La queja del profeta Isaías

Al establecer a la nación de Israel en la llamada tierra de leche y miel, la intención de Dios fue tener a un pueblo que le sirviera como ejemplo al mundo de la justicia, la verdad, la rectitud y el cuidado al prójimo.

Con este objetivo el Señor les proporcionó todas las condiciones para que así fuera.

Sin embargo, Dios tuvo que valerse del profeta Isaías para manifestar su gran disgusto al ver que se hacía todo lo contrario.

La acusación vino mayormente contra los líderes.

El Todopoderoso manifestó que los príncipes se habían convertido en individuos dados a la maldad, que a lo bueno llamaban malo y a lo malo llamaban bueno.

Sus pensamientos estaban totalmente corrompidos.

Eran “compañeros de ladrones” (1.23). Es decir, ejercían sus funciones de manera amañada, pues estaban sólo detrás del soborno y practicaban de forma descarada la extorsión.

Los pobres eran tenidos en poco por los jueces, quienes torcían el derecho a favor de la gente de dinero y de los que podían pagar por su libertad sin importar el delito cometido.

Dios se sintió altamente enojado al ver cómo a las viudas, a los huérfanos y a los que nada tenían se le dejaba a su propia suerte.

Pero estos líderes, príncipes y señores ya no podían con la gordura de sus cuerpos producto de la depredación que ejecutaban contra el pueblo imponiéndole impuestos y cargas sumamente pesadas.

“Vosotros habéis devorado la viña, y el despojo del pobre está en vuestras casas”, dijo Dios.

Esto indica que la comida, el lujo, los placeres y las riquezas que poseían eran fruto de la explotación.

El Señor afirmó que ellos en sus ambiciones y egoísmo majaban al pueblo y que molían al pobre.