La regulación necesita pasar un balance sobre la innovación

¿La innovación es algo bueno? Normalmente es una de esas cosas, como la virtud, la espinaca o la maternidad, que se consideran buenas casi por definición. Pero hay una excepción para el mundo de los servicios financieros en relación a la innovación.

Los años anteriores a la crisis observaron una fermentación de la innovación financiera. Esto ayudó a activar tanto un alza como una baja. Ahora, la industria financiera se queja de que el exceso de regulación podría frenar la innovación en el futuro. Pero muchos reguladores piensan que eso no sería algo malo.

El ex gobernador de la Reserva Federal, Paul Volcker, indiscutiblemente el mayor necio financiero del mundo, una vez comentó que la innovación más importante que él había visto en las finanzas era la humilde máquina de cajero automático. Diciéndoles a los banqueros que “despertaran” a las consecuencias negativas de las innovaciones tales como las permutas de riesgo crediticio (CDS, por sus siglas en inglés) y las obligaciones de deudas con garantía, Volcker dijo: “Desearía que alguien me diera aunque fuera una mínima evidencia que vincule la innovación financiera con algún beneficio para la economía”.

La búsqueda de evidencia está encendida. La investigación por parte de Thorsten Beck de la Universidad Tilburg de los Países Bajos, la cual él develó en la conferencia de primavera Long Finances en Londres la semana pasada, mide la innovación buscando el porcentaje de gasto que representaban la investigación y el desarrollo de los presupuestos de las instituciones financieras, usando data proveniente de 32 países en los años desde el 1996 hasta el 2006, la década anterior a la crisis.

Generalmente la intensidad de R&D será menor mientras las industrias crezcan más maduras o se conviertan en un “ex crecimiento”. Y sobre esta escala, los servicios financieros parecen un negocio maduro, con R&D siendo menos importante en sumar valor en los servicios o la manufactura. No obstante, la intensidad de R&D se duplicó en el periodo, mostrando que los grupos financieros estaban gastando más en un intento por innovar. Esta innovación era lo que estaba guiando los resultados.

Un gasto más alto en R&D estuvo directamente relacionado con elementos más altos fuera del balance general (R.U. y EEUU fueron los más altos en ambas categorías), y también con la oferta de facilidades internacionales del crédito sindicado. Los que gastaron más en tratar de innovar fueron los más activos en perseguir la globalización, pero también en tratar de poner el sistema financiero del mundo donde sus reguladores no podrían verlo.

Esto no es sorprendente. Los bancos crecieron asombrosamente más rentables durante su fase de intensa innovación, extendiendo el crédito a muchos más individuos gracias a los cambios en la gestión del riesgo. Pero los sistemas de gestión de riesgo eventualmente fallaron, y esto transpiró que habría sido mejor no haber prestado a esos individuos en primer lugar. Así que fueron los bancos que habían gastado más en la innovación los que sufrieron las mayores bajas en los ingresos posteriormente a la crisis.

Como lo expresó Beck, la investigación revela que la innovación puede avivar el crecimiento económico, así como que esta dirige a una mayor fragilidad en el sistema financiero. De ese modo el dilema sobre cómo manejarla es más intenso.

Tal vez este dilema puede mejor ser reconciliado juzgando la innovación financiera a través de los lentes de la naturaleza humana. El crecimiento de derivados complejos, en particular, fomentan el exceso de confianza. Si la gente realmente cree que se podría poner un número sobre el riesgo y controlarlo, es más posible que se llegue muy lejos.

Existen comparaciones con la seguridad vial. No es una mala idea diseñar un carro nuevo que sea rápido. Pero poner un hombre joven detrás del volante, es hacer que pronto este intente conducir mucho más rápido y tomar riesgos excesivos. Los autos poderosos hacen que sus conductores se sientan todopoderosos.

Ese es el porqué hay leyes que dan a los conductores un incentivo para no guiar demasiado rápido y el porqué ellas son aplicadas de manera infalible. Las mismas necesidades se hacen ciertas para las innovaciones financieras. Los que usan una nueva herramienta financiera deben saber que existen límites, y también hay un precio a pagar para cruzarlos.

La regulación también necesita notar que mucha innovación tiene el efecto de dividir los principios de los agentes. Por ejemplo, los bonos que son respaldados por hipotecas (que ya no son tan innovadores en estos días) dividen el riesgo de la quiebra lejos del oficial de crédito que hace el préstamo, o de los comerciantes en el mercado, y lo dan a inversionistas externos. Esto crea un incentivo para hacer préstamos inseguros que no había existido antes. La regulación necesita reconocer esto.

Además, esta necesita salir del camino de la innovación genuina. Beck señala el ejemplo de m-Pesa, una red de pagos de Kenia operada por celulares, la cual es la emocionante y creciente atención en todo el mundo. Más de la mitad de los kenianos han usado el servicio, y el país tiene más agentes m-Pesa que sucursales bancarias. La tecnología tiene el potencial de dividir el sistema de pagos de los bancos en conjunto, abriendo nuevas vistas de cómo los servicios financieros podrían ser ejecutados y regulados.

Esto parece ser un ejemplo de innovación positiva, y los reguladores le permitieron echar raíces antes de comenzar a imponer normas. Eso parece correcto. La innovación financiera, según la evidencia muestra, estimula tanto el crecimiento económico como la fragilidad financiera. Esta no puede ser frustrada, pero debe ser regulada.