La segunda causa, según el Dr. Montoya

A principios de semana les conté cómo al arribar a Punta Salinas para almorzar mientras pescaba en la bahía de Ocoa, el propietario del restaurante me saludó preguntándome por el autor de “Propinquity of Self”, el filósofo y científico escocés Iñigo Montoya. Y usé esa serendipia (buscaba pejes, no lectores) para recordar la teoría de Montoya acerca de las causas de la felicidad, que según él son dos, una química y la otra espiritual.

 La segunda causa comprobada de la felicidad, según Montoya, es espiritual. Y es aquí que nuestro filósofo se explaya refiriéndose al “carácter involutivo”, basándose tanto en la biología y Darwin como en la filosofía y el jesuíta Pedro Teilhard de Chardin. Es un argumento imposible de resumir, no sólo porque es muy denso, sino porque sus partes, separadas, parecen razones distintas a su totalidad. Sería como querer explicar cualquier naturaleza humana particular sólo en base a rasgos aislados e incompletos. Les ofrezco el dudoso sucedáneo de unos versos, que Montoya no se atrevió a citar, pero que debieron bailar en su conciencia, o al menos en su memoria, al producir su monumental ensayo:

“Más triunfos, más coronas dió al prudente/ Que supo retirarse, la fortuna,/ Que al que esperó obstinada y locamente.”

 Íñigo Montoya, tan escocés como el agua de vida, seguramente leyó de niño la “Epístola Moral a Fabio”, anónima perla de la lírica castellana, de donde proceden los tres versos.  El martes expliqué lo de los ausitos. Esta es la química. Montoya asegura que ciertos compuestos orgánicos poseen sustancias denominadas “ausitos”, las cuáles resulta imposible aislar debido a su carácter transitivo (un concepto derivado, increíblemente, de la gramática castellana). Los ausitos ocurren de manera natural, pero no son estables, sino que su existencia depende de la relación entre las cargas eléctricas de las moléculas que componen la masa en la cuál se forman las condiciones para que estén presentes los ausitos. La ciencia todavía no ha logrado aislar ni reproducir en un laboratorio a los ausitos, pero la comunidad científica acepta que existen luego de que Montoya explicara los detalles, en su inglés prístino, en MIT, en Cambridge, a orillas del río Charles. Pese a las elaboradas fórmulas y complicados apotegmas Montoya se lamenta de que, aparentemente, sólo el azar determina cuáles individuos pueden beneficiarse del efecto de los ausitos.