La policía, ¿Ley y orden?

Por supuesto hay excepciones… y no pocas… pero sí insuficientes. Cuando se tropieza uno con un policía que razona, que sabe pensar, se asombra.

Esta semana una jovencita que fue asaltada y golpeada por un delincuente al punto de requerir puntos en la frente cuando cerca de las 8:30 caminaba casi en la esquina de la Churchill con 27 de Febrero, acudió al destacamento más cercano y no le aceptaron querella, porque el hecho había tenido lugar a un par de metros fuera del área asignada.

Ella incluso podía describir al asaltante y cómo vestía por si lo veían mientras patrullaban, pero eso no importó. Debió dejar la denuncia para el día siguiente, porque además de que se acababa de ir la persona que toma las querellas, tenía que encaminarse a otro destacamento (resulta que ocurrió al cruzar la 27 y a partir de ahí pertenece a Gascue, pero no supo darle la dirección, así que “cayó” en el Plan Piloto donde, a pesar de que tampoco era el “lugar correcto”, le hicieron el favor de ayudarla).

O sea, que esos destacamentos, usualmente deprimentes y apáticos, no solo no sirven para imponer esa “Ley y Orden” que es su lema y que se debe manifestar en “Servir y Proteger” sino que muchas veces no muestran el menor interés.

La responsabilidad protectiva a un sector limitado tiene por objeto garantizar la eficiencia del servicio, pero nunca la de negar ayuda a quien la requiere.

En años en que incursioné en el Servicio Exterior, al día siguiente de instalarme en Londres como Agregado Cultural, se presentó un oficial de policía anunciándonos que él era el responsable de la seguridad de la manzana, que él vivía allí con su familia y que estaba a nuestra disposición, a cualquier hora.

No pretendo yo que nuestros policías vivan en el sector al cual les ha sido asignado proteger.

Pero quiero hacer énfasis que todos los policías, en todas partes, actúan protectivamente en cualquier área.

Desde hace cierto tiempo el sector donde vivo, ensanche Piantini, está siendo azotado por una delincuencia callejera cada vez mayor.
La gran cantidad de edificaciones en construcción o ya habitadas parecen sugerir que cuantos caminan o circulan en autos por la zona, son adinerados. Pero es algo que está sucediendo en todo el país.

Asaltan, les arrancan los bolsos a las mujeres, a los hombres les arrebatan los celulares y amenazan de muerte –pistola en mano– al tiempo que exigen billeteras y objetos de valor.

Hace un par de días un honorable ciudadano francés nacionalizado dominicano por largos años me dijo, alarmado: “Jacinto, me han cambiado al país. Aquel territorio amable, donde uno podía pasearse tranquilamente a cualquier hora, ha desaparecido. Yo, y un buen número de amigos, no nos atrevemos a salir de noche. ¡Asaltan a uno en la puerta de su casa!

Y es así.

Y uno se entristece y se asusta al pensar horrorizado, ¿será que no estamos preparados para la democracia?

Por suerte no es eso.

Es que ningún país está preparado para el desorden.

¿Y quién pone el orden, la disciplina?

Pues, la autoridad. La exigencia a las buenas normas conductuales.
La justicia que funciona, sin actuar conforme el color del cuello del implicado. Si es de “cuello blanco”, cuello misérrimo o cuello ornado en oro mal habido.