La vida como mercancía

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El día 28 de diciembre de 1968 coincidiendo con el día de los inocentes, este servidor se había ido a vivir a la ciudad de los vientos, Chicago. Allí esta alma criada en un clima tropical fue impactada por un frío que le caló hasta los huesos. Mucho más chocante que el duro invierno del medio oeste norteamericano fue mi entrevista con Mrs. Muldoon, secretaria ejecutiva del programa de entrenamiento del hospital.

Esta bella señora de ascendencia irlandesa me instruyó acerca de los deberes y derechos que regirían durante el internado rotatorio bajo la dirección del Dr. James Schless. La eficiente asistente extrajo de una gaveta un libro que contenía una tabla donde consultó mi edad de 23 años. Levantó la vista y con un estilo británico inconfundible dijo sin inmutarse que yo valía diez millones de dólares. Nunca imaginé que a un profesional de la medicina se le calculaba su precio igual a como se tasa un cerdo o una vaca.
Para esa época ya conocía el voluminoso tratado de Carlos Marx titulado El Capital: Crítica de la Economía Política. En dicha obra Marx definía la mercancía como “un objeto externo, una cosa apta para satisfacer necesidades humanas, de cualquier clase que ellas sean”.

El filósofo, economista y político alemán no veía al intelectual como un artículo de venta. Seis años de estudios universitarios habían sembrado en mi mente la noble idea de convertirme en un luchador por la vida, a través de velar por la salud de las personas. Prevenir las enfermedades mediante el uso de vacunas, detectar tempranamente el cáncer, así como hacer un correcto diagnóstico de los males eran pilares de mi formación médica. Servir era lo primero, lo restante vendría por añadidura. Años después, gracias a mi inolvidable maestro, Juan Bosch ampliaría la consigna hasta transformarla en: Servir al Partido para servir al Pueblo.

Todo se mueve, nada permanece igual; cambian los tiempos, las personas y sus relaciones en la sociedad. A casi medio siglo de aquel chocante encuentro con la señora Muldoon noto que lo que antaño era un enfermo se convirtió en un cliente. El galeno es ahora un proveedor de servicio y las atenciones son valoradas por compañías aseguradoras que actúan de intermediarias entre un ser humano aquejado de un mal y un discípulo de Hipócrates dispuesto a atenderlo. Esas reglas de juego las impone el creciente mercado de los seguros médicos. El mito de que la salud es un derecho universal se debilita a medida que pasan los días. No todos los dominicanos tienen asegurado el acceso a servicios de salud oportunos, eficaces, eficientes y de calidad. El tiempo mató nuestro obsoleto sistema sanitario. Ahora contamos con servicios médicos excelentes para ricos, atenciones sanitarias aceptables para las capas medias del pueblo, y migajas de cuidados para los pobres que son la mayoría.

Quiero morir creyendo que Juan Pablo Duarte y Juan Bosch estaban en lo cierto cuando soñaban con una patria de todos los dominicanos en donde pudieran nacer, crecer y multiplicarse en salud, contentos, seguros y felices. Una nación en donde la vida más que una mercancía sea un incalculable don de todos.