La realidad del país

JOSÉ RAMÓN MARTÍNEZ BURGOS
Amigos lectores, ¿por casualidad se le ha ocurrido a usted preguntar a algún político, o algún personaje de la sociedad civil o a algún jerarca de las fuerzas armadas, como sería nuestro país, si se hubieran cumplido todas las promesas electorales después de la decapitación de la tiranía ó siquiera de los últimos veinticinco años? Si siquiera el 50% de las promesas se hubieran cumplido, tal vez, tendríamos el más bajo desempleo del Continente Americano, las mejores vías de comunicación ó se hubieran construido, los Metros de Santo Domingo y Santiago, las pensiones públicas y privadas serían las más elevadas, y también los menores impuestos.

Nuestros hijos y nietos hubiesen estudiado en escuelas públicas inmejorables, perfectamente equipadas y con los maestros con niveles salariales más espléndidos y cuando nuestra salud estuviera afectada seríamos atendidos en magníficos hospitales con consultorios desmasificados con galenos bien remunerados y a la vanguardia de la tecnología más sofisticada.

Ha habido candidatos, que han hecho propuestas muy singulares para un Estado Moderno, propias de la Isla Griega de Icaria en el mar Egeo, donde aquel hijo de Dédalo, famoso arquitecto, personaje mitológico, confuso y dudoso, construyó un laberinto, también ha habido políticos que han llegado a ofrecer una cama hospitalaria por habitación y por ciudadano, otros han ofrecido rebajas fiscales, y así sigue la feria.

Si nuestros electores, pensaran razonablemente, tal vez considerasen las ofertas electorales como un contrato político, el partido de las masas silentes, que constituye la abstención, ganaría abrumadoramente las próximas elecciones, pero nuestros electores, son estomacales, descuentan las promesas al recibir las dádivas o votan con el bolsillo ó con el corazón, no emplean la razón y nuestros dirigentes no tienen que enfrentarse con sus originales compromisos.

Parece que todos nuestros candidatos son discípulos del Célebre Tierno Galván de España, cínico por naturaleza, quien decía que las promesas son para no cumplirse o tal vez de Milterrand, que sostenía que las promesas obligan solamente a quienes la creen. Pero ya en nuestro país nadie cree en las promesas, salvo para mantener el carnaval de las campañas.

Sin embargo, cada cuatro años se eligen “iluminados” con un sólido apoyo, que va más allá de sus permanentes y evidentes desencuentros con la opinión pública. Sin embargo no conviene seguir con ese entusiasmo electoral, porque un día nos imponen un entusiasta mentiroso haitiano ó descendiente de él en el solio presidencial por voluntad ó conveniencia de ingenuos ciudadanos muertos de hambre, capaces de olvidar nuestro horrendo pasado, ojalá que surja alguien que recuerde a nuestros compatriotas, el verso desengañado de Macbeth: no son más que cuentos contados por idiotas, llenos de ruido y furia que nada significan. Que debemos pintar el país tal como es, realmente real, sin miedos, sin fantasmas.

Nuestra clase dirigente pierde, con la velocidad del rayo, la poca credibilidad que le quedaba, porque nuestro pueblo ha despertado y tiene un escepticismo colectivo que lo gana cada día más en la comodidad de no tener que enfrentarse a los falsos compromisos de sus dirigentes, que poco a poco desaparecen del escenario nacional. Hace falta quien dirija al pueblo dominicano, para que reconstruya su identidad y se encamine por el sendero de la paz, la seriedad, la honestidad y el respeto mutuo`.