La última burla

MARIEN A. CAPITÁN
Esta vez llegó a ritmo de tinta y papel. Grande, anunciándose con desparpajo e insolencia, vimos cómo los congresistas pretenden burlarse nueva vez de este país: ahora, en momentos en los que la economía está intentando levantar la cabeza, ellos desean aumentarse el sueldo a la módica suma de RD$117.000 (sí, leyó bien amigo, ciento diecisiete mil tululuses de los grandes). Cuando leí ese titular el lunes pasado, justo comenzando la semana, sentí cómo una oleada de ira sacudía mi dignidad. Sé, y lo admito, que no es prudente hacer rabietas de ese tipo.

Sin embargo, no puede ser de otra manera cuando tenemos que escuchar que nuestros malqueridos diputados proponen que el aumento del 30% del salario de los empleados públicos se extienda hasta los que ganan RD$90.000, que es su caso.

Supongo que, como la devaluación les ha golpeado tanto, los diputados ya no saben vivir con noventa mil pesos. Es poco, sí, para unos señores que trabajan cada día, sin descanso y sin desmayo, por una empobrecida nación a la que le entregan todo de sí.

Hay que tener timbales –para no decir algo peor- para solicitar un aumento así. Ellos, que tan poco hacen por nosotros, quieren RD$27.000 más. ¿La justificación? Que sólo ganan RD$60.000 y que los otros treinta se acumulan gracias a los viáticos y dietas (porque, además, hay que darles una paga extra para que vayan al Congreso a hacer el trabajo al que están obligados).

Si pagarle noventa mil pesos a un grupo de personas ilustres que nada hacen para mejorar las condiciones de vida de quienes les eligieron me parece demasiado, huelga decir lo que sentí al ver esa noticia y recordar que en este país aún existen miles de dominicanos que tienen que sobrevivir con una mísera pensión de RD$300.

Esos ancianos, que pasan semanas sin cobrar y andan casi pidiendo limosnas para sobrevivir, no merecen que los diputados se reían de ellos de esa forma. Tampoco los médicos, los maestros, los policías… y todos aquellos empleados públicos que se doblan el lomo trabajando para ganar sueldos de miseria.

El gobierno está en plan de austeridad. En crisis, en muchas ocasiones ha expresado la dificultad que le acarreará el aumento del sueldo que tendrá que hacerle a los servidores del Estado.

Todos hemos estado al borde de la ansiedad esperando para ver si el gobierno y los empresarios decidían o no aumentarnos. Muchos ciudadanos hemos visto nuestro nivel de vida decaer y ansiamos, porque necesitamos recuperarnos, que nos devuelvan algo de lo que el gobierno anterior nos ha robado. Pero nosotros, los que nos quejamos hasta la saciedad, no tenemos un sueldo que llegue ni remotamente cerca de los noventa mil pesos que devengan los diputados.

Mi sueldo, al lado del suyo, es de miseria. Sin embargo, ellos tienen la cachaza de proponerse un nuevo aumento. ¿Es que necesitan contar con más dinero de cara a las próximas elecciones congresuales? No es por nada, pero tendría sentido pensarlo.

Nuestros congresistas, que con suerte trabajan tres días a la semana –los diputados, por el asunto de las dietas, sesionan tres veces; los senadores, que no las cobran, una o dos a la semana– tienen sueldos de lujo. No es mucho lo que hacen, en honor a la verdad, pero entienden que deben estar mejor remunerados que quienes trabajan al menos ocho horas al día.

Sin contar las veces que nos han clavado el cuchillo en nombre de intereses particulares, la petición de los diputados me parece demasiado mezquina. Los políticos, definitivamente, no sirven absolutamente para nada.

Creo que es hora de que empecemos a pensar en una nueva manera de hacer las cosas. La sociedad civil, esa que no se ha dejado llevar por las corrientes politizadas, debería tomar el control del área legislativa del país. Así, posiblemente, habría un poco más justicia en nuestra sociedad.

Ahora bien, hay que tener un poco de cuidado en ese sentido. Antes de guiar a la sociedad civil a los puestos de poder, habría que hacer un código de ética existencial. De esa forma, evitaríamos que la sociedad civil se corrompa y que terminemos de hundirnos por siempre jamás.

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