La responsabilidad está arriba

Juan Bosch Gaviño asumió la Presidencia de República Dominicana el 27 de febrero de 1963. Recibió la estructura gubernamental con unas Fuerzas Armadas y una Policía Nacional formadas para sostener una feroz tiranía y subordinada absolutamente a la autoridad superior.

En las mentes de esos soldados y policías “El Jefe” no era sólo Rafael Trujillo Molina, sino aquel que, para sus fines, representara “la ley y el orden”.

Las medallas que colgaban de sus pechos tenían origen en la matanza de haitianos en 1937, en los asesinatos de luchadores anti trujillistas, en las torturas inacabables a personas íntegras, en el maltrato físico como norma social, en el abuso sexual y en el robo de propiedades públicas y privadas con la previa aprobación del tirano. Muerto “El Jefe”, la apertura no se dio hacia la democracia de que tanto se hablaba, sino hacia “la guerra fría”. Los uniformados dominicanos no tendrían entonces que adaptarse al cambio. Al igual que el trujillismo, el anticomunismo necesitaría de los mismos métodos para mantener vigentes los principios de dominación del imperio.

Sin embargo, durante el interrumpido período de gobierno del Presidente del Partido Revolucionario Dominicano, a ninguno de esos militares y policías se les ocurrió violentar una sola de las normas de respeto a los derechos humanos. Todos sabían que el presidente Bosch Gaviño no lo aceptaría y que aquel que incurriera en una acción de esa naturaleza sería sancionado drásticamente. No obstante esa disciplina, el presidente Bosch sería depuesto por los reaccionarios nacionales y extranjeros a través de esos militares dominicanos en nombre de la guerra fría.

No había amanecido todavía cuando los mismos militares y policías que se habían comportado adecuadamente durante siete meses, empezaron a reprimir a un pueblo que apenas reclamaba la democracia que desconocían. El gobierno de Bosch confirmaba el axioma de que, en última instancia, es desde la más alta posición del Estado que se garantiza el premio o el castigo a los que violentan las normas vigentes. Lo que “El Jefe” del Estado permite y no castiga es lo que él desea que se haga, no importa que sea o no violatorio a las leyes o a la Constitución. Es allá arriba donde reside la máxima y última responsabilidad en la estructura estatal de premiación o de sanción.

Siendo esto así, no hay justificación posible para que en 2008 el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional diga sentirse “avergonzado” por el comportamiento delictual de oficiales superiores de la Marina de Guerra. El Comandante en Jefe premia o castiga de acuerdo con las leyes orgánicas de las instituciones armadas y de la Constitución de la República. De no sancionar, es porque condona los hechos. ¿Qué puede impedirle al jefe máximo cumplir con las normas establecidas para castigar a los criminales así como a sus jefes inmediatos por negligencia en la supervisión? ¿Consentimiento, temor o aprobación?

¿Quién podría admitir como causa de descargo ante los tribunales la explicación del Procurador Fiscal del Distrito Nacional de que un expediente de corrupción masiva en Aduanas se perdió mientras estaba bajo la custodia de esa oficina? ¿Cuál es la responsabilidad del Procurador Fiscal en este delito que lo acusa a sí mismo? ¿Qué opinan los abogados que se desempeñan como funcionarios de este gobierno? Justificar el delito significa negligencia, incapacidad, complicidad o temor a aplicar las leyes a sus aliados del momento.

Definitivamente, cuando el de arriba quiere hacer algo, se hace, no importa lo que pudiera costar. Pruebas al canto son el Metro de Santo Domingo y el clientelismo transfuguista que se ha convertido en norma de gobierno. Asimismo, cuando desde arriba no se quiere hacer algo, la terquedad de una mula vieja predomina en el Poder Ejecutivo. Pruebas al canto están en la desatención a la educación, a la salud, a la energía eléctrica y a la calidad de vida del pueblo.

El ejemplo de autoridad y respeto de Juan Bosch es el mejor que pudiera ofrecérsele a los actuales gobernantes, aunque su recuerdo se haya convertido, para los peledeístas, en un espectro moral del cual huyen aterrorizados porque afecta su enorme enriquecimiento y el envilecimiento moral.