Literatura. La vida minúscula de Santo Domingo en la narrativa actual

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Juan Bosch ha contado, creo que en la conferencia de presentación de los primeros cincuenta años de la publicación de Camino real (1933), porqué trabajó una visión distinta del campesino dominicano a la que tenían los intelectuales de su tiempo. Y este elemento prefigurativo muestra que, desde muy joven, Bosch era un escritor preocupado por la manera de ver lo dominicano, y que establecía una poética que si bien, en este primer libro no tenía un desarrollo formal o no lo alcanza en todos sus cuentos, añadía a la práctica de la escritura una reflexión sobre un sector de la población dominicana.
Por esta razón, cuando leemos literatura realista o neorrealista dominicana, tendencia muy arraigada en nuestros escritores, me pregunto hasta dónde el escritor construye una visión del mundo dominicano y cuál es su mirada muy particular a lo dominicano.
Esto lo pienso al reflexionar sobre la construcción de personajes de algunos de los cuentos que inician la Antología “En tránsito” (Amargord, 2017). En los primeros textos, el de Ligia Minaya Belliard, “La casa de los girasoles azules”, “Como una noche con las piernas abiertas”, de José Alcántara Almánzar; “El individuo detrás de la puerta”, de Roberto Marcallé Abreu”, y “Oficio de ocioso”, de José Enrique García, lo que observamos es un cierto abandono de construir la idea de que somos un colectivo con cierta dignidad.
Nuestros autores, y en este caso dejando fuera a Alcántara Almánzar y a García, muchas veces nos presentan el peor lado de lo dominicano y, al hacerlo, solo dibujan una caricatura. Y esta es en verdad; una situación lastimera. Reflexionando sobre el cuento de Minaya Belliard noto ese describir la picaresca, la idea del dominicano como tíguere, de la mujer como prostituta, vampiresa, ninfomaníaca…
Los cuadros parecen, muchas veces, presentarnos a un dominicano, inculto, sin ninguna moral o principios éticos. En el cuento de Minaya nadie presenta un lado mejor, no se contrasta, se presenta una realidad grotesca que solo contribuye a acentuar los prejuicios. En el de relato de Marcallé Abreu, la idea es mostrar que en la sociedad dominicana existe la violencia criminal por sí misma sin que se moleste en explicar sus causas. Su cuento es una crónica policial que se queda en la anécdota. Debo agregar que su expresión lingüística, su manera de trabajar la lengua, contribuye muy poco a la creación de un objeto artístico. Esto debido a su problema con la gramática del mundo y una sintaxis abstrusa que remite constantemente al código de la lengua.
Es cierto que los escritores dominicanos pudieran argumentar que sus escritos son una crónica de ese mundo y que se resume en la frase “este país se jodió”. Pero, ¿no sería mejor decir con Lacay Polanco, “No todo está perdido”? Esta literatura de referencia demuestra poco interés o esperanza en el mundo que ella misma describe. Y esa actitud del escritor contribuye muy poco a valorarse a sí mismo. Porque con ese mensaje mirada a lo dominicano, ¿no cree que ya los lectores han llegado al hartazgo de la cotidianidad y buscan otros derroteros? Habría que pensar si tal perspectiva de lo dominicano no invita a los pocos lectores que tenemos a mirar hacia otro lado.
El cuento de José Alcántara Almánzar es la feliz aparición de una obra artística al inicio de esta antología. “Como una noche con las piernas abiertas” (“La carne estremecida”, 2000) no es el mejor cuento de este destacado escritor, pero puesto en este escenario ya va ganando frente a los demás. ¿Por qué ese es un cuento muy bueno? Primero, por el uso del lenguaje, el ritmo que le imprime a la lengua. Alcántara Almánzar logra una forma muy armoniosa de construir la expresión lingüística a tal extremo que no hay razón para pensar en el código y en las normas de la gramática; el mundo por él descrito muestra su coherencia en cuanto a la perspectiva. Tres escenarios: el cine, un lugar del placer fugaz y la casa. La clase media dominicana y la preocupación del hombre por ser fiel a su mujer. La vacilación del personaje es un asunto humano que construye la tensión entre los efectos de la pareja, la traición, la dulce infidelidad, a la vez que muestra el vivir y la manera de transformarlo. Además, la fidelidad dentro de la relación es humano y en el texto queda dignamente explorado en la medida en que los seres actúan con un cierto compromiso con el otro, que muestra el interés por una vida con ciertos principios.
Si comparamos estas acciones con otros cuentos citados, podríamos notar cierto estilo civilizatorio que es dado por la educación y la comprensión del otro. Aquí lo humano queda desbordado, las acciones muestran el deseo, el cuerpo, la pasión momentánea, pero el narrador sabe qué decir, qué narrar haciendo una elipsis de lo que podría ser evidente. Eso caracteriza al buen arte. También, la vida dominicana de la ciudad queda brevemente referida y el narrador no deja de mostrarnos las dificultades de estos seres que se empinan en el arte del cine, de vivir en una ciudad del tercer mundo.

La estructura del cuento está dada en relación a la solidaridad de sus partes; tiene además un final que si no es sorprendente, es sugestivo y ha podido lograr una cierta vuelta a la tuerca, un cambio en la acción, un envío poético que contribuye a la subjetividad de los lectores y a abrir distintos horizontes en la comprensión de la historia.

Volviendo al cuento de Roberto Marcallé, este no puede llamarse propiamente un cuento. Posiblemente un relato, pero no cuento. No tiene circularidad entre el inicio y el final. La acción dramática que inicia con todas las confusiones que puede dejar al lector (el arma del protagonista no realiza ninguna función, solo decir que estaba armado y no la usó; la asistencia de la esposa es muy ambivalente, sobre todo cuando analizamos el escenario de la historia y la gramática del mundo). El autor tiene una manía de subordinar en casi todas las oraciones y, sobre todo, en las más cortas, lo que crea una escritura abstrusa.

Pero lo más sorprendente en este cuento es la ausencia de una idea que permita pensar el drama que viven los dominicanos frente a la violencia. Es algo que está ahí. Sin que podamos penetrar en su comprensión. Resulta contradictorio que este secuestro se ejerza contra un ex policía, sin que se nos diga cómo él ha obtenido la riqueza por la cual se le extorsiona. Eso no contribuye al ritmo-sentido de la obra y se queda en una simple estampa. Si sabemos ya que la criminalidad pone al dominicano a vivir una vida en peligro, ¿qué aporta esta obra o cualquiera otra que debamos analizar como obra de arte? El arte sin pensamiento, solo demanda una lectura y a veces muy forzada. (Continuará)