La presencia haitiana

VÍCTOR GULÍAS
Estuve de visita por la ciudad de Santiago y lo que se vive allí, en cuanto a la masiva presencia de haitianos, es más que alarmante. Se trata de un preocupante fenómeno que se está dando en todas las provincias del país, la virtual invasión de indocumentado de la vecina República que debe mover a las autoridades nacionales a adoptar medidas urgentes que pongan freno a la práctica. Se requiere de una firme, clara y definida política de Estado que tenga por norte la defensa de la soberanía y de la dignidad nacional, pues los cientos de miles de haitianos que viven en nuestro territorio constituyen una carga para la República Dominicana, que no podemos soportar, toda vez que ello amenaza la existencia misma de nuestra nación.

En cuanto a la vergonzante presencia de pedigüeñas haitianas en calles y avenidas de la Ciudad Corazón y de otras ciudades del país, se dice que existen bandas organizadas de desalmados que negocian con la miseria de ilegales, casi siempre mujeres con niños en el regazo, provenientes de Haití. Esa práctica, además de inhumana, afecta la imagen, el ornato y la salud pública de nuestras comunidades y debe ser resuelta.

Ahí están los informes del peso económico de la creciente hospitalización de parturientas en nuestros hospitales. Y es que no tenemos forma de resolverle los graves problemas de natalidad al vecino país, cuando no hemos podido resolver los de nuestro pueblo.

La mano de obra haitiana, en la industria de la construcción, para citar otro ejemplo, es motivo de perjuicio para nuestros obreros, pues los haitianos trabajan por salarios o pagos mucho menores que los nativos y ello provoca que desplacen los haitianos a los dominicanos, agravando el desempleo.

De la depredación de nuestros recursos naturales, ni hablar. Esas hordas de gentes sin conciencia sobre la importancia vital de preservar el bosque, cuidar los ríos y salvar la capa vegetal, lo destruye todo a su paso y amenaza con desertificar nuestro terruño, como ya lo han hecho con el suyo. Eso, debemos evitarlo con voluntad política, con firmeza y con decisión, pues de ello depende el destino de la Patria.

Reitero que aspiramos a un Haití próspero y pacífico, pero allá. Cooperación, buena vecindad, solidaridad, comercio mutuamente beneficioso y toda la amistad que podamos brindarnos, pero teniendo claro que cada uno de los dos países debe ocupar su espacio vital; ellos, en Haití; nosotros, aquí. No olvidemos que somos dos naciones distintas, con razas, creencias, culturas, idiomas y comportamientos diferentes.

La presencia haitiana tiene que frenarse. Es asunto de vida o muerte para nuestra nación. Las grandes potencias, responsables de los males haitianos, deben hacerse cargo de resolver los mismos, pues los dominicanos no tenemos posibilidad de absolver la carga inmensa de problemas que aquejan a ese hermano país, el más empobrecido del continente.