La reconstrucción de Haití

De la tragedia haitiana se estará hablando y escribiendo durante mucho tiempo. La magnitud del desastre, los gigantescos daños físicos y psicológicos sufridos por la población y las limitaciones de recursos para la reconstrucción del vecino país, lo justifican.

Retrotraer a la capital de la hermana nación a lo que era antes del terremoto, costará ingentes esfuerzos y voluntades. Imagínese la titánica labor que supondrá dar al pueblo una imagen de tranquilidad, de paz interna, vida nueva.

Si bien la ayuda de pueblo y gobierno dominicanos se ha volcado ampliamente generosa, no debemos perder de vista el compromiso humanitario que deben acometer las grandes potencias, hasta ahora muy tímidas.

Al Presidente Leonel Fernández se le ha presentado la gran oportunidad de demostrar su liderazgo regional, lo que debe aprovechar el país para lograr la firme e invariable demostración de Estados Unidos, Francia, España y Canadá, para ir en real y sincero auxilio del devastado país caribeño.

Nadie en su sano juicio puede soslayar que las condiciones de pobreza extrema se ahondarán en Haití, y que ello generará un éxodo masivo hacia la tierra más próxima: La República Dominicana.

Deber ineludible de las autoridades es, ahora y nunca después, establecer controles sanitarios y migratorios de este lado de la frontera, para evitar aquí dificultades mayores.

Toda nación está en el libre derecho de aplicar las políticas que sean indispensables, para mantener orden y sosiego, y frenar cualquier presión externa para que quebrante sus elementales normas de convivencia.

“Lo cortés no quita lo valiente”, se ha predicado desde siempre.

El momento de calamidad que vive Haití no debe, tampoco, ser aprovechado por personas o grupos, para sacar ventajas o excesivos protagonismos.

La compasión debe rodearse de la mayor sinceridad.