La vida no vale nada

Claudio Acosta

-Soy perfectamente consciente de que afirmar, en este país, que la vida no vale nada es una redundancia, pues a diario, con tan solo abrir un periódico o sintonizar un noticiero de televisión, tenemos la oportunidad de comprobar esa verdad tan terrible y desoladora. Y si caigo en la necedad de volver a repetirlo, de insistir en la degradación de lo más preciado y valioso que posee un ser humano, no es para recrear el horror de saber que por unas cuantas monedas podemos ser víctimas de un sicario, o que para arrebatarnos un celular, una cadenita de oro, o cualquier otra baratija, un delincuente nos puede mandar al barrio del que nunca se regresa. El asesinato en Santiago del sicólogo Edwin Rafael Henríquez Toribio, quien recibió cinco balazos de manos del hombre al que le pidió que moviera su yipeta porque obstruía la entrada a su residencia, merece que volvamos sobre el tema de la violencia absurda y desproporcionada que nos desangra y atemoriza. Alguien dirá, con razón, que no es la primera vez que una discusión por un parqueo degenera en una tragedia, y lo peor del caso es que habría también que darle la razón si afirma que tampoco será la última. Precisamente por eso, porque la sociedad dominicana ha dado inequívocas y reiteradas señales de que está enferma de violencia, se impone la reflexión que nos permita pensar a fondo en lo que hemos hecho mal o en lo que simplemente dejamos de hacer, pero también la búsqueda de las soluciones que nos devuelvan la tranquilidad perdida. ¿Cómo hemos llegado tan lejos? ¿En qué nos descuidamos? ¿Qué hacer para atajar la violencia que nos destruye? Quien les escribe no está en capacidad de responder ninguna de esas preguntas, pero sí puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que muchos de los crímenes que a cada rato nos estremecen y sobrecogen no hubieran ocurrido sin tantas armas de fuego en las manos equivocadas. Por ahí se puede empezar.