La tiranía de la moda

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EMMANUEL RAMOS MESSINA
El hombre es el único animal que se viste. El primer traje fue una hoja de parra, solución sencilla y natural. La historia de la evolución del pudor de la humanidad es un paréntesis que abre la hoja de parra y cierra el bikini, pasando por la minifalda. Como se verá, la evolución del traje humano trasciende más que las guerras, los héroes fugaces y las confusas filosofías y religiones. El traje está vinculado al sexo y según el osado Sigmund Freud, el sexo está vinculado  a todo, hasta al inocente corn flakes de los niños.

El sexo, desde su recóndito escondite, fuerza y empuja las páginas de la historia. La mujer simboliza el sexo y sin ella la historia sería un cruel batallar de machos, sin los maravillosos encantos de la procreación.

El cine, las revistas de moda y la televisión, usan la belleza femenina y su tentador sexo y la convierten en la mejor vendedora de todo, desde pañales, autos, perfumes, máquinas de afeitar y hasta tuercas, tornillos y laxantes. Pero esa belleza no se presenta cruda, nos llega vestida mostrando las partes que la costumbre y la moda autorizan, aunque de vez en cuando se brinca las maravillosas fronteras para el deleite masculino. ¡Bendito sea ese brinco!

Podemos definir la moda como la autorización y consenso para mostrar determinadas zonas erógenas. Nuestras abuelas se cuidaban de ocultar sus pudorosos tobillos, pero mostraban tranquilamente sus esplendorosos pechos (sin silicón). En China, la inmoralidad máxima era mostrar los pies. En la cultura islámica se cuenta que a una casta mujer se le cayó su burka, y para tapar su faz la cubrió con su falda, mostrando otras partes secretas.

Es obvio que las zonas erógenas cambian en el lugar y en el tiempo y son relativas, aunque desde el hombre de Altamira y del Cromagnon, la hembra se cuidaba de no mostrar aquellas regiones del cuerpo que se relacionan con el ejercicio del amor y las zonas por donde brota la vida.

Pero las cosas han llegado más lejos, la moda y el sexo han convertido a la mujer en una mercancía, en una esclava que sabe que su alijo pronto será inútil, porque al doblar de la esquina la espera amenazante la nueva moda que hará cursi y hasta ridícula su vestimenta. El vestido se convertirá en trapos. A la moda vieja le llamarán disfraz. Decía Oscar Wilde que la última moda se torna tan fea y barata, que cada seis meses hay que cambiarla. Es obvio que cada moda trae en sí el germen de su suicidio y muerte. Casi en el mismo sentido Coco Chanel definía la moda como “lo que pasa de moda”. Pero la moda es algo más serio, es algo que trae el ser humano desde lo más profundo de su biología, es un hecho que con mucha seriedad estudian los antropólogos, los sociólogos, los moralistas, las religiones, y que unos astutos comerciantes han convertido en una mercancía, en un jugoso negocio. La moda desde París, Milán, New York, Londres, Río de Janeiro, China, etc., mueve enormes sumas en que capitalizan ciertos poderosos instintos humanos. A eso se añaden las industrias cómplices y accesorias de la belleza, como Max Factor, Avon, Loreal, etc., y la cirugía estética y los modistos, Oscar de la Renta, Coco Chanel, Ives Saint Laurent, Versace, Laggerfield, etc.

De otro lado, la moda cumple una función biológica vital, porque con sus tretas incita al sexo contrario a la vital tarea de la procreación. Los modistos saben cómo mostrar y hacer más excitantes y apetitosas las zonas erógenas, de manera de enervar el amor y la pasión. Así Tácito, el antiquísimo historiador romano, nos habla de la hipocresía con que Popea se presentaba siempre cubierta de velos ante Nerón y el pueblo, no por honestidad sino para aumentar así el prestigio de sus supuestos encantos. Su sudor era fingido, pero es evidente que el pudor es un estímulo y sugerencia y excitación vital en la reproducción y la conservación de la especie humana.

Pero la vestimenta cumple otros propósitos…. ¡Qué gran servicio le presta al macho aquella mujer bien vestida que se siente triunfadora, atractiva, segura, taconeando duro, enrojecidas las mejillas, que se siente más joven, que deslumbra a las otras mujeres frente al varón. Ella maneja las zonas erógenas y el pudor, aunque hay que reconocer que no es lo mismo el pudor a los quince años, a los treinta y a los cincuenta: la profunda psicología femenina sabe cómo manejar esas fronteras e inconvenientes.

Hasta aquí hemos enfatizado los misterios de la moda femenina tan caprichosa y móvil como el tocado y el color de su pelo, pero ¿y qué de la moda en los hombres? Aquí ella se mueve más lenta, es de diferenciación sexual. La moda del hombre es clasista y jerárquica. En la ropa militar el Almirante luce más oro, medallas y estrellas que el simple teniente. El obrero lleva la vestimenta propia en su oficio, lo mismo que la nurse, el cura o el Papa. En la tribu, el cacique lleva más plumas que el de abajo, pero el brujo luce el traje de sus misterios ultraterrenos.

El tema es extenso e inagotable. Hasta aquí hablamos de la tiranía de la moda, pero la liberación femenina, las nuevas libertades, han facilitado la única rebelión de la mujer: La rebelión universal de los blue-jeans. En eso se plantaron ellas y dijeron: en los jeans (mecánicos) mandamos nosotras. Nos gustan y no los vamos a tirar diga quien diga. Los modistos resignados se limitaron a desteñirlos, hacerles agujeros, bajar el talle, ponerles shakiras y colocarles adornos para aumentar una vez más el precio y el atractivo.

La rebelión del jeans equivale para la mujer, a la Toma de la Bastilla. Es el inicio de su primer derecho humano: el derecho azul, el derecho de vestirse a su antojo; el derecho de ser ella misma y eso basta.

¡Felicidades triunfadoras!