La política del amor

14_02_2020 HOY_VIERNES_140220_ Opinión8 A

Retomo en el Día de San Valentín un tema que me es muy caro y que creo propicio abordar en esta fecha: la política del amor. Para ello, nada mejor que comenzar por releer la Primera Carta de San Pablo a los Corintios: “Aunque hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si me falta el amor sería como bronce que resuena o campana que retiñe. Aunque tuviera el don de profecía y descubriera todos los misterios, -el saber más elevado-, aunque tuviera tanta fe como para trasladar montes, si me falta el amor nada soy. Aunque repartiera todo lo que poseo e incluso sacrificara mi cuerpo, pero para recibir alabanzas y sin tener el amor, de nada me sirve. El amor es paciente y muestra comprensión. El amor no tiene celos, no aparenta ni se infla. No actúa con bajeza ni busca su propio interés, no se deja llevar por la ira y olvida lo malo. No se alegra de lo injusto, sino que se goza en la verdad. Perdura a pesar de todo, lo cree todo, lo espera todo y lo soporta todo. El amor nunca pasará. Las profecías perderán su razón de ser, callarán las lenguas y ya no servirá el saber más elevado. Porque este saber queda muy imperfecto, y nuestras profecías también son algo muy limitado; y cuando llegue lo perfecto, lo que es limitado desaparecerá […] Ahora, pues, son válidas la fe, la esperanza y el amor; las tres, pero la mayor de estas tres es el amor”.
Se sientan aquí las bases de la dimensión política del amor y que Martin Luther King definiría en los siguientes términos: “Debemos descubrir el poder del amor, el poder, el poder redentor del amor. Y cuando descubramos eso, entonces seremos capaces de hacer de este viejo mundo un mundo nuevo. Seremos capaces de hacer mejor a los hombres. El camino es el único camino”. Aquí King establece la base de su filosofía de la no violencia, que es la tercera vía frente a la primera, de perpetuar la opresión mediante su pasiva aceptación, y la segunda, de combatirla mediante la violencia que perpetúa la violencia. Se afirma así el modelo cristiano de resistencia pacífica, que parte del convencimiento de King de que “el amor es el poder más duradero del mundo”.
Como ya he dicho antes en esta columna (“El poder del amor”, 25/5/2018), esto nada tiene que ver con la sarcástica “revolución del amor” de Chávez o la empalagosa “República Amorosa” de López Obrador, reminiscentes más bien del “Ministerio del Amor”, encargado de perseguir a los opositores en la novela 1984 de George Orwell, y cuya máxima expresión es la eufemísticamente denominada “Ley Constitucional contra el Odio, por la Convivencia Pacífica y la Tolerancia”, aprobada en 2017 por la inconstitucional Asamblea Nacional Constituyente de Venezuela.
De lo que se trata es de la tarea política de “rescatar el amor” (Zygmunt Bauman), de adoptar “políticas de amistad” (Jacques Derrida) que se manifiestan concretamente con poner fin a la devaluación del amor al prójimo, origen de la xenofobia, la aporofobia, el machismo, la homofobia y el racismo, que propician y justifican el trato indigno a migrantes, refugiados, pobres y miembros de colectivos sociales y étnicos minusvalorados. Para ello hay que desterrar del campo político, la lógica y el discurso del “amigo/enemigo” de Carl Schmitt, propia del populismo, aceptando así el disenso y la participación política de los adversarios. Ello implica recargar la concepción pública y política del amor propia de la tradición judeocristiana premoderna, en donde tanto el amor de Dios a los hombres como el de la humanidad a Dios y el amor entre los humanos es un acto de construcción de una comunidad. “En tanto que motor de asociación, el amor es la potencia del común en un doble sentido: tanto la potencia que el común ejerce como la potencia de constituir el común” (Negri/Hardt). Esto solo puede lograrse desde el firme convencimiento del poder transformador del amor y la asunción de que, como señala el Papa Francisco, “la política es una de las formas más elevadas del amor, de la caridad”, en la medida en que nos “lleva al bien común”. Contrario a Alain Badiou, quien entiende que no puede haber política del amor, sí es posible en política amarnos los unos a los otros y no es utópico transformar el odio en amor, el enemigo en adversario y el adversario en prójimo.