La Prudencia

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POR ANTONIO LLUBERES
En 1647, el sacerdote jesuita español Baltasar Gracián, escribió el libro “El Arte de la Prudencia” que aún hoy día es leído. En nuestro país, el libro circula en medios políticos y empresariales y académicos. Para un amigo que me preguntó si el tema de la prudencia era parte de la tradición jesuita aquí les presento algunas reflexiones.

En la tradición judeo-cristiana, católica y jesuita la prudencia es un compartimiento humano muy valorado. Hay que tener presente que desde sus orÍgenes, esta tradición religiosa ha nacido y se ha entendido en medio de las pasiones y de las luchas humanas, y ha tenido que juzgar el medio social y orientar la vida de las personas. En este contexto se deberíaN entender la normativa de los diez mandamientos, las enseñanzas de los libros sapienciales de la Biblia, y la consideración de la prudencia como una virtud moral. La prudencia es la virtud de la razón práctica que nos ayuda a discernir el bien y elegir el medio justo para conseguirlo. La prudencia es el saber de los medios. No se deben confundir el fin con los medios y mucho menos perjudicar el fin con un manejo imprudente de los medios.

Como conversamos sobre el libro de Gracián, debemos entonces partir de la tradición jesuita, desde su origen, desde la vida y enseñanzas de San Ignacio de Loyola (1491-1556). Un buen tema para celebrar el 31 de julio, el dÍa de San Ignacio. Sabemos que Ignacio fue de nación vasca, noble de provincia, paje y gentilhombre al servicio de señores castellanos, buscador de fama, galanteador de damas, hombre de armas, testigo de las negociaciones para la asunción de Carlos V al trono español, participante en las Guerras Comuneras. Lo conocemos en la primera línea de acciones militares como el ataque a Nájera y la defensa de Pamplona. Y también, atención, en labores de negociación política que condujeron a una exitosa pacificación de bandos en pugna en Guipúzcoa.

Ignacio fue herido en la batalla de Pamplona (1521) y a partir de allí vivió un proceso de conversión. La conversión dio a Ignacio otro señor, “Christo nuestro señor, rey eterno”. A ese Señor le sirvió desde el caudal de su persona, con radicalidad y con discreción. La radicalidad se refleja en el uso frecuente de palabras como “ordenar la vida”, “mayor servicio” y “en todo amar”.

Y con discreción, punto de partida de la prudencia. Convaleciente en su casa de Loyola, en los inicios de su conversión, el primer encuentro lo tuvo consigo mismo al experimentar que por su interior pasaban diferentes sensaciones, no todas iguales, unas que le provocaban alegría y otras tristezas. Y aún más, otras que le engañaban, que produciéndole inicialmente mucha satisfacción al final lo dejaban seco. Al proceso de estas sensaciones le llamó “discreción de espÍritus”. Este quizás sea el mayor aporte de Ignacio al campo de la psicología y de la espiritualidad. El discernir ayuda a distinguir, valorar y ordenar.

El orden es pieza clave en la vida y en el accionar de Ignacio. El entendía los “Ejercicios Espirituales” como un recurso “para vencer a sí mismo y ordenar su vida, sin determinar por afección alguna que desordenada sea”. El hombre está ordenado al “fin para que es criado”. Para Ignacio, el fin era un bien de amor, total y universal, toda la persona y toda la sociedad. “El bien mientras más universal es más divino” escribía en la VII parte de las Constituciones de la Compañía de Jesús para establecer criterios de selección de apostolados. Es por eso que no reparó en los proyectos más retantes en la geografía. El condujo sus hombres a trabajar a La India y Japón, Etiopía, Brasil, Alemania_Y era también la totalidad de la persona. Toda la persona al servicio de su Señor, “en todo amar y servir a su Divina Majestad.”

En la misma práctica religiosa, en la oración, Ignacio orienta la acción hacia un fin conocido, querido y buscado, “demanda a Dios lo que quiere y desea”. AsÍ, se demandan sentimientos, conocimientos, gracias. Todo está ordenado para algo, para no ser sordo, para amar y seguir, para guardarme, para imitar, para elegir, para alegrar y gozar, para amar y servir.

La Compañía de Jesús fue el instrumento para amar a Dios y servir a la Iglesia y a las almas. Ignacio sirvió a judíos conversos y a prostitutas; dio catecismo a niños y ejercicios a estudiantes, nobles y cardenales; elaboró planes para la renovación de la Iglesia, la reconquista de Alemania y la derrota de la armada turca; fundó colegios en todo su espacio de trabajo; y tuvo tiempo para ayudar, animar y ordenar la vida de jesuitas y amigos. En cada caso Ignacio se demandaba un fin y un medio claro.

Veamos tres ejemplos prácticos y concretos, nacidos del quehacer apostólico, indicadores que nos pueden ayudar a comprender la prudencia de Ignacio. El primero, perteneciente al mundo interno de la Compañía, pero muy diciente, está tomado de las directrices para dimitir a los jóvenes que hayan demostrado que no tienen vocación para ser jesuitas. Deja bien claro que para la satisfacción del que es enviado a su casa se debe tratar que se retire “sin vergüenza o afrenta”, llevándose consigo todo lo que le pertenece y conservando “amor y caridad” hacia la Compañía y consolación en el Señor. El segundo, referente al mundo eclesial de la época, en lo que trata de la polémica con los protestantes, está tomado de las instrucciones dadas a los padres enviados a Alemania en 1549. Ignacio, aunque era un explícito partidario de la filosofía escolástica, les requiere a los padres que “en las lecciones públicas_ compórtense bien, y propongan doctrina sólida sin muchos términos escolásticos, que suelen hacerla odiosa, sobre todo si son muy difíciles de entender.” Y sobre la defensa de la Sede Apostólica, de quien él se consideraba servidor, les precisa que “de tal modo defiendan la Sede Apostólica y su autoridad que atraigan a todos a su verdadera obediencia; y por defensas imprudentes no sean tenidos por papistas, y por eso menos creídos.” Y el tercer ejemplo es el de las relaciones con los príncipes temporales y personas grandes del mundo. Recomienda Ignacio a los jesuitas que “no haya ni se sienta en la Compañía parcialidad a una parte ni a otra entre los Príncipes o Señores Cristianos, antes un amor que abrace a todas partes (aunque entre sí contrarias) en el Señor nuestro.” Agrega que se mantenga la benevolencia con ellos pues su favor o disfavor es importante para que se cierre o abra la puerta del “divino servicio y bien de las ánimas.” Cuando se sintiese mala voluntad en alguno se debe orar por ellos y buscar los medios para recuperar la amistad o al menos para que no sean contrarios. “Y esto no porque se teman las contradicciones y malos tratamientos, sino porque sea Dios nuestro Señor más servido y glorificado en todas cosas con la benevolencia de todos los tales.”

Quisiera concluir con la que creo es la más radical de las reflexiones de Ignacio sobre la prudencia. En su esfuerzo por buscar la mayor entrega y servicio a su Señor, Ignacio se propone y propone a sus seguidores considerar un tercer grado de humildad: Querer y elegir más pobreza que riqueza, oprobios que honores “y desear más de ser estimado por vano y loco por Christo, que primero fue tenido por tal, que por sabio ni prudente en este mundo.” La prudencia es la última oblación que Ignacio le hace a su Señor.

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El autor es sacerdote jesuita,

director de la revista Estudios Sociales.