La re-hechura de la identidad
nacional como única salida

RAFAEL ACEVEDO
Somos seres individuales, y como tales necesitamos defendernos de las amenazas de otros individuos. Para ello, lo primero es tener conciencia de quién soy, y de mis circunstancias que, como decía Ortega,  son también parte de mi. Por eso mismo, cuando una serie de individuos tenemos circunstancias comunes, formamos un grupo primario o secundario que constituimos un nosotros. Y ese nosotros tiene también su personalidad o identidad propia, diferente a las de otros pueblos y comunidades.

Hay individuos, grupos y comunidades, nacionales o locales, que tienen problemas de identidad. Los hay con identidad confusa, que tienen dificultad para saber si son indios, blancos, negros o mulatos; o europeos, americanos o criollos. Los hay con identidad “echada a perder” (Spoiled identity), que  tienen sentimientos de inferioridad, que no quieren aceptar la suya propia, su real identidad o la forma como otros los identifican.

En uno y otro caso, el individuo tiene problemas de adaptación y casi invariablemente, incapacidad para definir y realizar propósitos que son indispensables para su supervivencia.

Este parece ser uno de los grandes problemas de nuestra nación. Demasiado trauma en nuestro pasado y mucha oscuridad en nuestro futuro; exceso de influencias foráneas en nuestros orígenes y en nuestro devenir; grande ausencia de liderazgo, y carencia de proyecto de nación. Sobrevivimos como comunidad por el apego al paisaje, gentes y costumbres, pero hacia el porvenir, sólo nos mantiene unidos el constreñimiento de ser una porción de tierra rodeada de agua y de hambre por todas partes.

Hay una lucecilla en algún lugar de nuestra alma nacional, tenue, difusa, no tan brillante y expresamente pulida como nuestra industria carnavalesca; es nuestra herencia cristiana. Demasiado contaminada de vudú, santería y poca vergüenza; cancerada por el parasitismo y el clientelismo, lacerada por el hambre y el analfabetismo: “Mi pueblo perece por falta de conocimiento” (Oseas). “Ah, si se arrepintiese de sus malos caminos, y me invocare, yo sanaré sus tierra y lo bendeciré” (Crónicas).

Si mi pueblo se apoderare de su herencia cristiana, si se diera cuenta de que su identidad es ser pueblo de Dios, apartado de las perversidades del consumismo, protegido por El Señor del darwinismo inmisericorde, del águila imperial, de los dragones de oriente y de otras especies hostiles. Si mi pueblo escuchase la voz de Cristo, su Pastor, ninguna de las ovejas de este rebaño se perdería.