La vida sin maquillaje, las memorias de Maryse Condé

La vida sin maquillaje, las memorias de Maryse Condé

En la traducción al español, el lector latinoamericano podrá leer uno de los itinerarios más interesantes de un escritor caribeño que, entre otras cosas, busca la identidad propia luego de quinientos años de esclavitud negra en América. Un fresco de la vida tal como lo presenta la biografía que es una exploración personal intrahistórica, que permite ver desde la óptica personal los acontecimientos de una época turbulenta en la que lucharon las ideas utópicas por encontrar asidero en un mundo polarizado entre los defensores del individualismo y el colectivismo.

Maryse Condé nos había deleitado ya con sus memorias de infancia, “Le cœur à rire et à pleurer” (1999), obra que fue también un el desvelamiento de la vida de una familia de negros que logró tener cierta movilidad social y cuyos hijos pasaron a estudiar en Francia. El movimiento de las sociedades caribeñas, luego de la abolición de la esclavitud, es importante. Por ejemplo, en las Antillas francesa ya se ve, paralelamente a nuestro modernismo, un intento de sacudirse de las formas impuestas por la metrópoli (Chamoiseau y Confiant, 1999), movimiento que tiene distintas etapas en el siglo XX, como el de la Negritud y el de la Criollidad.

Creo que en estas memorias de adulta de Condé se manifiestan tres ejes fundamentales: el problema de la identidad con relación a la metrópoli; la búsqueda de África como madre y la desazón por los proyectos sociales que iniciaron en la década de 1960, más bien, con la Revolución cubana de 1959. En donde se debate el éxito del modelo socialista para los países africanos.

Las dos revelaciones identitarias que podemos apreciar ahora son las que tiene la autora en la infancia con la lectura de la novela de Joseph Zobel, el clásico “La Rue Cases-negres” (que fue llevada a la gran pantalla por Euzhan Palcy). Como parte de la clase de negros y mulatos que encontraron cierta comodidad en el nuevo orden establecido, los niños de la clase media crecieron sin conocer las profundidades del régimen colonial. Lo que bien configura Maryse Condé en sus memorias de infancia, es el descubrimiento de un pasado que, con la novela de Zobel, la inclina también a tener un compromiso político (Le cœur à rire et à pleurer” 120).

Maryse Condé

Ya en estas memorias de adulta, la negritud de Césaire y la publicación del libro de Frantz Fanon Peaunoire, masques blancs (1952), que en un principio rechazó por entender que no representa correctamente la vida de los caribeños, Condé encuentra otro eslabón perdido de la identidad. Más tarde, del libro “Los condenados de la tierra» (1961) dice: “me transformó por completo” (127). Condé se puede enmarcar dentro de los discípulos de la negritud. Los fundadores del movimiento de Legitime Defense de los años treinta dieron a los antillanos negros y mulatos una voz en el mundo metropolitano, pero también un lugar en las letras.

En su periplo africano, Condé sale de Francia con una licenciatura en Letras de la Universidad de Aix-en-Provence. Y casada con un africano viaja a África y niega ese occidentalismo. Este que se manifiesta en la cultura francesa, en su fracaso en París y en el deseo de darle un padre y un espacio a sus hijos. Niega a Francia, pero también entonces niega su pasado antillano. Ahora no puede dejar de experimentar lo que la madre África le da como cotidianidad. La África mítica de los orígenes, no siempre la acoge como patria grande; la niega y la hace vivir una experiencia límite como mujer, como madre y como escritora en los engranajes de un mundo que espera nuevas perspectivas.

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De los poemas de la negritud, además de “Cahierd’ un retouraupays natal” (1939) de Césaire, recordamos el citado “Prière d’ un petit enfant nègre», de Guy Tirolien. El niño no quiere subir la colina donde se encuentra la escuela de los blancos. El niño quiere regresar a las historias del abuelo, a sus raíces africanas. Otro también nos presenta el mito que se nos ofrece en el retorno a África de los esclavos de Estados Unidos que fundaron Monrovia y cuyos ecos encontramos en el cuento “Banda de acero”, del autor puertorriqueño Tomás López Ramírez, en “Tristes, aunque breves ceremonias” (1991).

Pero el que más me llamó la atención es el de Paul Níger, guadalupeño como Condé y Tirolian, “Je n’aimepasl’ Afrique”. Una África que era más penitencia que redención. Es esa África como la asocia en las pelucas de la nobleza el cochero de Lenormand de Mezy, Ti Noel, en “El reino de este mundo” de Alejo Carpentier. Esa África de las diferencias y el autoritarismo fue la que encontró en su peregrinar Condé y que este libro nos presenta con distintas peripecias personales e ideológicas que contrastan la África mítica con la África real.

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A Condé le asaltan el autoritarismo, las diferencias entre los dirigentes políticos revolucionarios y el pueblo. Además, le chocan las divisiones tribales, y las revoluciones que parecen engañar con su propaganda, sin que la gente vea verdaderamente el cambio traído por la nueva situación política. Los antillanos que encontró le repiten que los africanos odian a los antillanos: “les atribuían un sentimiento de superioridad imperdonable” (55).

En septiembre de 1959, la joven Maryse Condé llega a Abiyán acompañada de su pequeño Denis. Dakar, su primera escala, le pareció una villa “tranquila y florida” (47). En 1960, llega a Conakri que entonces considera una urbe insignificante y no tenía más atractivo que el mar violeta, rompiendo suntuoso contra los cayos desperdigados” (69). Sin embargo, sintetiza su amor por la ciudad: “de todas las ciudades en las que he vivido, Conakri sigue ocupando el primer puesto en mi corazón” (70). Mientras que París le conduce a amargos recuerdos.

Luego toma vuelo a Guinea y se siente víctima del destino, para diferir del régimen de Sékou Touré. Encuentra la África que nos habla Paul Níger y en la que de forma paralela Carpentier ve como una anti-utopía en “El reino de este mundo”. Guinea presumía de su revolución socialista. La guadalupeña no puede recuperar a la madre África. Autoritarismo, lucha tribal, cárceles y complots, le hicieron ver el sentido distópico de esa otra África que años atrás los antiguos esclavos habían convertido en un espacio mítico, en una tierra prometida.

Tras su exilio en Londres y de las vicisitudes que tuvo en África, Maryse Condé ha encontrado su verdadera identidad en la literatura. De la vida que ha narrado en estas memorias queda, de alguna manera, una visión de África vivida relatada por una caribeña de expresión francesa, que luego encuentra espacio en Estados Unidos y que hoy apreciamos como una de las voces más representativas de la literatura caribeña. Crónica de una generación, crónica de vida y de tiempo. Relato que maravilla por su sencillez y expresividad. “La vida sin maquillaje”, (Impedimenta, 2020, 310 páginas), es un libro que debemos leer para entender las distintas aristas de nuestra identidad y nuestra relación con África.