La “Suite francesa” de Irène Némirovsky

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“Si somos mujeres, profundizamos hacia el pasado a través de nuestras madres”. Virgina Wolf

El 12 de junio de 2009 descubrí en la librería “Suite francesa” y a Irene Nemorovsky. De esa lectura me quedó como un poso, como una certidumbre que se fue haciendo más fuerte a medida que leía la vida de otras mujeres, de que las relaciones entre madre e hija, entre tía y sobrina, entre abuela y nieta o entre mujeres de distintas generaciones son de una importancia vital y que esa buena o mala relación entre mujeres puede determinar el destino de una vida.
La relación de odio entre Irene y su madre Fania me hizo desarrollar una teoría muy personal de que esa relación malsana marcó el trágico destino de esta genial escritora y que ese odio visceral a la madre le impidió ponerse a resguardo ella, su esposo y sus hijas en Suiza o en Estados Unidos adonde les había ofrecido emigrar su editor amigo.
Irene Nemorovky no habla del pasado de sus mujeres ancestras y si lo hace es en forma despectiva cuando habla de una de sus abuelas ricas y no profundiza en su vida a través de la vida de la madre.
El odio y la revancha lo tiñen todo. Las imágenes de las mujeres son o malas y egoístas, o banales y tramposas, o víctimas como la sirvienta de los rusos blancos ahogada en el Sena, o una madre ausente y pérfida.
El odio a la madre tiñe su prosa, sus novelas, sus cuentos y no hay respiro ni bondad ni futuro en toda su obra. Se dulcifica cuando habla de la señora Michaud, su esposo y el hijo soldado.
Su escritura, dice la prologuista Miriam Anissimov “Es cínica y lucida”.
“El 12 de junio de 1942, pocos días antes de su arresto, duda que logre acabar la gran obra emprendida. Ha tenido el presentimiento de que le queda poco tiempo de vida. Continua redactando sus notas, paralelas a la escritura del libro. Titula esas observaciones lucidas y cínicas “Notas sobre la situación de Francia” y ellas demuestran que Irene Nemorovsky no se hace ninguna ilusión sobre la actitud de la masa inerte, “aborrecible” de los franceses con respecto a la derrota y al colaboracionismo, ni sobre su propio destino.
Encabezando la primera página, escribe:
“Para levantar un peso tan enorme,
Sísifo, se necesitaría tu coraje.
No me faltan ánimos para la tarea,
Mas el objetivo es largo y el tiempo, corto”.
Si una recorre la corta vida de Irene, de apenas treintainueve años, una comprueba que su madre la sobrevivió hasta 1989. En 1945, cuando la nodriza de las niñas toca a su puerta en la casa de Niza, les recomienda que si han quedado huérfanas que acudan al orfanato y al morir solo guardaba en su caja fuerte de la mansión de París los dos libros de su hija que la aluden en “El baile” y “Jezabel”. Demasiado odio entre dos mujeres con la misma sangre y nueve meses de vida en común.
Sus hijas que guardaron por años en una maleta aquellos textos de apocalipsis, nunca imaginaron el volcán que iba a entrar en erupción años después de que mataran a su madre cuando Denise la hija mayor, nacida en 1929, se animó a leer con una lupa aquel cuaderno escrito con letra menuda para ahorrar papel y transcribir eso que ella creyó eran confidencias de su madre en un ordenador de palabras antes de confiarlo al Museo de la Memoria.
Irène Némirovsky nació en Kiev, Ucrania el 11 de febrero de 1903 y fue asesinada en el campo de concentración de Auschwitz, el 17 agosto de 1942. Fue deportada bajo leyes raciales por su origen judío, aunque se había convertido al catolicismo en 1939. Hija de un banquero judío ucraniano, Léon Némirovsky fue educada en la riqueza y holgura de la clase alta judía rusa por una institutriz francesa de modo que el francés fue su lengua materna; su madre Fania la tubo nada más que para satisfacer a su rico y acaudalado esposo, nunca la quiso ni demostró el menor interés.
Irene se crio sola, entre libros o refugiada en el cariño de su nodriza francesa. Cuando esta murió se dedicó a leer y a escribir. Hablaba ruso, polaco, inglés, vasco, finés y yiddish.
En diciembre de 1918, Irene y su familia escaparon de la revolución rusa y vivieron un año en Finlandia hasta que lograron llegar en barco a Rouan. En julio de 1919, llegaron a Paris y desde los dieciséis años pudo retomar sus estudios de literatura y obtuvo en 1926 la licenciatura en Letras en la Sorbona. A los 18 años comenzó a escribir de manera profesional debutando con la novela que la hizo famosa: “David Golder”.
En 1926, se casó con Michel Epstein, un ingeniero transformado en banquero. Tuvieron dos hijas: Denise nacida en 1929 y Élisabeth, en 1937.
En 1929 envió su primera novela, “David Golder”, a la editorial Grasset. Como temía el rechazo no incluyó en el sobre ni su nombre ni su dirección. “El editor tuvo que publicar un anuncio en la prensa para poder conocer al autor de aquella obra audaz, cruel y brillante”. Su editor, Bernard Grasset la proyectó entonces en los salones y medios literarios. Esta novela fue apreciada por escritores tan diferentes como Joseph Kessel, que era judío, o Robert Brasillach, que era antisemita.
“Su estilo es directo, realista, mordaz con la humanidad en general y con el pueblo judío en particular. No solo su físico sino su carácter aparecen descritos con todo tipo de señales”. Fue acusada de antisemita por el tratamiento que dio a los judíos y a los prejuicios tan en boga de esa época con que los describió.
Siendo una escritora en lengua francesa reconocida e integrada en la sociedad francesa, el gobierno francés rechazó su petición de nacionalización en 1938, en una franca actitud antisemita. El 2 de febrero de 1939, ella y toda su familia se convirtieron al catolicismo para tratar de preservarse de de las leyes antisemitas promulgadas en octubre de 1940 por el gobierno de Vichy. No sirvió de nada y su esposo no pudo trabajar más en la banca y a ella le impidieron publicar. Se refugiaron entonces en Issy-l’Évêque, donde habían mandado a sus hijas en 1939, junto a la familia de su niñera.
Se dedicó a escribir con seudónimo y mantuvo correspondencia con su editor aunque no podía publicar. En el libro hay un capítulo con las cartas y los arreglos económicos que su editor le proveyó para proteger a sus hijas, darles seguridad económica y preservar los derechos de autor.
Después del arresto de sus padres, Denise y Élisabeth Epstein vivieron escondidas durante la guerra, amparadas por la niñera y ayudadas por amigos de la familia y el editor de las obras de su madre, llevando siempre la valija con los manuscritos inéditos confiados por su madre, entre ellos “ Suite francesa”.
“Eran dos tomos de una novela inacabada que tiene por escenario el éxodo de 1940, la ocupación alemana en Francia y la pérdida del mundo normal; es un relato claro e inteligente de la desaparición de la Francia que existió o, que quizás nunca existió realmente. En ella se describe la sociedad de la Francia de Vichy dibujando escenas de convivencia entre sus miembros y el invasor. Además de los dos tomos escritos tenía recogidas numerosas notas de los tomos sucesivos y de posibles cambios en los ya realizados. Fue publicada en el 2004. Recibió el Premio Renaudot a título póstumo”.