La poesía de Juan A. Bello

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El 17 de  este mes en Librería Cuesta se pondrá en circulación el poemario de Juan Antonio Bello Carlos  “Cuando yo muera, si es que muero”. En estos tiempos de bastardía  intelectual y literario declive sólo de raro en raro la avarienta fortuna propicia que descubramos, perdida entre la caterva de escritos perpetrados por liras desafinadas y ramplonas, la poesía ubérrima y genuina, esa que, cierzo con aroma profundo de bosque y alta cumbre, acaricia en su arcano refugio las sienes insondables de la noche…

Porque la auténtica poesía (la que hunde y eleva, la que revive y mata, la que sana y destruye, la que enracima sueños y verdades y espasmos), la poesía, en fin, que a fuer de robusta, luminosa, saludable más parece eufórico torrente que poesía, ésa, amigos míos, ya no se estila en estos tristes arrabales de un siglo que ha nacido enfermo de trivialidad, lastrado de vacíos y oscuros estupores, huérfano de ideales, ayuno de horizontes, intoxicado de estolidez, ansioso de novedad, refractario a las manifestaciones del esencial misterio, cuyos símbolos no ha sido ni será nunca capaz de descifrar.

¿Cómo puede el poema acrisolado,  el que nutre y levanta, tocar el alma del hombre del común que de tanto volcarse hacia la externa excitación ha tolerado que en la más desolada recámara de su ser agonice, sin dolientes testigos, preterida, la espiritualidad?  ¿Cómo sabrá escuchar la voz que el corazón del poeta musita quien no se ha detenido jamás a sorprender los latidos del que lleva en el pecho?

Si de engañosas apariencias  no me pago, en los días que corren –días funestos para quien cura del elixir del canto-, sólo arrecia la “poesía” aplicadamente desaliñada, siempre infalible en el tópico fácil, que cuando no fatiga las fórmulas de la expresión hermética, se arrima a la hinchada hipérbole o a la brumosa vaguedad, poesía que con escandalosa desenvoltura suele incurrir en la práctica nada inocente de encubrir su esencial languidez y penuria imaginativa bajo el manto de una retórica que corteja, con esmero digno de mejor causa, lo estrafalario, inhóspito y desusado.

Así las cosas, cuando  en medio del croar de tantos trovadorescos sapos a quienes una infatigable vanidad literaria mueve a borrajear cuartillas, llenándolas de estrofas mínimas e imperdonables, cuando en medio de la alharaca de los poetastros de ínfima estofa topamos con un decir de entrañable sinceridad y turbadora transparencia, es como si de repente un soplo de brisa fresca –obsequio de perfumada serranía o de la azul inmensidad del mar- con dedos castos de doncella nos desrizase el alma.

Porque la gran poesía  –la de ayer y de siempre- no ha sido nunca fruto de artificios retóricos, sino hija de un ancestral enigma que, cuando menos lo esperamos, satura la palabra y le confiere vida de perdurable plenitud. La gran poesía no habla desde las pasarelas efímeras y perfectamente prescindibles de la moda verbal sino que arraiga en recónditos dominios donde la conciencia que separa y aísla, de puro adentrarse en la abismal perplejidad del instante, emerge a la superficie convertida en canto, en estremecimiento milagroso que recupera la totalidad, esa universal y eterna dimensión cósmica de lo humano.

Y de esta catadura –primor supremo- es la poesía de Juan Antonio Bello Carlos. No importa cuál sea el tema al que el numen del aedo nos convoque –la patria, la amistad, el amor, el sexo, la solidaridad con el desvalido, etcétera- y no importa cuál sea el tono al que su estro responda –satírico, elegíaco, íntimo, patético, erótico-, su verso sonoro, rotundo, claro, pocas veces deja de hacer diana.

Ahora bien, entre  la enorme variedad de asuntos, enfoques y talantes afectivos de los que dan irrecusable testimonio los poemas compilados en estas felices páginas, una nota –sospecho- se destaca sobre las demás: el humor, esa vena chistosa y jovial que en algunas de sus más logradas composiciones derriba las defensas del lector más suspicaz y parsimonioso. Se trata de un gracejo alegre, vital, que jamás condesciende a la vulgaridad ni a la chocarrería y que procura que los motivos más escabrosos –donde plumas menos inspiradas se despeñarían irremediablemente hacia lo licencioso y procaz- nos arranquen, en virtud del ingenio coruscante con que fueran planteados, una franca sonrisa de aprobación.

Concluyamos. Juan Antonio Bello Carlos es –en ello va nuestro crédito- poeta. Pertenece él al número selecto de aedos de voz propia y acento inconfundible que no han renunciado a la empresa –urgente y desesperada si las hay- de hostigar la belleza, acudiendo con premura y tenacidad donde quiera se adivine el rastro que al pasar dejara su fugitiva planta. En estos versos de Toñito –como sus amigos cariñosamente le llamamos- anida el deslumbramiento. Poesía cuya acendrada dignidad –cual ocurre con toda expresión de genuina hermosura- se muestra reacia a la interpretación del exegeta.

Al fin y a la postre, harto bien sabemos que la calidad poética no tiene explicación. La adviertes y te asombras cuando topas con ella, pero no puedes dar razón de su existencia… Admiremos pues estos versos, degustémoslos, sintamos su sabor a misterio, cedamos a la perplejidad y dejemos a un lado la aventurada e inútil tarea de elucidarlos.