La XXVIII Bienal Nacional de artes visuales

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Las bienales nacionales se siguen, pero no se parecen, aunque, lógicamente, tienen en común organización, bases y categorías, luego las etapas de selección y de premiación, con modificaciones de forma y de fondo prácticamente a cada edición. Ha sido una constante preocupación mejorar la bienal venidera en relación la(s) precedente(s): ¡no siempre los cambios fueron exitosos, pero el mismo proceso se repite, con las mejores intenciones!

La pasada Bienal de Artes Visuales dejó un recuerdo de brillantez y alborozo, los criterios de admisión descansando, más que en cualidades analizables, en el impacto espectacular de las propuestas, selección y premiación, demostrando una neta parcialidad que rechazaba la tradición y favorecía sistemáticamente un dinamismo (re)creativo, casi iconoclasta para las mentes conservadoras.

La inconformidad resultante dio curso a un foro de consulta, con recomendaciones unánimes, a pesar de la ausencia deliberada de un sector, obviamente de acuerdo con los resultados objetados por aquella mayoría –relativa–.

El reparo se situaba principalmente en la marginación de la pintura, abiertamente menospreciada a pesar de su preeminencia histórica y su calidad intrínseca.

Se estudiaron las pautas dictadas por consenso en la consulta realizada por el Museo de Arte Moderno, y se trato de modificar, en consecuencia, las bases del concurso.

El Comité Organizador trabajó con una total seriedad – mucho más que en bienios anteriores–, y de hecho han sido cambios mínimos… que finalmente no incidieron en los resultados, pero generaron una oposición, tajante y activa, en un grupo de artistas contemporáneos importantes, contrarios a una tipología preestablecida para el otorgamiento de los premios como discrepancia principal, junto al retorno a dos jurados, uno de selección y otro de premiación.

No volveremos a comentar ese episodio, que perjudicó tal vez menos a la bienal que a los mismos oponentes, talentos notables que evidentemente se negaron a participar… y hubieran figurado entre los ganadores. Ciertamente, ellos hicieron falta, tampoco lo vamos a negar, a la vez que perdieron oportunidades de distinción.

Finalmente, ha sido una tormenta en un vaso de agua, o, si preferimos, un vaso de agua –la Bienal– que pocas gotas derramó en medio de la tormenta…

El movimiento antagónico que se desató en las redes sociales no consiguió efecto en la participación cuantitativa: desde todo el territorio nacional acudieron artistas y se recibieron obras, más numerosas que en el 2013, y en todas las categorías…

Primeras impresiones. Si inevitablemente una bienal se evalúa por los galardones otorgados, para el público y los millares de visitantes, es el conjunto de las obras dispuestas en el Museo de Arte Moderno él que impresiona y se disfruta, desplegado en cuatro niveles, del sótano a la tercera planta, aunque el piso a nivel de la calle se dedica a una breve muestra del artista homenajeado, Fernando Peña Defilló, y a otra del invitado especial, Tony Capellán.

Cabe señalar que la elección de dos hacedores incuestionables, el primero maestro egregio de la pintura dominicana, y el segundo, verdadero representante de la instalación, ha sido feliz. Debe mencionarse su importancia como significado y aun simbología del evento, siendo destacados ambos en la contemporaneidad nacional, a la vez que es la primera impresión recibida desde la entrada e introduce a las obras participantes expuestas. A este respecto, la presente bienal se ha distinguido en una propuesta definitoria del arte en evolución constante y de dos generaciones con creadores imparables.

Ahora bien, desde las primeras obras seleccionadas, que empecemos el recorrido por el sótano o la segunda planta, se pone de manifiesto una característica de nuestras bienales: la participación plurigeneracional y la fortaleza del arte joven. Sin duda alguna, una exposición de tanta clase debe visitarse varias veces, no solo para apreciar minuciosamente cada pieza propuesta, sino para valorarla globalmente. Esta afirmación se impone particularmente en esta celebración.

Menos seductora, espectacular y divertida que la bienal anterior, igualmente menos “escenográfica”, la visita inicial puede causar un cierto desencanto… pues la exposición no se destaca como festiva, tampoco en su nivel museográfico. Sin embargo, a la segunda mirada y descartando los inconvenientes del “molote” inaugural, el sentimiento cambia: percibimos la vitalidad de los talentos emergentes, pero con lineamientos más anclados en la tradición y hasta en décadas precedentes. No lo atribuimos a la visión del Jurado de Selección, que aun hubiera podido ser menos benévolo respecto a ciertas obras mediocres e instalaciones aberrantes y triviales, sino a una participación más convencional y localista, a veces con pocos antecedentes y curriculum. Hay un título –para la Bienal de Venecia, creemos recordar– escogido por el famoso comisario Okwui Enwesor, “Todos los futuros del mundo”. Así, una bienal, aun nacional, se dirige al futuro, a los futuros, en cuanto al compromiso de los artistas participantes, tanto en sus formulaciones plásticas como en actualidad e ideología. Aquí, la moderación y hasta el pasado reciente han regido estilos y conceptos, realizaciones, materiales y formas, aparentemente con temor a las audacias positivas y/o por limitaciones personales. Ello no implica tanto la frustración como una realidad visual diferente con su interés propio, que iremos comentando.

Por otra parte, a pesar de los augurios y hasta del anhelo de que se premiara la pintura, el Gran Premio ha sido conferido a la espléndida Instalación de Raúl Morilla, una aplaudida decisión incuestionable. Y probablemente la mejor obra premiada en su categoría ha sido la refinada instalación de Ginny Taulé. Aunque adoptemos criterios menos avanzados o radicales en la contemporaneidad, la pintura aquí no testimonia la fuerza que, por ejemplo, manifestó en el muy reciente Concurso de Inapa sobre el agua, ¿un asunto de ausencias y abstenciones? (continuará).