La relación entre el cine y la literatura

El cine, como arte de la imagen y de la palabra exige la excelencia del guión. Un buen guión es una buena idea, y una buena idea exige originalidad, exclusividad, ocurrencia, inteligencia y creatividad. No hablamos de realidad, porque las buenas ideas cinematográficas pueden ser –y lo han sido- totalmente surrealistas, tal como lo demostró Luis Buñuel en su famoso film “El perro andaluz”.

Recordamos la película titulada “Max mon amour amour” de Ferreri, protagonizada por la genial Charlotte Rampling, en la que una mujer cerca de sus 40 años se aburre en su confortable mundo burgués con un marido irreprochable y perfecto, pero, totalmente ajeno a la belleza de su esposa, la cual desarrolla su afecto con un magnífico gorila juguetón, cariñoso y tierno.  Obviamente, el animal es feísimo.

Guardamos el recuerdo de un guión excelente, con unos diálogos inolvidables, de humor, inteligencia y complicidad con el público que marcaron a la generación de los 70-80, que nos aportó el mensaje de que ni el deseo tiene que ver con la belleza, ni el amor tampoco. Ferreri, clama por la comunicación, la ternura y la dedicación, que se puede dar hasta con un ser de temible estética, lo que no es óbice para que tenga su encanto…No importa que sea con una mascota horrible. Encontramos en esta película los matices de la comunicación y del entendimiento entre las parejas, llevados al cine con maestría.

En otros casos los cineastas se suelen inspirar de obras literarias, y ejercen en ellas el arte de la adaptación al guión, lo que generalmente es un ejercicio arriesgado que muy pocas veces satisface al público y a la crítica. Verbigracia, “Les Misérables” de Claude Berry, tiene excesos de pantalla, se borra totalmente el sentimiento cristiano y metafísico de Víctor Hugo, por la pobreza, la injusticia y la infancia abandonada. El cineasta le dio a la película un giro sindical y político, que anula el sentimiento de compasión y de amor, y logra convertirlo exclusivamente en rebeldía callejera. Sin embargo, anula escenas de intimidad y pudor frente a la miseria existente en esta obra. Definitivamente, en esta obra, Claude Berry transforma la idea de Víctor Hugo para llevarla a su propia visión, muy marcada por una conciencia sindical contemporánea. Es justamente la época en que grandes cineastas se inspiran de grandes obras para adaptarlas a sus guiones. Es indiscutible que se enfrentan dos creadores, casi siempre el fracaso viene cuando un gran talento como Berry se enfrenta a un genio como Víctor Hugo, lo que nos hace pensar que estamos frente al abismo que existe entre talento y genio.

Es por todo esto que respetamos la decisión de Orson Welles, quien a propósito y obsesionado por “El Quijote” expresó durante toda su carrera miedos y obsesiones para llevar al cine la obra. Dejó varias cintas que nunca pudo editar, ni presentar, reconociendo la dificultad y la proeza de adaptación que esto implicaba, lo que no le permitió quedar satisfecho, pero tuvo el pudor de abstenerse.

Adaptar una obra literaria al cine es mucho más que escribir un buen guión; es entrar en todas las dificultades psicológicas de los ambientes, de los silencios, de los susodichos y de los malosentendidos.

Marguerita Duras, escritora francesa, premio Goncourt, autora del guión “Hiroshima mon amour” (Hiroshima con amor), terminó sus últimos años con un enfado y un disgusto mayor en la adaptación al cine de una de sus novelas cumbres, “L’ Amant” (El Amante), la que produjo que recibiera el famoso premio Goncourt de la Literatura. Nunca aceptó para nada la película, y trató al cineasta Annaud con duras palabras, hasta el punto de declarar que éste convirtió toda la mística erótica y romántica de la paraje de amantes en “pornografía” para gente aburrida.

Obviamente, adaptar una obra literaria al cine es un riesgo añadido cuando él o la autora viven, y, además, tienen criterios cinematográficos.

La película “La fiesta del Chivo”, de Mario Vargas Llosa, en República Dominicana causó muchas pasiones, las que ya se habían iniciado con la misma obra. En este caso, la ventaja de esta adaptación fue la de llevar al mundo una historia contemporánea –a veces muy olvidada en su país de origen-, específicamente, sobre crímenes, horrores y abuso de poder de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, quien se impuso por más de 30 años, por la fuerza, llegando a ser uno de los dictadores más temibles y terribles del Caribe. Con la película   se logró, además, dar  a   conocer la obra a aquellos que no leen los libros. Es un aspecto muy limitado, pero tiene su importancia.

Las adaptaciones de obras como “El doctor Djivago”, “Lo que el viento se llevó”,  “Las uvas de la cólera”, “L’ Espuir”, han transmitido conocimiento sobre contextos históricos y sociales que el gran público que no lee no hubiese alcanzado el conocimiento en ese sentido. Este tipo de adaptaciones tienen el valor de transmitir información, conocimiento e interés por temas ignorados. A veces, también, podemos soñar y pensar que una película adaptada de una obra literaria puede abrir el interés hacia la lectura. Un especialista de medios y procesos al estímulo de la lectura, en una investigación para la UNESCO, confirmaba que una buena historia adaptada al cine favorece la apertura de un 3% a un 5% de lectores hacia la obra escrita. Este es un porcentaje que no se puede despreciar y en este aspecto, el cine es un instrumento de motivación.

En República Dominicana, no faltan historias, Historia y Literatura para lanzar una escritura cinematográfica que ponga en alta el cine dominicano. Se trata de buscar esos talentos y capacitar una generación de guionistas para adaptar al cine obras como “La Mañosa” de Juan Bosch, “Solo cenizas hallarás” –bolero- de Pedro Vergés; pero también, acontecimientos históricos como la Gesta Constitucionalista de Abril del 65, el secuestro de Crowley, la trágica historia del presidente Antonio Guzmán, para acceder al mundo a través de un cine inteligente y mordaz, singular, y profundo. Y, limitar la imagen del cine dominicano a comedias muy cuestionables, tanto en el mensaje moral como en el mensaje artístico-cinematográfico.

Tenemos ya nuevas generaciones produciendo cine inteligente y actual, como lo han demostrado Laura Guzmán Conde, con su película Jean Gentil, y Leticia Tonos, con su producción “La hija natural”, concluimos con estas dos jóvenes y recientes producciones, para completar una trilogía junto al director Agliberto Meléndez, que ha conducido su carrera en una búsqueda fiel y sostenida por un cine dominicano digno y de calidad profesional. Y, justamente, esa calidad no se puede celebrar sin la excelencia de un  guión que conduzca toda la idea y la acción de una dirección dramática.