La regulación del tránsito: una prioridad no asumida

La regulación del tránsito: una prioridad no asumida

Gobernar empieza por establecer prioridades. Para lo cual hay que construir una escala, siguiendo cierta metodología, con una lista de criterios para asignar valores de importancia y urgencia a los problemas: Su valor estratégico y lugar en una cadena causal de soluciones derivadas; la visibilidad del problema; cantidad de personas afectadas/beneficiadas; el costo/beneficio social y económico de oportunidad; la rentabilidad de la acción pública en términos de tiempo y recursos invertidos versus los efectos y beneficios de corto y largo plazos, vis a vis otros problemas definidos como importantes. Pueden utilizarse provechosamente el Análisis FODA, encuestas y observación participante, juicio de expertos y de líderes de opinión.

Resulta triste y descorazonador vivir en una “ciudad para carros” (que no para peatones), sin que las autoridades tengan un plan y ni siquiera una declaración de intención en cuanto a soluciones viales en calles y carreteras principales. Peor, pareciera no haber elemental coordinación entre organismos, obstructivamente excedentarios, para mantener regulados siquiera los semáforos. Tampoco se percibe una acción inteligente, coherente y consistente, en procura de soluciones.

La uniformada Autoridad Metropolitana de Transporte carece de una gerencia profesionalizada al respecto. A menudo los responsables de la AMET son nombrados por favor político, debido a que AMET es una oportunidad de jubilación con mayores beneficios laborales, independientemente de si el oficial tiene o no méritos y preparación sobre la materia de regulación del tránsito.

Se trata de enormes perjuicios y desperdicios, porque si algo puede ser organizado en este país es un sistema de circulación vial, debido a que los conductores están factual y estructuralmente obligados a circular por las vías construidas. Por atrevidos, apoyados, temerarios o ignorantes que sean, no pueden salirse de las calles y encaramarse o gaviarse por encima de las casas y los edificios. Porque la circulación tiene lugar en canales o calles, en las que no es en absoluto difícil imponer el orden, ya que un conductor temerario siempre puede ser atajado en algún punto y ser sometido al orden y la obediencia. Pero la AMET ha sido básicamente ineficaz la mayor parte de su historia, al punto de que muy a menudo, los agentes parecen no saber a qué han salido a la calle. A veces acechan en nocturnidad en lugares sin beligerancia ni relevancia. No tienen por misión ayudar a que la circulación vehicular se produzca con fluidez y seguridad, para reducir al mínimo los gastos nacionales de tiempo, combustible, seguridad, salud y otros renglones. Abundan los agentes resentidos y desmotivados.

A algunos les tocan trabajos arduos a pleno sol, y a otros en una sombrita _como la de la Lincoln con Mejía Ricart, en nada ayudan los taponamientos, sino que parecen estar dedicados a cazar violadores inocuos o ingenuos, cuyas transgresiones no alteran mayormente la seguridad y fluidez del sistema, en detrimento de situaciones graves que se producen en muchos lugares sin que las autoridades parecieran enterarse. Se necesita una ley eficaz que renueve el sistema institucional vial con soluciones y sanciones novedosas, creativas e inteligentes.

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