La sociedad sin privilegios

JOSÉ MANUEL GUZMÁN IBARRA
Cuando el sandinismo todavía era esa promesa utópica de la revolución permanente tendría yo a la sazón, algunos quince años. Cortázar, el más divertido de los buenos escritores hispanoamericanos, había ayudado a crear esa idea de revolución más allá de la ideología socialista, especialmente en lo que tenía que ver con asociar la cultura al prestigio social. Según las abundantes crónicas de entonces, en Managua a la gente de prestigio se le saludaba con el apelativo de ¡poeta! como forma de reconocimiento y respeto.

Ese reconocimiento daba su justa dimensión al rol de la cultura en la construcción de una sociedad. Esa práctica no es nueva. Todas las sociedades, incluso en los sueños más igualitarios establecen una escala de valores, una escala de reconocimientos y, en consecuencia, un marco de privilegios. Gran y buena cosa es cuando una sociedad sabe reconocer a sus mejores ciudadanos.

Es una idea bastante moderna pretender abolir privilegios en una sociedad. Los ideales democráticos e igualitarios que terminaron imponiéndose en la segunda mitad del siglo XX, especialmente en Occidente, terminaron devaluando la idea de los privilegios, pero paradójicamente, no así su práctica. En México por ejemplo, tiene rango constitucional el no reconocer títulos, privilegios o abolengos.

No obstante el haber dejado los privilegios a la impersonalidad del mercado es que alguien como Donald Trump, en Estados Unidos, o Turbí, en nuestro país, reclamen para sí atención y premios. ¿Sobre que base debían tener uno u otro ningún privilegio o reconocimiento social?

El concepto “privilegio” se hizo tabú, pero como todo lo que es tabú, la práctica existe pero no se admite. Así, puede afirmarse que no hay una sociedad, por igualitaria que fuera su organización, que no tenga un esquema de privilegios. En los distintos experimentos políticos del siglo pasado, más o menos igualitarios todos descansan en un sistema de privilegios.

Lo que no puede tolerar una sociedad democrática es un privilegio que nazca de la fuerza, de la sinrazón o de la herencia. Los privilegios siempre revelan que tan avanzada está una sociedad. La antigua Grecia, por ejemplo, recoge momentos en que el filósofo era de gran prestigio, mientras que en otros era el guerrero o el sacerdote los que tenían un amplio reconocimiento social. En el Renacimiento dos actividades fueron ganándose el aprecio social, los artistas y los investigadores, que además solían ser la misma persona, recuérdese por ejemplo a Leonardo Da Vinci, investigador y artista.

No conozco ni concibo una sociedad sin privilegios. Es más, una sociedad tal se asemejaría más una pesadilla que a un sueño. Otra pesadilla, es una sociedad cuya escala de valores genere privilegios a costa del buen vivir de otros o fundamentados en criterios diferentes a la razón, trabajo y creación de valor.

Los privilegios que la sociedad establece reflejan claramente cuales son sus valores. La ausencia de privilegios puede ser una muestra de distorsión de valores y anarquía antes que de igualdad. Unos privilegios fundamentados en valores fatuos, por otro parte, refleja una sociedad enferma. En una sociedad donde el pelotero millonario sea más importante que la persona que se dedica a la enseñanza, a la investigación o a sanar enfermos es una sociedad enferma. Una sociedad que mide el resultado económico, sin importar el cómo se llega al éxito material, es una sociedad, ya lo vamos viendo, que fomenta violencia, crimen y superficialidad.

La sociedad sin privilegios, por otra parte, sin reconocimientos para los mejores, es una sociedad en disolución, no importa cuan pujante pueda llegar a ser su economía. Una sociedad con privilegios irritantes es una sociedad camino al enfrentamiento permanente, a la violencia, a la inestabilidad social. Se equivocan de sueño aquellos que orientan sus anhelos a una sociedad sin privilegios, antes que a una sociedad fundamentada en premiaciones y retribuciones justas, y peor aquellos que con sus acciones fomentan el irritante privilegio que premia lo superficial.

El reconocimiento, que merecen los pensadores, los investigadores, los que educan, los que sanan; los privilegios, por lo menos de respeto y solidaridad, que merecen filósofos, científicos, profesores y médicos; y el pago, que es la forma en que nuestro sistema económico reconoce el esfuerzo y la creación de valor, no pueden ser menores que los que reciben los rentistas, especuladores o sofistas que en nuestra sociedad abundan. Creo que nuestra sociedad les debe apoyo y solidaridad, respeto y deferencia, e incluso un mínimo de privilegios, a aquellos que hacen de su trabajo diario el ayudar a otros.

Venga, que desde el razonamiento económico, por lo menos debe dársele a cada quien el valor creado… A propósito de todo esto ¿por qué los economistas que metieron en la crisis económica que vive el país debían ganar más, y recibir más respeto que el director de un hospital o que un médico en la sala de emergencias?

Un día, luego de lograr esa mínima justicia, podremos pedir que la sociedad reconozca a los creadores, y saludar de poeta a alguien, sea un verdadero reconocimiento. Una sociedad que trascienda lo material para reconocer las cosas de la cultura, del espíritu. Por ahora, pido el reconocimiento que merecen los que decidieron dedicarse a sanar y a enseñar.