La sexualidad a la que sí debemos temer

Millizen Uribe

La República Dominicana es uno de los países latinos con mayor incidencia de embarazo en adolescentes y mortalidad materna.

Los datos de la Encuesta Demográfica y de Salud (Endesa) más reciente confirman que en salud sexual y reproductiva la situación del país sigue alarmando.

Se mantienen los altos índices de mortalidad materna, con 159 por cada 100 mil nacidos vivos. Además, el país tiene la quinta tasa más alta de embarazos en adolescentes.

Anteriormente, un análisis de la situación de la infancia y la adolescencia en República Dominicana, hecho por UNICEF revelaba que 22.1% de las jóvenes dominicanas, entre 15 y 19 años, tiene al menos un hijo.

Igual de preocupante es el panorama en relación a las enfermedades de transmisión sexual. En el caso del VIH-Sida los resultados revelan prevalencia igual o inferior al 1%.

En este escenario pesan tres elementos: falta de educación sexual, falta de acceso a métodos de protección y anticoncepción y falta de una legislación que norme estos aspectos y a la vez proteja los derechos sexuales y reproductivos.

Esta ha sido la motivación de los creadores y defensores del proyecto de ley sobre Salud Sexual y Reproductiva que cursa en el Congreso.

La pieza provee el marco jurídico para el establecimiento y regulación de políticas públicas dirigidas a prevenir enfermedades y atención de la salud.

A nivel del Estado, descansa en dos aristas fundamentales. La primera es el Ministerio de Salud, que deberá promover la prevención de enfermedades de transmisión sexual y acceso a métodos anticonceptivos y de planificación familiar modernos.

También proveer servicios de calidad para la atención durante el embarazo, el parto, el puerperio, interrupción del embarazo (en las causales permitidas por el Código Penal) y en la menopausia.

La otra es el Ministerio de Educación, que deberá diseñar el currículo para garantizar una educación integral en sexualidad, laica, de género y derechos humanos.

De ningún modo este proyecto de ley estimula el ejercicio de una sexualidad irresponsable o promiscua a la que debamos temer. Por el contrario, la sexualidad que da miedo es la desordenada, que tiene base en el obscurantismo y en restricciones cada vez más ignoradas por la juventud. Esta es la sexualidad problemática y es la que debemos contrarrestar.

Ojalá que los congresistas entiendan, que una cosa son las políticas públicas y otra los asuntos de fe. Además, sólo con el drama de los miles de embarazos en adolescentes deberíamos estar claros en que hay que cambiar el esquema y en que definitivamente las fórmulas pseudomoralistas no funcionan.

Ojalá pongan al conocimiento de este proyecto de ley la misma voluntad política que le pusieron a la modificación constitucional para la reelección presidencial donde, para su rápida aprobación, no importó que el Cardenal hablara en su contra.