisaje campestre, hasta hace poco, apenas intervenido.

Situado, en la llanura costera de San Cristóbal, La Plena, tierra adentro, ni era urbana, ni costera; era un campo protegido por las lomas de Niza, famosas porque el “Jefe” las transitaba,  cuando iba a su playa, en Najayo. Allá tenía su finca modelo, su casa de mar y su playa privada. En dirección opuesta, Nigua, de triste recordación, era un centro de torturas. 

Los campesinos apenas se enteraban de esos vaivenes y de esas miserias. La vida rural era extremadamente simple, se debatía entre el convite y los bueyes, el arado y se animaba con los cantos y ritmos de tambores, palos y atabales, convites, símbolos de trabajo y unión bajo la mirada de un personaje digno de cuentos. El alcalde pedáneo era la representación del “Jefe” en ese lugar, su compadre, este era  un personaje enigmático entre chivato, compadre, árbitro, muchas veces, hombre recto.

El paisaje era el tradicional campo dominicano: lomas dominadas por palmas reales inmensas, frutales,  una vida silvestre ruidosa, al lado de casitas de madera, conucos y animales familiares. 

En esa sociedad eminentemente rural, con  tradiciones bien ancladas, campos sembrados de naranjales y aguacates, casas de palma, los días pasaban protegidos por ese alcalde, La Chaba, hombre respetado y respetable, conciencia viviente de todos los dramas de esa pequeña aldea, de todos  sus  pleitos  y sus más pequeñas transacciones de trueque, de compra y venta. Todos eran familias.