Languidece el transporte acuático desde ambas márgenes río Ozama

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Antes, cuando las aguas del río Ozama eran limpias, puras y transparentes, las personas cruzaban las márgenes de un lado a otro en rústicas yolas de madera, sin pagar un centavo por el transporte. Algunos iban a pescar, capturar cangrejos, a pescar con cordeles róbalo, guabina, dorada, sábalo y tilapia, que para esa época eran presas fáciles.

Era una vida sencilla, pues había abundancia y parecía que nada amenazaba la vida útil del río Ozama. Muchas personas iban al otro lado del río, en la margen oriental, a trabajar en  fincas donde pastaba el ganado, a buscar cocos de agua, naranjas, mangos, piñas, a cazar gallaretas, patos salvajes, rolones, yaguazas, guineas cimarronas o saramagullones.

Las márgenes del río Ozama no sentían la presión de grandes  asentamientos humanos, y el vertimiento de desechos urbanos de empresas, hogares e industrias era mínimo. Nadie se preocupaba, ni por asomo, por el futuro de esa fuente de vida que le servía en bandeja de plata a los habitantes de las orillas los alimentos para sobrevivir.

 Sin embargo, el paso inexorable del tiempo se ha encargado de llevar al borde de la extinción las especies de flora y fauna del río Ozama. El impacto de acción humana preocupa a muchos sectores, pero nadie toma la iniciativa para conjurar el problema. El Ozama tiene el triste y lúgubre sello que lo caracteriza por ser uno de los ríos más contaminados de la República Dominicana. Es el gran recolector de decenas de pestilentes cañadas urbanas e interurbanas que descargan en su cauce.

“Yo me crié a la orilla de este río. Cuando yo era muchacho, el agua era clara, limpiecita. Usted podía beber de la orilla, sin ningún problema. Yo venía con un anzuelo a pescar, y en un rato agarraba róbalos y  guabinas, sábalos, ensartas de pejes grandes, compadre, pejes que usted se podía comer a confianza”, recuerda Ignacio Javier, un viejo pescador de 60 años.

Sólo quedan los buenos y gratos recuerdos de una época de abundancia. Ahora, cuando se le pregunta a cualquiera de los habitantes que viven hacinados a la orilla del río Ozama, se obtiene un lamento como respuesta. Las aguas residuales de la ciudad y la gran cantidad fertilizantes provenientes de cultivo en terrenos agrícolas cercanos a las orillas, amenazan con extinguir esta fuente acuífera.

“Mire, al río va a parar todas las letrinas, todas las tuberías de las casas, de las fábricas, ahí tiran perros muertos, caballos muertos, puertas de neveras, puertas de carro.  Todo lo que la gente no quiere, lo tiran al Ozama. Por eso es que cuando uno se para en la orilla, el agua hiede a demonios”, comentó Fidel Brito.

Desde sus márgenes se observa el casco de un barco hundido, hace años, al que nadie le presta atención. Aguas arriba hay otras naves varadas, abandonadas hace mucho tiempo, a las que la gente mira con indiferencia. Todas estas chatarras oxidadas “adornan” el cauce de una fuente perece minuto a minuto.

“CONCHO” ACUÁTICO.

 José Peña y Raúl Hernández pasan la mayor parte del tiempo a orillas del río Ozama, en el sector La Ciénaga, a la espera de que lleguen usuarios el inusual servicio que ofrecen. Ellos transportan personas de una orilla a otra, por el módico precio de diez pesos.

No utilizan combustible para movilizarse en el río con sus viejas yolas de madera. Reman a “mollero limpio”. Van y vienen de un lado a otro, según la demanda. Pero éstos jóvenes que viven del “concho acuático” también se quejan de la crisis en el transporte.

“Uno pica para comer, pero la cosa está mala, muy mala. Ya casi nadie se dedica a llevar gente en yola en el río”, comentó Peña. Su amigo Hernández lo secunda: “Uno hace esto porque no hay otra cosa que hacer, y hay que picar el peso para comer”.

Hace años, los viejos transportistas del “concho” acuático cobraban cinco y diez centavos por un pasaje acuático. Con la galopante inflación los precios también subieron, de 25 centavos a 50, y luego cinco pesos, hasta situarse en  diez.

La mayoría de los usuarios son personas que trabajan o realizan alguna actividad en la margen oriental del río. Hay varios puntos, desde La Barquita hasta Timbeque. No hay sindicatos. El precio es estándar.

Después de tantos años en el afán de llevar y traer gente de una orilla a otra, la actividad del transporte acuático en el río Ozama está amenazada con desaparecer. Como la vida misma, languidece cada día, igual que la fuente de agua que lo sustenta.  

Las frases

José Peña

 “Uno pica para comer, pero la cosa está mala, muy mala. Ya casi nadie se dedica a llevar gente en yola en el río”,

Raúl Hernández

 “Uno hace esto porque no hay otra cosa que hacer, y hay que picar el peso para comer”.

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Recomendaciones a las autoridades

Las autoridades ambientales han archivado en sus oficinas cientos de páginas con recomendaciones técnicas para resolver el problema del río Ozama. Se han gastado millones de pesos en estudios, seminarios y charlas. Pero nada se ha hecho. Al contrario, en épocas ciclónicas, en las que se inundaron miles de viviendas de los asentamientos humanos, las autoridades repartieron materiales de construcción para que las personas retornaran a sus casuchas.

Algunas de las sugerencias son:

Que se aplique el proyecto de recuperación de los ríos.

Dragar el cauce del Río Ozama.

Desalojar los asentamientos humanos que se han desarrollado en sus orillas, reubicar esas familias en lugares más adecuados y sanos, disminuyendo así el alto nivel de desechos sólidos en el río.

Proceder a reforestar la zona, fomentando los viveros y buscar semillas específicas para dicho lugar.

Establecer un comité de vigilancia que se encargará de dar continuidad a las actividades que se ejecuten.

Referencia

El Ozama es un río que nace en la Loma Siete Cabezas, en la Sierra de Yamasá, provincia de Monte Plata, en lugar exhuberante, con una vegetación impresionante. Nace con la inocencia de un niño: limpio y puro. Menos de 15 kilómetros son navegables por pequeñas embarcaciones. Abarca 2,686 cuadrados y recorre 148 kilómetros hasta desembocar en el Mar Caribe, en el puerto más importante del país. Muchos cruceros que transportan turistas al país han confrontado dificultades por la cantidad de desperdicios y basura que arrastran las aguas.

Debido a su profundidad, el río Ozama es considerado el cuarto río más importante del país. Sus afluentes principales son los ríos Isabela, altamente contaminado; Yabacao y Sabita.

 Las aguas del Ozama riegan una fértil llanura dedicada principalmente al cultivo agrícola, ya la caña de azúcar desapareció de la provincia de Monte Plata. Numerosos ríos y arroyos  vierten su caudal al Ozama, cuya desembocadura fue explorada por el navegante Bartolomé Colón, que fundó también la ciudad de Santo Domingo en 1496.

El río Ozama es tristemente reconocido  como uno de más contaminados de todo el país. Miles de párrafos han sido escritos por los diarios de circulación nacional denunciando este problema, que parece no importarles a las autoridades responsables de aplicar políticas  ambientales.