La terrible condición humana

25_03_2017  25-03-2017 areito Areíto4

Dame, llama invisible, espada fría,
tu persistente cólera,
para acabar con todo,
oh mundo seco,
oh mundo desangrado,
para acabar con todo.

Arde, sombrío, arde sin llamas,
apagado y ardiente,
ceniza y piedra viva,
desierto sin orillas.

Arde en el vasto cielo, laja y nube,
bajo la ciega luz que se desploma
entre estériles peñas.

Arde en la soledad que nos deshace,
tierra de piedra ardiente,
de raíces heladas y sedientas.

Arde, furor oculto,
ceniza que enloquece,
arde invisible, arde
como el mar impotente engendra nubes,
olas como el rencor y espumas pétreas.
Entre mis huesos delirantes, arde;
arde dentro del aire hueco,
horno invisible y puro;
arde como arde el tiempo,
como camina el tiempo entre la muerte,
con sus mismas pisadas y su aliento;
arde como la soledad que te devora,
arde en ti mismo, ardor sin llama,
soledad sin imagen, sed sin labios.
Para acabar con todo,
oh mundo seco,
para acabar con todo. Octavio Paz
Pensaba continuar con mis reflexiones sobre la historia, sus caminos y sus retos, pero no puedo. La historiadora se vio arropada por la ciudadana, que llora y grita, junto a todo el resto del país, la muerte de una mujer inocente que se dirigía a recoger un niño en su ruta acostumbrada. Fue ultimada por una bala dirigida a dos ladrones que habían cometido una fechoría. El impacto fue mortal, murió al instante frente a dos de los niños que transportaba. Perplejos y sorprendidos, esos inocentes presenciaron el vil y cruel asesinato. ¿Qué está pasando en nuestro país? ¿Acaso la vida no vale nada? ¿Qué piensan hacer las autoridades? ¿Un nuevo discurso vacío para decir que combatirán la delincuencia?
Me siento abatida, desprotegida, triste, desalentada, rabiosa, indignada y desesperada. No se supone que cosas así ocurran. No se supone que la angustia se expanda por todas partes, que desarrollemos una paranoia colectiva. No es posible seguir viviendo así. No es tolerable esta sensación, este sentimiento de inseguridad. Esta ciudad, que se ha vuelto ingobernable e intransitable, también es peligrosa. Nadie está seguro en ningún lugar ni en ninguna hora.
Y mientras el sentimiento de soledad y desaliento corroe mi alma, me pregunto si esos seres que roban y asesinan, son personas o son animales sin alma. ¿Pueden ser humanos aquellos que no le dan importancia a la vida? ¿Pueden ser humanos lo seres para quienes el otro es solo un objeto, una cosa que no tiene ningún valor?
Toda esta situación me obliga a cuestionarme sobre la condición humana. Los lectores que me han seguido a través de los años saben que desde siempre me ha inquietado: ¿los seres humanos son, somos, buenos? ¿Son, somos, malos por naturaleza? Me aferro a la idea de la bondad humana, como lo plantea el humanismo cristiano y otros grandes intelectuales como John Locke y Rousseau. Quizás el pensador suizo tenía razón: la sociedad nos transforma y convierte en maldad lo que antes era bondad.
Otros pensadores, como Jean Paul Sartre, pensaban que no existía la naturaleza humana. ¿Qué significaba esta afirmación? ¿Que el alma, el espíritu era, es, una ficción? Decía el existencialista francés que toda persona, toda sociedad, ha tenido que enfrentar hechos inevitables; pero más aún ha tenido que resolver problemas vitales. Sartre afirmaba que estábamos condenados a socializar, a vivir la libertad en el marco de la inevitable indigencia de nuestra propia existencia. En una demoledora y pequeña obra, titulada La Náusea, Sartre habla de esa terrible contradicción existencial: tener que vivir y al realizar esa simple y gran tarea, sentir cómo la sociedad te anula y te subyuga. Y por eso en esa pequeña obra explica sus preocupaciones por la condición humana:
Estoy solo en medio de estas voces alegres y razonables. Todos esos tipos se pasan el tiempo explicándose, reconociendo con felicidad que comparten las mismas opiniones. Qué importancia conceden, Dios mío, al hecho de pensar todos juntos las mismas cosas. Basta ver la cara que ponen cuando pasa entre ellos uno de esos hombres con ojos de pescado que parecen mirar hacia adentro, y con los cuales nunca pueden ponerse de acuerdo. (…)
Por primera vez me hastía estar solo. Quisiera hablar a alguien de lo que me pasa, antes de que sea demasiado tarde, antes de inspirar miedo a los chiquillos. Quisiera que Anny estuviese aquí. Es curioso: acabo de llenar diez páginas y no he dicho la verdad, por lo menos no toda la verdad. Cuando escribí, debajo de la fecha: “Nada nuevo”, tenía la conciencia intranquila por esto: en realidad una pequeña historia, que no es ni vergonzosa ni extraordinaria, se negaba a salir. “Nada nuevo”. Me admira cómo se puede mentir poniendo a la razón de parte de uno. (…)
No quisiera llegar al extremo de Sartre y los existencialistas. Quiero aferrarme a la idea de una humanidad que busca ser mejor, que no se autodestruye, que defiende el amor y la solidaridad. Pero cuando pienso en lo que está ocurriendo en nuestro país y el mundo, se me aleja la esperanza y la confianza en esta humanidad.
Por mí, por mi familia, por los míos, quiero creer que existe la esperanza.
Por el futuro, quiero pensar, quiero aferrarme a la idea de que podemos creer en la humanidad.
Porque no puedo, no debo, no quiero pensar en que la maldad está por encima del bien, sigo defendiendo la justicia.
Clamo por esta sociedad nuestra que se autodestruye. Por la muerte de los inocentes. Por esta prisión que nos ha impuesto la inseguridad. Clamo por mis nietos, por los niños de esta tierra para que tengan un mejor futuro. Clamo por acciones contra la delincuencia. Clamo por una sociedad más justa. Clamo, en fin, por una mejor humanidad.