Lalá, Lelé, Lilí, Loló y Lulú

FEDERICO HENRÍQUEZ GRATEREAUX
Las islas del Caribe han sido teatro de las luchas imperiales de las grandes potencias europeas. Ha sido así desde el siglo XVI. Acerca de este tema se han escrito algunos libros muy bien documentados. Don Germán Arciniégas, ensayista colombiano, publicó hace muchos años Biografía del Caribe; don Juan Bosch, político y narrador dominicano, escribió: De Cristóbal Colón a Fidel Castro. Este libro lleva un subtitulo cuasi pedagógico: El Caribe, frontera imperial. Don Manuel Arturo Peña Batlle es el autor de La isla de la tortuga.

En esa obra se explica el comienzo de la decadencia del imperio colonial de España en América. Peña Batlle aclara como esa isla sirvió de base o asiento a piratas y corsarios, franceses e ingleses, para interrumpir las principales líneas marítimas de comunicación entre España y América. No debe sorprender que en las Antillas existan hoy islas de habla francesa, española, inglesa, holandesa.

Esta diversidad lingüística y cultural de las Antillas es uno de los mayores encantos para los turistas que “hacen cruceros” por la región. Las mezclas de razas y de costumbres constituyen el asombro de antropólogos y sociólogos. Pero los habitantes de cada una de estas islas sienten sus historias particulares de un modo que no sospechan los turistas. Los antillanos están inmersos en un “sistema de prejuicios”, en una espesa maraña de valoraciones aberrantes. No parece verosímil que tal variedad de lenguas desemboque en tan parecidas maneras de ver el mundo. En la estrecha convivencia de nuestras proto-ciudades y pueblecicos florecen los mismos prejuicios, ensoberbecimientos y manías. Todo lo que sobre estos puntos ocurre en Cuba, también ocurre en Puerto Rico, en Jamaica, en Curazao. Es frecuente que un dominicano de clase media a quien se solicite la presentación de su carnet de identidad, declare indignado: “Usted no sabe quien soy yo”

Esta persona del ejemplo, imaginaria pero “prototípica”, podría haber añadido: “Soy biznieto de don Juan Neponucemo, nieto de don Manuel Ubaldo e hijo de don Emiliano”,… mis apellidos son tales y cuales. El mayor de los insultos que puede proferirse contra un antillano es decirle: Usted no es mas que “un insignificante”. Un insignificante es alguien cuya realidad se aproxima a la de un gusano. No se trata de distinciones lingüísticas entre el signo, el significante y el significado. Un “insignificante” es un cero a la izquierda, alguien que no significa nada en la sociedad donde vive. Es el equivalente antillano del intocable de la India. A corta distancia del insignificante – pero más arriba – esta el “carajo a la vela”, cuya figura social escapa a toda definición.

En las comunidades pequeñas todas las personas se conocen, se han visto alguna vez o tienen referencias, unas de otras, a través de parientes y vecinos. Cuando yo era niño escuchaba a menudo a las personas mayores preguntar: ¿Cuántos años tienes, en que colegio te han inscrito, quien es tu papá? Al contestar estas tres preguntas ingresabas en la “base de datos” de la comunidad entera. A don Juan Bosch, recién llegado del extranjero, chocaba mucho que el apodo con que se conocía a un señor de la ciudad de Santo Domingo fuera suficiente identificación. Hasta los recibos de pago se preparaban con el apodo de cada persona. Hubo una época en que en nuestra ciudad vivieron a la vez: Lalá Jansen, Lelé Mieses, Lilí Cuesta, Loló Cerón y Lulú Pou. Los maestros de las escuelas elementales enseñaban las vocales a los niños con los nombres de estos conocidos ciudadanos, haciéndoles repetir a coro: don Lalá, don Lelé, don Lilí, don Loló, don Lulú.

En Haití es costumbre examinar cuidadosamente la lista de los invitados a un cóctel antes de confirmar la asistencia al acto. Es posible que un invitado diga al anfitrión: “Si fulano está invitado yo no vengo a tu fiesta”. En las sociedades birraciales de las Antillas existen infinitas clasificaciones sobre el color de la piel. Entre nosotros hay “negras lavadas”, “indias claras”, mujeres “finas” y mujeres “ordinarias”. También mulatas “canelas” o “retintas”. En Cuba se dice: Ese hombre es un “mulato de pelo”, con lo cual se indica que siendo obscuro de piel no tiene el pelo crespo. Las discusiones acerca de los orígenes raciales de los abuelos son interminables. Famoso es el poema del cubano Nicolás Guillén titulado: Mis dos abuelos. En las Antillas Menores, al deseo de sentirse blanco o parecer blanco los sociólogos le han llamado “lactificacion”. O sea, tendencia ilusoria hacia la leche.

Tanto en Cuba como en Santo Domingo, ciertas familias de viejas tradiciones creían que sus ancestros habían llegado en las carabelas con el primer almirante don Cristóbal. Una carabela es una embarcación “larga y angosta”, con una sola cubierta “popa llana y tres palos latinos”. A esta descripción corresponden las celebres carabelas “Pinta” y “Niña”. La “Santa María”, buque insignia del descubridor, tenia el rango de nao y desplazaba casi 85 toneladas. No es probable que viniese tanta gente en naves tan pequeñas, sobre todo en un viaje largo y arriesgado. Si creyéramos a las personas que en Santo Domingo – y en Cuba – alardean de ser descendientes de los colonos primerizos, habría que suponer que la “Santa Maria” era más grande que el viejo transatlántico Queen Elizabeth. De todos modos, en la plaza Maria de Toledo, al lado del Panteón Nacional, hay una inscripción con los nombres de los más antiguos vecinos de la calle Las Damas, primera calle de América.