La situación

POR BONAPARTE GAUTREAUX PIÑEYRO
La pregunta de cada dominicano residente en el exterior, en cualquier parte del mundo es la misma: ¿cómo está Santo Domingo? Lo malo es que la respuesta no satisface las expectativas de quien la formula ni mucho menos los deseos de quien tiene que responderla. 

Resulta muy difícil complacer la esperanza de los residentes fuera de nuestro país, muchos de los cuales trabajan desde antes que sale el sol hasta después que se oculta.

Ellos conservan la ilusión, y trabajan para hacerla realidad, conservan la ilusión, repito, de volver a su Patria y vivir tranquilamente en ella, luego de largos y arduos años de exilio económico.

Todos hablan de lo mismo. Con una memoria fotográfica hablan de cómo era la vida décadas atrás, de su participación en deportes, de sus estudios, de su actividad en la política nacional, hasta que se los tragó la desesperanza y se fueron, con la intención y el deseo de obtener condiciones de vida satisfactorias y conforme a la civilización actual.

Los recuerdos fluyen mientras preguntan que si uno conoce a Fulano o si recuerda a Zutano, aquel que jugaba baloncesto o al otro que militaba en el Movimiento Popular Dominicano o en el Movimiento 14 de Junio.

La conversación nos lleva a cada momento en los que el interlocutor fue feliz, o creyó serlo. Recuerdan, en ese momento, los recuerdos buenos. Los de las notas altas en la escuela. Los del canasto de media cancha con la que su equipo ganó el campeonato. La tarde aquella que un jonrón salvador permitió que la victoria cambiara la cara de la moneda.

Los baños en los ríos adquieren ribetes de leyenda y la calidad de la arena de las playas y la calidez de las aguas se convierten en un sueño que se quiere repetir hasta más allá del cansancio.

¿Las frutas? aquí hay de todas y muchas que no conocíamos, que llegan de lugares tan lejanos como India, Pakistán, Tailandia y otros de regiones de nombres tan extraviados cuya pronunciación resulta imposible.

Por supuesto, nada como las frutas de la finca del rico del pueblo que tenía trabajadores para que nadie pudiera tomar una naranja porque mejor prefería que se pudrieran en el suelo.

Las fiestas de fin de año en el malecón, los caldos de Blanquiní, los yaniqueques de Ludovino, aquel legendario friturero que practicó la globalización al revés y llevó sus productos a Nueva York.

Eso fue mucho después de que el merengue se internacionalizara cuando miles y miles de dominicanos fueron a vivir a Nueva York y demandaron la música criolla que se convirtió en un producto de exportación que aceita las cinturas de medio mundo donde se baila. Después, siempre, se entra en la situación política. Siempre, siempre, no importa cuál sea la situación económica, social, política del criollo, se llega a la política nacional, que hace décadas se convirtió en la actividad que más gente atrae en el país.

Las preguntas se atropellan en los labios del interlocutor.

El dominicano que reside fuera quiere saberlo todo de una vez, pero no es posible; hay que ir paso por paso. Quizá en ese momento se llega al inicio de las desilusiones.

La crisis nacional comenzó antes de la muerte de Trujillo.

Pero ninguno de los problemas heredados de la tiranía ha sido resuelto de manera satisfactoria.

Lo que sí hemos sido capaces, los unos, de robarse los bienes que acumuló Trujillo, sin que en ningún caso haya habido sanción. Los otros hemos visto cómo se esfuma, desaparecen esos bienes de propiedad pública y, aunque sabemos quiénes se convirtieron en ricos de la noche a la mañana, no exigimos que los juzguen por sus robos y los aceptamos como si fueran personas decentes.

Entonces se entra en el campo de la realidad: no hemos resuelto el problema de la falta de energía eléctrica; el precio de la energía pública es cada vez más alto y el servicio más deficiente; no somos autosuficientes en alimentos; los sistemas de salud y educación son cada vez más precarios; la autoridad se ha irrespetado a sí misma y, como es lógico, la población no respeta la autoridad; la delincuencia es cada día más agresiva y brutal y no se avizora que disminuirá; la haitianización de la República Dominicana es creciente e indetenible y Estados Unidos y los países desarrollados quieren que produzcamos jóvenes profesionales capaces para captar los mejores y llevárselos a trabajar con ellos.

Los sueldos compran cada vez menos y la calidad de la vida se deteriora a una velocidad indetenible.

Esas son las cosas, amigos, que no quise decirle en el almuerzo con los primos Gautreaux Ibarra…pero ante su insistencia…