La Santería Popular y el comportamiento político y económico

Hace algunos años que un par de economistas, dignos entonces de mejor evolución profesional, escribieron sobre los que ellos denominaron el “modelo altagraciano” de pensamiento económico de los dominicanos, según el cual, cualquier desacierto en el desempeño de nuestra economía, de algún modo se recompondría en el  futuro debido a la siempre oportuna intervención de la virgen o, en todo caso, de algún factor externo cuasi-mágico.

Demasiado poco se ha pensado en la importancia que tiene para la conducta política, económica o simplemente “social”, la cosmovisión religioso-espiritual que tienen los dominicanos del pueblo y no tan del pueblo.

La novela “La Virgen de los Sicarios”, del colombiano Fernando Vallejo, describe con toda claridad la devoción de adolescentes de Medellín que asesinan por encargo, a su virgen favorita, la cual los protege de todo mal. Esa relación entre la virgen y el sicario, desde luego, es definida y controlada por el devoto, quien además estipula la recompensa que a la virgen supuestamente espera de él. Y como  muchos de los devotos que también tiene la virgen aquí y en otras latitudes, nunca se han hecho a sí mismos la pregunta acerca de qué cosa quiere o querría la virgen. 

Lo que importa aquí es que los creyentes de la virgen entienden que su madrecita protectora no les exige nada a cambio más que algunas velas y una dudosa lealtad personal. Pues  para eso ella es madre y su amor es incondicional. Por tanto, sus actos no tienen jamás consecuencias en términos de castigo o reprensión algunos.

Por su parte, la congregación de fieles devotos no cuenta con ningún tipo de definición de lo que es bueno o malo, lícito o ilícito. De modo que toda conducta se vale y todos caben en el redil, el cual, como colectividad social, se comporta de manera idéntica al clientelismo político, que es su contraparte correspondiente en el orden político; y  que en la burocracia y en las relaciones sociales  y familiares tiene como referentes al compadrazgo y otras formas de asociaciones primarias e informales que actúan paralelas a las estructuras formales de las instituciones, obstruyéndolas.

En este tipo de relación “afectiva” entre la virgen y su devoto, la sociedad circundante no interesa, ni siquiera su mujer o sus hijos, y mucho menos lo que opine Dios sobre el asunto. Dios es una especie de avaro y cruel tirano, que opera en base a normas abstractas y generales, y que no hace, como bien dice la Biblia, diferenciación de personas. Pero la virgen sí, y el compadre y el enllave político también. Por tanto, ¿Quién necesita a Jesucristo? ¿Quién necesita del Estado y sus instituciones?