La Rusia de Dostoievski

La Rusia de Dostoievski

POR LUIS O. BREA FRANCO
Después de leer “Demonios”, la novela de Dostoievski recreada a partir de un complot develado en el año 1869, me he cuestionado cuál “realidad” sociopolítica pudo haber originado una novela tan grande, a la vez, profunda e irónica, visionaria y caricaturesca, panfletaria y amarga.

Tocado por la curiosidad, he intentado documentarme sobre cómo podía ser la sociedad rusa en la que vivía Dostoievski y sobre lo que lo llevó a escribir sobre una conjura tan alocada, urdida por personalidades deformes, con talantes tan diferentes entre sí, movidos por un radicalismo tan extremo que roza lo demoníaco.

Me preguntaba -reaccionando deslumbrado ante la perfecta ilusión teatral y la magia descriptiva con que el autor recubre tales personaje- cómo era posible congregar, aún en un espacio imaginario, semejante corte de los milagros, a pesar de las abismales diferencias de clase social, educación, costumbres y temperamentos que hay entre ellos; cómo pueden convivir como grupo sosteniéndose cada uno en sus “propias ideas”, incompatibles entre sí y contradictorias en ellas mismas; cómo pueden aspirar a realizar propósitos revolucionarios comunes, teniendo cada personaje sus propios fines, que lucen a una cabeza “común y corriente” disparatados, imposibles de realizar o cuando menos imposibles de verificar en el mundo histórico.

Estimo que Dostoievski en esta obra intentó hacer un balance satírico de las más disparatadas ideas que se afirmaban y discutían en su tiempo; teniendo siempre bajo la mira la pregunta esencial que se ponía la intelectualidad rusa: cuál habría de ser el sentido y el destino histórico de Rusia frente a los procesos de modernización que se venían imponiendo aceleradamente en Europa occidental.

Un proceso de modernización que manifestaba con la instauración de un crudo capitalismo basado en un afán desmesurado de lucro y la aparición de una paupérrima clase obrera condenada sin otra opción, a una vida deshumanizada, económicamente precaria, sin lazos afectivos ni referencias vivientes con el territorio donde laboraba, totalmente desvalida de derechos.

La modernización significaba, además, el triunfo de una ciencia que pretendía disponer del monopolio de la verdad, que mostraba su poderío y eficacia en el despliegue apabullante de enormes medios tecnológicos por parte de los grandes imperios frente a pueblos menos desarrollados, materializando todo ello a través del auge progresivo de las ingenierías –no olvidemos que la “profesión” de Dostoievski es esa.

Aparece, también, en ese momento, la creciente secularización de la vida, dominada ahora por algo nuevo, inusual: la aparición de una opinión “pública” basada en la opinión manifestada en los medios de difusión de información masiva.

Se comienza a sentir, igualmente, que se apaga la necesidad social de mantener referencias fundamentales respecto a una dimensión sagrada, mítica o que trascienda las preocupaciones inmediatas de la materialidad cotidiana; y, en el plano político, comienza a establecerse y a justificarse, en el interior de las naciones, instituciones constitucionales liberales, la concentración del poder en las manos de la gran burguesía y el reconocimiento de los derechos del burgués, que viene identificado con la abstracta individualidad.

El descabellado inventario ideológico que sintetiza Dostoievski muestra su valía y relevancia cuando se tiene presente el particular modo de entender cómo actúan las ideas en el medio social ruso, desde la limitada experiencia de diálogo socio-intelectual vigente en esa sociedad a mediados del siglo XIX; algo que aparece con suma claridad en la novela.

Las ideas se sostienen desde ellas mismas, desde que se apoderan obsesivamente de la voluntad, la existencia y la psicología de quien las profesan y defienden.

Las ideas –para el escritor- no se invalidan porque puedan ser negadas o refutadas racionalmente, o porque se demuestre la imposibilidad de su cumplimiento histórico.

Para Dostoievski una idea es y resta tal, aun cuando no pueda cumplirse o pueda ser refutada, pues su valor consiste en actuar como acicate para mover y motivar la voluntad y el ser de alguien; la presencia, el valor de una idea, se revela en la ofuscación que vive por ella quien se concentra y se sostiene desde ella.

Tener “una” idea equivale a existir alucinados por una determinada visión del mundo. Creía que el centro, que el eje de una vida humana concreta podía peligrar si se quedaba poseído por una sola idea. Una idea vale mientras alguien cree en ella, mientras se la acepte incondicionalmente como “la” explicación válida del ser, del sentido del existir.

Dostoievski perfila en “Demonios”, una metáfora de la “inteligentzia”, de la intelectualidad rusa, una reducidísima élite ilustrada, que coincide con los planteamientos del racionalismo occidental, y que desbocada y perturbadamente ha dado las espaldas al ser propio de Rusia, a su identidad ancestral, a la fe sencilla de su pueblo, para profesar la necesidad de su transformación aplicando ideas extrañas, importadas de Occidente.

Para sustentar su tesis -su idea- el autor se sirve estéticamente de la presentación de un acontecimiento concreto, el descubrimiento de una conspiración nihilista que tuvo como jefe a un tal Sergei Nechaiev, terrorista feroz, sanguinario, para quien el éxito del proyecto revolucionario estaba muy por encima de toda consideración “humanista” relativa al coste en sangre y dolor humano que pudiera provocar el cumplimiento del gesto revolucionario. 

Piotr Verhovenski, el jefe de los conspiradores en la novela representa una caricatura de Nechaiev. Aunque habría que resaltar, que para la creación del personaje, Dostoievski recurrió también a rasgos de la personalidad de Mijaíl Bakunin, el teórico anarquista. Dostoievski lo conoció personalmente y dialogó con él en uno de sus viajes a Europa; Bakunin lo impresionó muchísimo, pero negativamente.

En la Europa de la primera mitad del siglo XIX, cuando vence la burguesía y su proyecto de la modernidad, Rusia venía identificada con la oscuridad e irracionalidad que se atribuía a Oriente; es la tierra de la opresión y la autocracia; es la única potencia continental que mantiene y ha reforzado el absolutismo del “Ancien régime”. Gran Bretaña, que se sitúa al extremo occidental de Europa, luce como su contraposición, como la vanguardia del liberalismo y la modernidad.

El 14 de diciembre de 1825 -día en que juraba su cargo como emperador, Nicolás I- estalló una rebelión de miembros del ejercito proveniente de la nobleza, a esta conspiración se la conoce como la “conjura de los decembristas”; era un intento fallido de imponer el liberalismo en Rusia y reflejaba el descontento que abatía a ciertas capas de la clase dirigente. Luchaban contra el régimen feudal y se proponían poner fin a la arbitrariedad, establecer ciertas libertades, una constitución y un parlamento. Esta sublevación marcó neuróticamente el reinado de éste Zar.

El régimen creó un sistema muy bien estructurado de represión y censura. Esta última se articulada en tres niveles de bloqueos: el primero escrutaba en todo escrito o periódico, previo a la publicación, para dictaminar si podía publicarse o no; un segundo comité analizaba lo que realmente se había publicado e imponía sanciones a los censores cuando no hubiesen realizado adecuadamente su tarea; finalmente, había un superior comité secreto, en que participaba el zar en persona, que se ocupaba de juzgar el trabajo de las comisiones subordinadas.

Tan extendido era el control estatal, que cuando en Europa se produjo la llamada “Primavera de los pueblos”, la revolución de 1848, que fue glorificada en el famoso “Manifiesto del Partido Comunista” de Marx y Engels; que arraso en Francia con la monarquía burguesa de Luis Felipe y produjo revueltas en Alemania, Italia, Austria y Hungría; en Rusia, la oleada revolucionaria pasó desapercibida. Esta fecha nada significó en el inmenso imperio de los zares.

La única actividad intelectual, con cierto matiz reformista muy atenuado, sin relaciones con lo que acaecía en Europa, fue el caso del Círculo Petrachevsky. Sus miembros, intelectuales liberales  y estudiantes, discutían sobre las ideas de Fourier y la necesidad de realizar algunas tímidas reformas. Dostoievski, que participaba en él, fue condenado en 1849 a muerte, pena que fue conmutada “in extremi”; a continuación debió cumplir una prisión de cuatro años en Siberia y permanecer allí desterrado después del cumplimiento de la pena.

Se calcula que en cada uno de los treinta años que duró el reinado de Nicolás I se deportaron a Siberia alrededor de diez mil ciudadanos.

Con la publicación, en 1846, de “Pobres gentes”, su primera novela, Dostoievski fue elogiado por la crítica, que saludó en esta obra el nacimiento de un nuevo Gogol y de una literatura de preocupación social. Este encumbramiento súbito contribuyó a que el infortunio se abatiera sobre él; aún que detestaba el socialismo utópico, por exhibicionismo, coqueteó con las ideas revolucionarias y liberales.

A continuación se le acusó de haber propalado las ideas del crítico Belinski –quien fuera su descubridor y mentor literario– que supuestamente eran ideas contrarias a la religión, el Estado y contra el régimen de la servidumbre.

Otra consecuencia nefasta de la represión de la ola revolucionaria del 1848, fue que en Rusia se postergara por casi veinte años todo proyecto de reforma y de mejorar la vida de los siervos.

Sólo en 1861, después del surgimiento de otro zar: Alejandro II, hijo de Nicolás I, se decretaría una pálida liberación, a llevarse a cabo paulatinamente, en un período de nueve años. Período que concluía en el momento en que viene descubierta la conspiración de Nechaiev.

El encierro de Rusia a las ideas liberales y al proyecto progresista de la burguesía europea occidental, ocasionó que las luchas sociales quedaran congeladas esperando mejores tiempos.

Sin embargo, paulatinamente el inmovilismo social comenzó a resquebrajarse con el surgimiento de un “proletariado estudiantil”, concentrado en las pocas universidades abiertas, que intentaría encontrar una salida apropiada a la difícil situación social que se vivía en el imperio.

El autor es filósofo
lobrea@mac.com

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