Las “Ubres” de Henríquez  Gratereaux

“Ubres de Novelastra”, que empieza a circular en librerías esta semana, será leída en muchos  y muy diferentes lugares del mundo; gentes de muy variados rangos y gustos van a disfrutar y a acompañar a su autor en las discusiones y reflexiones implícitas y explicitas que hay en ella, en cuanto al sentido y valor de la Filosofía y de la Historia, al tiempo que se le pasa juicio  a la humanidad del siglo veinte.

Como en la obra de Pirandello, los personajes construyen la novela;  así, el doctor Ubrique y el autor son a menudo la misma persona,  quien, en forma deliberada juega a ser dios y teólogo de una  frustrada e inútil teofanía, al tiempo que la novela es una narración sobre ella misma, una suerte de tautología, como la de los perros que se tragaron mutuamente y sólo les quedaron los dos rabitos afuera.

Como Cervantes al escribir las Novelas Ejemplares, manifiesta Henríquez, él quiere hacer una especie de novela fast-food, que se pueda saborear por rebanadas, y lo logra. Pero lo cierto es que, muy a menudo, lo cotidiano de una capital europea o de una ciudad caribeña, alcanzan extraordinaria belleza. Federico, pues, tiene “razón y ligazón”, en su manejo del sentir y el hacer culto y popular.

El autor nos muestra a intelectuales de allá y de aquí, jugando a arregladores y a sustentadores del orden social; recreando un mundo que finalmente no comprenden ni aceptan, originando mitos y pseudorealidades, manipulación y virtualidad, al fin y al cabo, magia hecha en tertulias y academias. Mentes que suelen entramparse en sus propios supuestos y prejuicios, creando su propia nada, perdiéndose lo fundamental y mejor: el propio Dios. Sólo porque su ego, menos humilde y disciplinado que el del científico, es proclive a una obcecada rebelión contra Dios y contra todo lo que no se acomoda a su yo ni a las, a menudo, engañosas bifurcaciones de su entendimiento.

 La novela “postiza” de Henríquez Gratereaux pasa muy bien la prueba  como género (o degeneración narrativa, como él la llama).

 Es una verdadera ubre de la cual manan jugosos caldos de sapiencia culta y popular, europea y caribeña, que nos permiten participar en los dramas y  las veleidades del alma humana, sin cansarnos ni afligirnos, sino que deleitándonos con discusiones y diálogos sabrosos, haciéndonos sentir que la novela puede hacer por la filosofía y  la historia, lo que el morisoñando por la leche.